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El retablo parroquial de Peñalver

 

Si será Alcarria honda y olorosa Peñalver, que de allí surgieron hasta no hace todavía mucho tiempo los meleros que recorrían el país entero, y aún otros lugares del mundo llevando en sus tinajillas de madera el producto sabroso y dulce de esta región de Castilla. La miel de Peñalver es, pues, conocida en todas partes y apreciada justamente. Tanto, que en el segundo y por ahora último viaje de Camilo José Cela a la Alcarria, allí pone sus reales para divagar literariamente sobre la miel, como si a capital de un reino hubiera arribado.

Lo que ya no es conocido tan en detalle son sus monumentos e historia, de los que aún quedan retazos dolientes o altivas manifestaciones. Del castillo de Peñalver, que estuvo situado en lo alto del roquedal que domina al pueblo por el oeste, solo permanecen en pie algunos muros, entre los que se ha hecho moder­namente el cementerio. En las antiguas salas de esta fortaleza se entrevistaron Sancho IV de Castilla y Jaime II de Aragón en cierta ocasión que concertaron treguas entre sus dos reinos.  Dentro de su término, junto a la carretera que conduce a los Lagos de Castilla, aún perduran las ruinas severas, cargadas de historia y nombres importantes, del convento franciscano de la Salceda, primer reducto de la observancia franciscana en Casti­lla.

Pero no es de esto de lo que en esta ocasión quiero hacer mención, ni siquiera del colosal edificio de su parroquia dedica­da a Santa Eulalia, que posee una bella portada plateresca digna del mejor aprecio. Es del retablo que en su interior atesora, barnizando con su oscura madera la pared última de la capilla mayor.

Es este retablo parroquial de Peñalver uno de los más anti­guos e importantes que se conservan en toda la provincia de Guadalajara. Su estado actual, progresivamente deteriorado a lo largo de los últimos años, es verdaderamente lastimoso, pues en la pasada Guerra Civil fue desmontado y trasladado para su custo­dia a Madrid, de donde se trajo posteriormente, aunque ya muy mermado en sus exuberancias ornamentales, siendo colocadas sus tablas en orden diferente al primitivo, y viéndose privado de dos de sus paneles centrales, en los que con toda seguridad irían tallas de la misma época del retablo, Aunque hoy están cubiertas de polvo sus pinturas, y algo desbaratados sus adornos, es toda­vía este retablo merecedor de una restauración atenta y fidedig­na, no sólo por el interés local o provincial que, en orden al turismo de la zona pueda significar, sino también en lo que respecta a una más cabal comprensión y apreciación del arte pictórico renacentista en Castilla. En este sentido de procurar su «puesta al día» y conveniente resurrección, trabajaremos cuan­to nos sea posible.

A grandes rasgos, y con la única pretensión de dar a cono­cer, a todos los alcarreños y buenos catadores de nuestra arte provincial, este escondido retazo de la pintura del siglo XVI, paso a describirlo. Porque de comienzos de ese siglo es, sin duda alguna, esta obra. En ella chocan dos conceptos del arte típicos del reinado de los Reyes Católicos: mientras en ciertos detalles campea el gótico, flamígero y ya decadente, en otros se alza el plateresco, a tientas y con balbuceos aún. Teniendo en cuenta, además, el consabido retraso con que las modas artísticas van llegando a los pueblos, se puede fechar este retablo de Peñalver en época que oscila entre 1500 y 1520. Mas no se puede afinar, pues la total desaparición del archivo parroquial borró para siempre no sólo ese detalle, sino el que hubiera sido todavía más importante: el del nombre del autor o autores.

La estructura de este retablo es todavía gótica. Tres cuer­pos horizontales y una predela inferior, se parten por igual en cinco calles, la central a base de trabajo escultórico, y las cuatro laterales, simétricas, con pinturas sobre tabla. Cubre todo el conjunto un guardapolvos que arranca desde el primer cuerpo y modela el Calvario cimero: es un guardapolvo éste que se decora con motivos claramente renacentistas, y que alberga a trechos escudos con los emblemas de la Pasión de Cristo. Rematan­do cada pintura, doseletes góticos finamente tallados, de los que sólo quedan media docena, y no en muy buen estado. La separación de las calles se hace a base de finas columnillas góticas, rema­tadas en pináculos sencillos, y albergando a trechos algunas pequeñas estatuillas de las que ya sólo permanecen cinco o seis.

Las cuatro pinturas de la predela representan sendas parejas de apóstoles, entre los que destaca la figura de San Bartolomé por su vigorosa fuerza descriptiva. Despareció la talla de su calle central (hoy ocupada por un vulgar lienzo de la Purísima). De izquierda a derecha del espectador, las tablas del primer cuerpo inferior representan las siguientes escenas: la Resurrec­ción de Cristo; la Asunción de María a los Cielos, llevada de los ángeles; la Adoración de los Reyes Magos y la Pentecostés, siendo las cuatro de tan subido mérito y extraordinaria ejecución que se hace difícil alabarlas una por una: esas cuatro tablas tan sólo, merecerían ya la entrega ilusionada hacia su total recuperación. En su calle central, una moderna talla de Santa Eulalia sustituye al ignorado relieve que ocuparía ese puesto.

En el segundo cuerpo de pinturas, también de izquierda a derecha del espectador, aparece una dudosa escena en la que se representan varios apóstoles reunidos; la Anunciación de María; la Ultima Cena y dos parejas de santos y santas que mientras no se limpie adecuadamente no se podrán identificar. En su calle central, una extraordinaria talla en alabastro sin policromar de la Virgen del Rosario, en el mejor estilo del primer Renacimien­to. Es lástima que aparezca tan alta y distante, porque creo se trata de una obra escultórica de primera magnitud. Los paneles que recubren interiormente estas dos hornacinas centrales, van revestidas de prolija ornamentación gótica, tallada en bajorre­lieve sobre madera. Finalmente, en el tercer cuerpo horizontal, aparecen otras cuatro tablas tan cubiertas de polvo que es prác­ticamente imposible su identificación. La segunda empezando por la izquierda parece ser el Nacimiento de Jesús. Y la tercera es, sin duda alguna, el episodio de la Circuncisión. La última de ellas es muy probable se trate de la Flagelación de Cristo. Separándolas en su centro, un sencillo Calvario del estilo, que remata todo el conjunto.

El hecho del indudable y progresivo deterioro de esta pieza de arte antiguo, por la que nadie todavía ha movido un dedo, es algo que debería avergonzarnos a todos. Los vecinos de Peñalver, preocupados más que nadie por el problema, han realiza­do a lo largo de los últimos años múltiples gestiones ante las instancias administrativas que podrían aportar una solución a este lamentable estado de cosas. Solo buenas palabras se han recibido. Últimamente, se ha iniciado una colecta entre todos los vecinos e hijos de Peñalver con objeto de recaudar fondos y ser ellos mismos quienes pongan en marcha el proceso indispensable de la restauración de su retablo. Cualquier ayuda que en esta empre­sa reciban será capital en orden a conseguir algo que no es sólo para ellos, sino para todos los hombres y mujeres que en Guadala­jara y España amamos el arte pretérito: contemplar en su pureza de color y forma esta pieza extraordinaria de nuestro patrimonio artístico.

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