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Un recuerdo de la Salceda entre Peñalver y Tendilla

 

Por las trochas de la Alcarria, cuando el caminante busca algún punto de referencia, como el campanario quedo o la ermita dulce, como la plata brillante de una carretera o el chillón colorido de un anuncio de refrescos, algunas veces la mirada se topa con unas ruinas. Generalmente son los restos, ‑esqueletos desmembrados de antiquísimos quehaceres‑ de algún monasterio. Allí donde hubo oración, hermandad, sabiduría y silencio, hoy quedan piedras y desmontes, alguna medio fachada a medio derruir, o la cubrición de hierbas sobre altozanos que dicen los planos de un complejo donde brilló la plata y lució la tinta viva de algún códice.

Para quien, andando o en su automóvil, pasado Tendilla continúa hacia los Pantanos, antes de subir al llano de Peñalver, se encuentra a la derecha con las ruinas pretéritas, silentes  y enigmáticas de un monasterio que fue núcleo de una de las más importantes reformas del franciscanismo. Son las ruinas de La Salceda, donde Fray Pedro de Villacreces, San Diego de Alcalá y Francisco Ximénez de Cisneros, el regente del Emperador Carlos, batieron sus armas de santidad y humildades.

Larga, densa, colmada de curiosidades y ejemplos está la historia de este cenobio. Otros autores ya la han escrito. Quizás el que con más pormenor lo hizo fue el que la rigió en el siglo XVII, fray Pedro González de Mendoza, hijo de la princesa de Éboli, y más adelante arzobispo de Granada. El escribió un enorme librote que tituló «Historia del monte Celia», porque con ese nombre denominaron los antiguos a la eminencia alcarreña donde asentaba la casa franciscana.

Otro autor, muy poco conocido, es el historiador Francisco de Torres, regidor perpetuo de la ciudad de Guadalajara, y uno de sus más concienzudos historiadores. En 1647 escribió la Historia de la nobilísima ciudad de Guadalajara, que todavía permanece inédita, manuscrita, en la Biblioteca Nacional de Madrid. En esa obra pone Torres algunas noticias relativas a la Salceda que no me resisto a insertar aquí. Es, por ejemplo, la referencia breve, pero elocuente, a la fundación del cenobio, que legendariamente se achaca a la aparición de la Virgen, sobre un sauce, ante dos asustados caballeros de la Orden de San Juan, dueños en el Medievo de estos territorios peñalveros. Dice así Torres:

Entre Tendilla y Peñalver en la Alcarria está la Salceda. Ará quinientos años que hera Sr. de Peñalver la religión de San Juan y asistían en aquel tiempo en élla dos caballeros de aquel avito. Salieron un día sereno y claro a cazar a un valle que entonces se llamaba del Infierno. Zerróseles el día, hubo tempestad, se acogieron al cielo y la Madre de Dios, en medio de mil soberanos resplandores (iris celestial) se les apareció en imagen suya del tamaño de una gemma sobre las ramas de un salze que con su Divina Presencia, confortándolos y bolviéndoles a los turvados pechos el espíritu perdido, les consoló. Desde este día el valle del Infierno pasó a ser el valle del Cielo con que la fiereza dió fin y principio el alegría. En este sitio mandó la Sacratissima Maria a estos cavalleros que la edificaran cassa lo qual hizieron agradezidos de tan soverano veneficio. Y al pie del retablo que dexaron en la hermita pusieron dos tableros adonde pintaron el suceso de la tempestad y forma del aparezimiento, en uno están huyendo del rigor del tiempo y en otro juntos de rodillas delante de la Virgen acompañada de luzes y resplandores de la suerte que la vieron enzima del salze.

Y luego cuenta como de aquella leyenda quedó de testigo una hermosa medalla que hallaron una vez haciendo obras para mejorar una pared del edificio que amenazaba venirse abajo. Prosigue Torres:

Queriendo reedificar una pared en la Iglesia se halló en los cimientos una medalla de plata (del tamaño de un real de a ocho), sobredorada están esculpidos en ella dos cavalleros de rodillas delante de la Imagen puesta en el altar de la manera que havían de dejarla y ellos en el traje que acostumbraban entonces a llevar muy diferente del que agora usan, que a no miralles los cuellos y havitos de San Juan parecieran obispos destos tiempos porque están con unos manteletes y sus mucetas encima con las cruzes de san Juan en medio y unos sombreros de grandes faldas (estos tenían en el suelo) y las manos juntas aziendo oración. Esta medalla echaron en los cimientos al hazer la hermita, costumbre antigua y moderna hechar medallas en los fundamentos de los edificios para perpetuar memoria de sus fundadores Pontífices, Reyes y príncipes de aquel tiempo.

El conjunto de convento, hospedería, claustros, biblioteca, iglesia y capilla que para las reliquias mandó construir don Pedro González de Mendoza, constituía todo un espectáculo maravilloso para quien por vez primera se acercaba a su entorno. Torres, que desde Guadalajara debió viajar en alguna ocasión hasta el Monte Celia de la Salceda, lo describe someramente. Merece que escuchemos sus parrafadas al respecto:

I

En este monasterio está el Monte Zelia con muchas y devotas hermitas a propósito sitio para la contemplación de toda la casa es un buen edificio curioso con oficinas acomodadas, la librería es famosa. La Iglesia es graziosa donde están pintadas en azulexos muchos milagros de Nº Sra. que está metida en una custodia de cristal, oro, plata, perlas y ricas piedras, es de mas de una vara en alto y mas de tres cuartas de ancho fué ofrezida por el dho sr. arzobispo y sus hermanas y cuñadas duquesas de Medina Sidonia y Pastrana, condesa de Salinas y marquesa de Almenara.

Acompañan este santo tabernáculo unas barras de plata que parecen lámparas y son cazoletas de olores con otras muchas lámparas de plata que han ofrecido los devotos. Y a coste de los Excmos. Duques del Infantado arde un cirio perpetuamente.El pórtico, lonjas, claustros y otras grandezas de estta casa quien las quisiere saber por mas extenso, lea el Libro de las grandezas de esta cassa que hizo el dcho St. Arzobispo que satisfará su deseo.

II

Milagros, curaciones, peregrinos en grupos numerosos, cuadros, libros, cerámicas talaveranas, reliquias envueltas en oro y pedrerías… un mundo perdido que solo la evocación voluntariosa de quien a la altura de sus ruinas se acerque podrá rescatar de la olvidadiza secuencia de los siglos. En cualquier caso, un punto donde reconciliarnos con el pretérito, donde aprender, porque siempre es posible aprender algo nuevo, a recapacitar sobre la fugacidad de las cosas, por muy fuertes que sean, y a procurar su vida, con todos los medios a nuestro alcance.

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