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Pueblos amurallados, ciudades de ensueño

 

Entre tantos caminos que el viajero de Guadalajara puede escoger para tomar contacto con su pasado denso de historias y apretado de reliquias, está el de buscar por su geografía polimorfa las ciudades del ensueño donde quedaron los cinturones de piedra que fueron sus murallas. Hay muchos en nuestra provincia que todavía muestran los venerables restos de fortificaciones, de puertas por donde había que pagar peajes (portazgos se llamaban entonces) y de torreones que parecen varones alzados en la vigía de los caminos.

En la Guadalajara capitalina encontramos aún, ya muy mermadas, las murallas del Medievo: están junto al palacio del Infantado, por las vertientes norteñas del barranco del Alamín, donde el antiguo Cuartel de Globos muestra su osamenta, y aún en la puerta de Bejanque, en la calle de la Ronda, o en la de la Mina. Bajo tierra deben quedar algunos restos (en las excavaciones del aparcamiento subterráneo de Santo Domingo han aparecido recientemente unos vestigios mínimos) y son los torreones de Alvar Fáñez y del Alamín los que más claramente nos muestran la fuerza de aquella muralla arriacense que ya los moros levantaron en remotos siglos, y los castellanos de Alfonso VIII reconstruyeron en el siglo XII.

Sigüenza también estuvo murada al completo, como ciudad codiciada y rica. De sus defensas permanecen hoy algunos tramos en la calle de San Jerónimo, y sobre la de Valencia asoma un poderoso torreón esquinero. Muchas «puertas» que daban acceso a la ciudad antigua se pueden hoy admirar. Entre ellas la del Sol, sobre el Vadillo, la del Portal Mayor, y la del Hierro, que por cierto ha recibido recientemente, con total impunidad, un auténtico atentado urbanístico al colocarle al lado un edificio de excesiva altura. Sigüenza es, en este sentido, un lugar donde todavía se alza la historia en cada esquina.

Pero donde realmente se ve lo que es un pueblo amurallado al cien por cien es en Palazuelos, cerca precisamente de Sigüenza. En la paramera serrana, y en el silencio de este otoño que progresivamente se enfría, se alza pequeña y tímida en la lejanía la ciudad que fuera del marqués de Santillana, a la que él mismo mandó poner estas defensas, como lo hizo en tantos otros lugares. Hoy se mantiene, como en un milagro, todo el contorno de su fortaleza. En una esquina, en la norte, está el castillo, y luego se abren otras cuatro puertas a través de os muros. En las dos principales, destaca el sentido de zig‑zag que deben seguir quienes penetren a su interior. Una estampa evocadora que merece ser visitada.

También Almonacid de Zorita ofrece hoy al visitante los restos palpables de su antiguo cinturón. Quedan tan sólo dos puertas en pie: la de Zorita, y la del Cementerio. Y el lugar donde estuvo, hasta hace algunos años, la de Bolarque. Pero se ven las piedras de sus muros en otros muchos lugares del pueblo. Y se puede seguir, con ayuda de algún mapa de la localidad, el circuito que estas tenían, dando fuerza a este enclave que fué durante varios siglos sede de la Encomienda calatrava de Zorita.

Por las sierras orientales de nuestra provincia, cerca ya de Cuenca, quedan otros lugares que estuvieron amurallados. Así, Viana de Mondéjar, enhiesta sobre el roquedal altivo que domina el valle del río de La Puerta, y que fué fortificada por el caballero don Pedro Núñez de Prado, en el siglo XV, quedando hoy como principal vestigio de tan curiosa disposición una puerta de entrada, en cuesta, escoltada de fuertes muros de piedra. En Escamilla también hubo muralla, y bien gruesa. Solo queda hoy, en lo alto del pueblo, el castillo que la remataba por su costado norte, y que fué alzado a instancias del caballero Iñigo López de Orozco en el siglo XIV. El recorrido de su muralla, abarcando por completo la villa, puede aún seguirse hoy con toda fidelidad. Será un sano ejercicio de deporte y de evocación pretérita.

Las murallas de Brihuega tiene todavía la contundencia de evocar en muchos tramos la fuerza de esta villa arzobispal en el Medievo. Aparte de sus magníficas puertas de acceso (de la Cadena, y del Cozagón) están en alto largos fragmentos de amurallado paramento, algunos de ellos restaurados no hace mucho, gracias al desvelo de la Asociación «Amigos de Brihuega», y en otros lugares del pueblo, se entreven los restos de esta que fué una gigantesca alcazaba sobre la «Peña Bermeja» que domina al Tajuña.

La de Molina de Aragón, que fué posiblemente la más fuerte de todas cuantas hubo en la provincia, sólo ofrece hoy mínimos restos. Por la parte del castillo, éste queda íntegro, solemne y majestuoso. Algunos torreones, como el que escoltaba a la puerta de Medina, se alzan en inestable equilibrio. Y sobre el río Gallo aparecen importantes fragmentos del cinturón fortificado. También es posible ver restos del «cinto» que separaba a la fortaleza de la ciudad. Y otros espacios en los que hoy se adosan mansiones y conventos. Pero el aire de vieja ciudad castellana fortificada, como por un ensalmo, lo mantiene Molina vivo y dispuesto, presto a ser admirado.

Cómo no recordar, en este paseo de murallas, a Atienza, que tantas tuvo y tan altas hoy permanecen. El castillo en lo alto era el banderín de reclamo. Pero el pueblo yacía entre tres cinturones de murallas que se comunicaban entre sí por puertas y pasadizos. Ahí están todavía el Arco de Arrebatacapas, la puerta de los Caballos, la de la Fuente de los Romanos, los murallones de «Castil Judíos», y los grandes fragmentos del albácar castillero. Todo un mundo prodigioso, fascinante, de evocaciones guerreras y medievales.

Como ocurre en Cifuentes finalmente, donde se suman a los restos de murallas los de algunos portones que estas tenían: así el del camino salinero o Puerta Salinera, en dirección de Saelices, y otros breves fragmentos. También en Cogolludo quedan reliquias de su antigua, poderosísima muralla que sabemos supervisó en su construcción, a finales del siglo XV, el mismísimo Lorenzo Vázquez de Segovia. Hasta no hace mucho permanecía en pie la puerta de acceso a la plaza mayor, y muchos fragmentos se ven todavía adosados a las casas. Eso sin contar el alto castillo que da silueta al burgo y evoca tiempos de moros y de princesas.

Son estas, en definitiva, algunas opciones que poder usar para recorrer la provincia en estas fines de semana del otoño, cuando la naturaleza remansada se ofrece única y los pueblos dormidos en sus letanías y sus epopeyas dicen muy bajito su rima de historias. Las murallas de Guadalajara y de sus pueblos son un cantar que está ahí, esperando a que lo descubras.

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