Los Escritos de Herrera Casado Rotating Header Image

enero 27th, 1989:

Guadalajara, ramillete de escudos

 

Quisiera ser en estas líneas, como dice Horacio en su “Arte Poética”, Laudator temporis acti. Ejercer de cantor de los hechos antiguos, poner el índice sobre aquellas fechas que la memoria debiera tener siempre iluminadas, y recordar a los hombres de hoy, no que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino que fue, simplemente. Ahí está la historia, ahí están los anhelos, las victorias y los crímenes de los hombres. Praeterita mutare non possumus, que decía Cicerón en su «In Pisonem». No podemos cambiar el pasado: debemos asumirlo.

De ese pasado denso, que forma la historia de Guadalajara, son testigos mudos y perennes algunos elementos: los escudos nobiliarios. Sobre ellos, sobre sus formas alegres y solemnes, recae buena parte del ejercicio de la memoria. A la heráldica no se le ha, dado, hasta ahora, toda la importancia que tiene en el contexto del examen del hecho histórico, Y esos emblemas que de mil diferentes modos han sobrepasado las edades, y sobrevivido a sus dueños o ejecutores, tienen un valor crucial para identificar edificios, para concretar patrocinios, para asegurar la autoría de una obra, de un éxito, de una defección.

La tierra de Guadalajara es, como todas las de España, riquísima en escudos nobiliarios. Por cualquier rincón de la vieja ciudad, en el portón de cualquier casona de pueblo, sobre el polícromo retablo de cualquier aldea, aparecen los escudos de personas, de instituciones, de órdenes, que tuvieron en un pasado día un significado concreto. Tallados en piedra, pintados sobre un lienzo: los emblemas heráldicos son afortunados testigos del tiempo ido. Debemos tomar conciencia de esta importancia, llevarla a su extremo, Y defender todos y cada uno de esos elementos de la destrucción o la rapiña. Porque cada escudo que desaparece es una página del magno libro de la historia que se arranca irremediable.

Al viajero que pasea su mirada por Guadalajara y su tierra, le sorprenderán uno y ciento de escudos. Quedará embelesado ante ese monumental emblema que dos salvajes peludos sostienen sobre el portón gótico del palacio del Infantado: es la enseña de don Iñigo López de Mendoza, segundo duque, benefactor de la Alcarria y gran señor en la guerra contra el infiel de Granada. Su banda de sinople sobre él campo gules y la enseña del Ave María Gratia Plena de sus abuelos los señores de la Vega, van a rodearse de la corona ducal, del grifo protector, del yelmo valiente, de la cívica corona, y aún en trama de cardinas dos decenas de símbolos seguirán diciendo las tierras, los pueblos y los valles por donde la voz y la justicia del Mendoza se oye y reconoce.

Pero la tierra de Guadalajara es muy ancha. Si en la capital encontramos el gran escudo imperial del César Carlos, que llena por completo uno de los muros del palacio de don Antonio de Mendoza, por la provincia salen al paso los tallados emblemas de quienes hicieron la historia y en ellas dejaron su huella: leve mármol de los Suárez de Figueroa en Torija; antigua duda dee los López de Orozco sobre e portón del castillo de Guijosa; complicada razón de mílites y virreyes en la Casa Pintada de Valdés y Tamón en Molina; color y resplandores en los frisos escondidos de la casona de los Dávalos y Sotomayor en Guadalajara; tenebrosa presencia de la palma, la cruz y la espada de la Inquisición en Pastrana, en Cogolludo, en Milmarcos; galante muestra que los pajecillos hacen del escudo de Martín Vázquez de Arce, el Doncel de Sigüenza, en su sepulcro de la catedral; celestial presencia de los querubines que sostienen la renacentista imagen heráldica de los duques de Medinaceli en Cogolludo; o rurales huellas de hidalguía en los escudetes de Fuentes, de Taracena, de Hinojosa, de Atienza y Almonacid…

Sí. En la tierra de Guadalajara asombran por todas partes esos elementos duros, de eterno perfil, que son los escudos. Para llevarle la contraria al poeta Ausonio, que en uno de sus «Epigramas» decía Nec revocare potes, qui periere dies, sí que se puede volver a llamar a los días que ya han muerto. Con el verbo de la pasión tallada, con la curva grácil de la piedra heráldica, de la madera polícroma, del yeso domeñado: en los escudos está la memoria de los días y de los hombres, que los protagonizaron. Por Guadalajara, a cientos. Y nosotros, mirando, y a un tiempo tratando de defenderlos.