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El templo románico de Valdeavellano

 

Hemos viajado, en la tarde verde y luminosa de  una primavera húmeda, hasta la altura alcarreña de Valdeavellano. Por ver su templo parroquial, que es una joya del estilo románico rural de nuestra tierra. Por mirar con detenimiento las piedras que lo forman, las formas que tienen esas piedras, y, en fin, por llevarnos en la retina el equilibrio que la arquitectura medieval, incólume a pesar de los siglos, ofrece en esta iglesia recóndita y poco conocida.

Valdeavellano, en lo alto de la paramera alcarreña, rodeado de llanuras cerealistas y carrascales oscuros, tiene una histo­ria sencilla: una historia en la que solo escriben sus rúbricas los propios seres que lo pueblan. Además, conviene recordar el detalle de que fué en el siglo XVI, a 3 de febrero de 1554, cuando el Emperador Carlos la concedió el título y prerrogativas de Villa con jurisdicción propia, quedando de entonces, de aquel cambio de rumbo comunitario, el centro de su plaza mayor ocupado, sobre un gran pedestal pétreo, por el rollo o picota, símbolo de villazgo, hermoso ejemplar del siglo XVI, constituido por columna de fuste estriado, sin acabar, y rematado por desgatado florón, apareciendo sobre el capitel cuatro valientes cabezas de leones.

Hemos visto también, al extremo norte del pueblo, el gran caserón con patio anterior que, situado detrás de la iglesia, ofrece en el arco de entrada un gran escudo, sostenido por dos niños, y con una inscripción que dice: «…ndo…honre gloria». Este escudo tiene los mismos elementos y muebles que tenía el que coronaba la puerta y el arranque de la escalera del palacio de los La Bastida en Guadalajara, derribado hace años para construir el actual edificio de la Delegación de Trabajo. Es, pues, la casona rural de esta gente que tuvo el señorío de la villa, además de muchas propiedades en su término.    

Pero el interés de los viajeros se ha centrado en la iglesia parroquial, dedicada a Santa María Magdalena, y que se nos ofrece como una interesante obra de arte románico, construida a fines del siglo XII, y con algunas reformas y añadidos posteriores. De su primitiva estructura conserva los muros de poniente, sobre el que se alza potente espadaña, del sur (dentro del atrio y cubier­to por la sacristía) y de levante, constituido éste por el ábside orientado en esa dirección.

En el segundo de estos muros, encuentran los viajeros la estampa preciosa de la grandiosa puerta de acceso, formada por seis arquivoltas de grueso baquetón, uno de ellos trazado en zig‑ zag, y el más interior, que sirve de cancel y lleva varios pro­fundos dentellones, mostrando una magnífica decoración de entre­lazo en ocho inacabable.

El conjunto de esta portada es de gran fuerza, de perfecta armonía. Sus arcos, tallados en clara piedra caliza de la Alca­rria, apoyan en sendos capiteles del mismo estilo y época, en los que se ven motivos vegetales, con complicadas lacerías de gusto oriental. En dos de estos capiteles, el artista se entretuvo en tallar, toscamente, sendas escenas de animales: en uno aparece un par de perros atados por sus cuellos, royendo un hueso a porfía, y en el otro se aprecia un viejo pastor con su cayado, y su larga barbaza, escoltado por dos animales con cuernos que parecen cabras.

El exterior del ábside muestra una pequeña ventana en su centro, formada por arco de medio punto resaltado.

El atrio exterior que precede a la iglesia en su lado sur, es obra posterior, quizás del siglo XV, y está constituido por cuatro arcos ojivales, sin adorno ni decoración alguna, aunque con molduras reentrantes que le confieren cierto dinamismo y ligereza. El segundo de esos arcos permite la entrada al atrio. Desde él, y resguardados los viajeros del aire fresco de la tarde, se tiene la perspectiva completa de esta joya del arte remoto.

El interior del templo de Valdeavellano ofrece algunos ele­mentos de interés. La nave interior se cubre de artesonado de madera muy sencillo. Sobre el presbiterio y entrada a la capilla mayor, hay sendos arcos triunfales, semicirculares, apoyados en sencillos capiteles. Al norte se añadió, en el siglo XVI, una pequeña nave separada de la primitiva por tres pilares cilíndri­cos. A los pies del templo hay un coro alto, y bajo él, en la capilla del bautismo, una magnífica pila bautismal románica, contemporánea de la puerta, que tiene en su franja superior tallada admirablemente una cenefa en madeja de ochos inacabable, similar a la del arco interno de la portada. La copa de la pila, que apoya sobre estrecho pie, está simplemente ranurada.

Todavía puede admirarse, en el suelo de la capilla fundada por el eclesiástico don Luís Lozano, la lápida funeraria que mandó poner para recuerdo perenne de su paso por la vida. En el suelo de la nave aparece otra lápida, con gran escudo tallado de caballero calatravo, timbrado de yelmo y lambrequines de plumas, en la cual se lee con dificultad: «…iglesia y de sus deudos y señores del Maiorazgo… los Bastidas púsose en el…de Dº de La Bastida, sobrino Cº de la Orden de Calatrava. Año de 1651» perte­neciente al enterramiento de un miembro de la poderosa familia La Bastida, que como ya hemos visto fueron señores y terratenientes del término.

Por el silencio gris y húmedo de las calles de Valdeavellano han paseado los viajeros, sintiéndose rodeados de la feliz intrascendencia de lo rural más simple. Una iglesia románica, unos escudos, una tarde chorreante de luz y agua: podría decirse que son elementos demasiado escasos para sentirse felices. Pero los viajeros lo son, lo han sido. Porque sienten, como los sabios y los bondadosos, ‑como Horacio mismo‑, que lo poseen todo. Y porque esa hora, ese instante de altura en Valdeavellano, y esa sonrisa, durarán por siempre.

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