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El mecenazgo en la historia

 

Últimamente se ha estado hablando en diversas tribunas sobre el mecenazgo en la historia de Guadalajara. Tesis doctorales, libros divulgativos, artículos en revistas, etc., han puesto de relieve la larga serie de empresas que especialmente los Mendoza llevaron a cabo en una labor de mecenazgo hacia las tierras de Guadalajara en las que habitaban.

Han sido el libro de Víctor Nieto sobre la Arquitectura española del Renacimiento, la Tesis doctoral (todavía inédita) de Mª Teresa Fernández Madrid, sobre el mecenazgo mendocino y su introducción del Renacimiento en España, que incluso ha visto la luz, muy resumida, en la Revista «Goya», o el libro de Rosario Diez del Corral Garnica titulado «Arquitectura y Mecenazgo» publicado por Alianza Forma, en el que se inicia el estudio de este tema con la figura del Cardenal Mendoza y sus actividades constructivas por Guadalajara.

Está claro que es este un tema que interesa, especialmente a los investigadores. Sería muy largo de contar aquí en qué consiste. Fundamentalmente debe saberse que la familia Mendoza, que actúa siempre como un bloque y no por individuos aislados, tiene entre sus metas la de prevalecer sobre el resto de sus conciudadanos, tanto en el momento cotidiano, con la preeminencia social, como en el futuro, en el «mas allá de la muerte» con la fama póstuma. A ello encaminan sus pasos, y para ello planifican un conjunto de actividades en las que ellos aparecen como jerarcas y magnates. Incluso como benefactores de la sociedad que les rodea.

El marqués de Santillana es uno de estos mecenas. Construye un hospital de pobres en Buitrago, y pone en el altar mayor un retablo, que pintaría Jorge el Inglés, en el que aparece el marqués poeta dibujado a cuerpo entero. Es un dadivoso señor, que pasará a la posteridad. De sus hijos, destaca el pequeño, el Cardenal don Pedro González de Mendoza, que una vez instalado en el nivel más alto de poder junto a los Reyes Católicos (es obispo de Sigüenza, de Sevilla y de Toledo al mismo tiempo, amen de multitud de prebendas y abadías en España y Europa) se dedica a entregar a las ciudades que ama de instituciones públicas útiles y hermosas: así el Colegio de la Santa Cruz en Valladolid, el Hospital de la Santa Cruz en Toledo, el monasterio de San Francisco en Guadalajara y tantas otras cosas y apoyos a personas que le hacen ser tenido por un auténtico y relevante mecenas.

En su familia, incluso educados junto a él, aparecen el segundo conde de Tendilla don Iñigo López de Mendoza, que construye en Mondéjar el monasterio de San Antonio para franciscanos. O el propio hijo del Cardenal, don Rodrigo de Mendoza titulado marqués de Cenete, un poco loco por cuestión de amores pero dado también a la arquitectura de nobles edificios.

Incluso en las ramas de otras familias que emparentan con los Mendoza se da esta faceta del mecenazgo hacia las artes. Los duques de Medinaceli habían emparentado con los alcarreños a través de doña María de Mendoza, la segunda de las hijas del marqués de Santillana, que casó con don Gastón de la Cerda, cuarto conde de Medinaceli. El hijo de ambos, don Luis, primer duque del título, heredero del señorío de Cogolludo a través de su madre, construiría en la villa serrana un impresionante palacio en el primero de los renacimientos arquitectónicos que se dan en Castilla. Esa línea horizontal y espléndida de la fachada del palacio ducal de Cogolludo, que acompaña a estas líneas, da idea de la elegancia y encanto italianos que los Mendoza y sus familiares imprimen a cuanto hacen en las tierras alcarreñas.

Pero no solamente en el aspecto monumental y arquitectónico fueron mecenas los Mendoza. También en el artístico: recuérdese que ellos coleccionaron tapicerías por decenas, promocionando la industria del tapiz y de la seda en Pastrana. Ellos auparon a escritores y mantuvieron en sus casas a historiadores, poetas y dramaturgos: así a Luis Gálvez de Montalvo, a Francisco de Medina, a Gómez de Castro, etc, e incluso llegaron a promocionar las ideas nuevas (el pietismo, el iluminismo, los alumbrados) en materia de religión, con la buena fe de alcanzar las metas más justas.

Ese mecenazgo desapareció en Guadalajara con los Mendoza, y ahora parece querer renacer, en los tiempos que corren, gracias a quienes hoy ostentan, en toda sociedad moderna, el poder real, el que permite mantener el dinero: son los bancos, las Cajas de Ahorro, las empresas de electricidad, de comunicaciones y automoción las que controlan la mayor parte de los fondos que corren de mano en mano, y así entre nosotros ha surgido una corriente que debería ir avanzando aún más, de ayuda al arte y a la cultura de parte de Cajas de Ahorro (la Provincial de Guadalajara fue la pionera en este sentido, y luego han sido la Ibercaja y otras) y de empresas como Unión‑Fenosa, Central de Trillo, y algunas otras que patrocinan empresas de real envergadura cultural en beneficio de la sociedad en que están instaladas.

Bien es verdad que esas ayudas les suponen a estas empresas descuentos fiscales. Pero la forma de desgravar dedicando parte de sus beneficios a la edición de libros, al patrocinio de actos literarios, de reuniones científicas, de conciertos o representaciones teatrales, es en cualquier caso benéfica y plausible.

Por el contrario, las instituciones públicas, léase Ayuntamientos, Diputación Provincial y Junta de Comunidades, parecen irse cada vez más hacia un mecenazgo meramente festivo y bullanguero, patrocinando conciertos de pop, corridas de toros o festivales rockeros (respectivamente), y dejando a la cultura y el arte en un segundo plano que debería recuperar protagonismo.

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