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San Bartolomé de Atienza, el románico solemne

 

De las múltiples iglesias románicas que vio Atienza levantarse entre sus muros a lo largo de los siglos medios, hoy solamente quedan siete de estos templos: unos mejor conservados que otros, pero todos interesantes. Están, de un lado, los de la Trinidad y San Gil, dentro del casco poblacional, con sus ábsides llamativos y potentes; está la gloria iconográfica de Santa María del Rey en la alto del cerro, bajo el castillo; y están los templos del Val y San Bartolomé aislados también, por los bajos de la población, camino de las sierras sorianas.

Llegamos hoy, en nuestro imaginario peregrinaje por los templos y las arquitecturas del románico de Guadalajara, tan denso y variado, hasta el edificio de la iglesia de San Bartolomé de Atienza. Es este de San Bartolomé un dignísimo ejemplo del arte románico castellano, casi paradigmático y elocuente por sí sólo de lo que fué la potencia de esta población de arrieros y comerciantes en la Edad Media castellana, de Atienza concretamente.

Situado este templo en la parte mas baja de la población, se rodea de una valla alta de piedra y se precede de un pradillo con árboles que le confieren un encantador aspecto en su aislamiento. Es obra que se conserva casi en su integridad. Construida en la primera mitad del siglo XIII, en una piedra de la escalera que sube a la espadaña se lee ERA M.CCLXI (1223) que la fecha, y el nombre de Bohar que puede ser la firma del arquitecto o artífice que la levantara. Su ábside es de planta cuadrada, y se ve adornado con finas columnas adosadas. Su espadaña es también románica. Así como la galería porticada con arcos de medio punto (los fustes de sus columnas fueron tallados y abalaustrados en el siglo XVI) y la puerta de ingreso con dos arcos semicirculares decorados con roleos y finos entrelazos de sabor mudéjar, así como algunos capiteles decorados con figuras humanas.

En el siglo XVI se hicieron importantes reformas en este templo, alzando su techumbre y poniendo nuevo artesonado de madera; construyendo la casa del santero y la casa‑curato, luego destinada para hospedería, dispuesta en torno a la cabecera de la nueva nave lateral añadida por el lado norte; y la capilla y sacristía del «Cristo de Atienza». En su interior merece destacarse el retablo barroco del presbiterio; el gran arco triunfal románico que le precede; y la capilla barroca del Cristo de Atienza, decorada con profusión y exceso, debida al maestro Pedro de Villa Monchalián, quien la construyó en 1703. La gran verja que la cierra es obra del gran artista cifontino Pedro de Pastrana, obra también del siglo XVIII. El retablo de esta capilla lo construyó, entre 1703 y 1708 el artista Diego de Madrigal. En el centro de ese barroquísimo retablo se ve el grupo gótico, magnífico, de Cristo en la Cruz abrazado por José de Arimatea, y San Juan y la Virgen Maria contemplando la escena. Obra del siglo XIII, se trata de un Descendimiento en conjunto iconográfico poco visto en el arte español. Es, de todos modos, obra capital de la escultura gótica en la provincia de Guadalajara.

El templo románico de San Bartolomé de Atienza merece, pues, otro viaje ex‑profeso para contemplar no sólo su maravillosa silueta, y acercarse al silencioso misterio de su patio anterior, donde resuenan los pasos tenues de los siglos medievales, sino que en su interior hay elementos suficientes para ver de cerca la maravilla del arte de esos pasados tiempos. Una oferta de cara a este fin de semana que ya tenemos encima, y que nos brinda generoso el goce de contemplar los monumentos antiguos y venerables de Guadalajara, que son centenares.

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