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Las pinturas románicas de Valdeavellano

 

Creo que no es exagerado venir una vez más a comentar algo sobre las pinturas recientemente descubiertas en la iglesia parroquial de Valdeavellano, en nuestra provincia. Porque cuanto más detenidamente las he estudiado, me he afirmado en calibrar su antigüedad, su belleza y su importancia, al menos en el contexto general del arte de nuestra tierra alcarreña. Son, sin duda, las más antiguas que en ella hoy se conservan, y son, además, bellísimas. Es por ello que insisto. Y, de paso, tratar de conseguir que alguien que tenga responsabilidad en el tema de la conservación y protección del Patrimonio Cultural y Artístico de nuestra provincia, se interese por ellas, y ponga los medios de cuidarlas, de restaurarlas y de darlas a conocer como corresponde. No quiero otra cosa.

Valdeavellano tiene, entre otros diversos monumentos, una iglesia parroquial dedicada a Santa María Magdalena, que es obra plenamente románica, de mediados del siglo XII, en la que aún se conserva en perfectas condiciones, además de su espadaña y su ábside, una espléndida portada con múltiples arquerías baquetonadas, capiteles vegetales y con figuras diversas, etc.

Pues recientemente, y tras la limpieza de las pinturas superpuestas que tenía, en el coro del templo aparece un elemento artístico que hoy se ha constituido en uno de los principales atractivos de la villa. Se trata de las pinturas, sin duda románicas, contemporáneas de la construcción del templo, que fueron encontradas hace un par de años al hacer la limpieza de ese coro. Y constituyen, sin exageración ninguna, con la ponderación que cabe en estos casos, el mejor exponente (yo casi diría que el único) de la pintura románica en toda la provincia de Guadalajara.

Trátase de una única escena en la que se combinan los elementos vegetales con animales y antropomorfos. Los roleos vegetales que se ven en esta pintura son de pura tradición románica, con volutas continuas y formaciones de grandes hojas que surgen de tallos. Un elemento muy similar se puede ver, tallado en piedra, en las portadas de la catedral de Sigüenza y en la iglesia de San Vicente de esa misma ciudad, ambas obras del siglo XIII en sus comienzos.

El elemento animal es fantástico, y representa un largo dragón que muestra dos patas, un enorme cabeza de aspecto canino, unas cortas alas y una cola que acaba en seis cabezas pequeñas de dragoncitos, aunque originalmente tendría seguramente siete, en recuerdo de las siete cabezas del dragón del Apocalipsis. Este animal fantástico se está comiendo a un ser humano, del que solo se ven el cuerpo y las piernas, pues la cabeza y brazos los ha engullido ya el dragón.

Finalmente, los elementos antropomorfos son ocho personajes en posturas y actividades varias: uno es caballero armado con escudo y lanza sobre caballo a la carrera; cuatro son figuras que tocan instrumentos musicales, de los cuales tres son de cuerda y uno de viento (laúdes y flauta, respectivamente); otros dos personajes, al parecer femeninos, abren sus brazos y ofrecen en sus manos unos bultos que podrían ser (de acuerdo con un ritual de danza medieval) ramos de flores, o posiblemente crótalos, completando con ellos el grupo de músicos; finalmente, otro personaje es un contorsionista, y aparece en forzada postura doblando su cuerpo en hiperextensión sobre la charnela lumbar.

Todas estas representaciones son elementos muy elocuentes del mal, según el concepto de la Edad Media. El dragón engullendo a un ser humano, es expresión simbólica del pecado de la lujuria, y así se ve en multitud de representaciones románicas y góticas en todo el arte medieval europeo. Los personajes que le acompañan son individuos en actitudes reprobables según ese mismo concepto moral. Todo lo que no sea actividad piadosa es pecaminosa. Y por tal se tenían los ejercicios de torneos y justas (como la que realiza el caballero), de danzas femeninas, de músicas y canciones trovadorescas, y de ejercicios acrobáticos, circenses y contorsionistas. Todas estas actividades debían realizarse fuera de las iglesias, y son las imágenes más elocuentes que del pecado y la vida laica podían acentuar, dentro de un templo, el discurso moralizante del ministro católico.

Los colores de estas pinturas, hechas directamente sobre la madera, son ya muy pálidos, y bien merecerían una cuidadosa restauración. En cualquier caso, contemporáneas de la construcción del templo, pueden remontar su origen al siglo XIII, y son sin duda, lo repito, de lo más antiguo e interesante que de la pintura románica queda en la provincia toda de Guadalajara.

Los paralelismos de estas pinturas de Valdeavellano con la pintura de la misma época en España es tarea que no puede hacerse aquí, con la prisa que conlleva un artículo periodístico. Pero sí puedo adelantar que tanto la figura del dragón, que acompaña a estas líneas, como las de los personajes músicos y contorsionistas que le acompañan, aunque en un nivel iconográfico un tanto inferior, son muy similares a lo que aparece en el gran artesonado románico‑mudéjar de la catedral de Teruel. Pintado entre los años 1248 a 1272, bajo el mandato de los Obispos don Arnaldo y don Sancho de Peralta, según lo demuestran los escudos heráldicos de estos personajes, y con una estructura de línea gruesa en los bordes y suaves líneas y colores en el interior de las figuras, las escenas de Valdeavellano son muy similares a dicha obra turolense. Y a otras catalanas de la misma época. La técnica de la pintura, sobre preparación de yeso y cola, aun con los colores bastante desvaídos, confirma pertenecer a esa época. Y lo mismo puede decirse de la indumentaria de los personajes que tocan instrumentos, o del caballero que corre sobre el corcel, con un gran escudo en la mano. Todo ello nos sitúa a estas pinturas en pleno siglo XIII, el mismo de la construcción de la iglesia, de la que son contemporáneas.

De ahí todo su gran valor, la necesidad imperiosas de que sean cuidadas, restauradas cuanto antes, y protegidas como merecen.

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