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octubre 9th, 1987:

Castillos y fortalezas de Molina

 

Cuando tratamos de recorrer los caminos de la provincia de Guadalajara, en busca de las huellas imperecederas de los pasados siglos, el auténtico problema que se nos presenta es el de escoger algún itinerario que nos lleve a encontrarnos con el palpitante eco de la historia. Hay tantos rincones en la tierra alcarreña, serrana y molinesa, en los que es posible extasiarse y recordar antiguas gestas, leyendas increíbles y hechos cruciales, que en ocasiones el ánimo se queda atónito al querer arrancar hacia uno u otro enclave. Para este próximo fin de semana bien podríamos establecer una ruta que nos llevara hasta los lejanos y misteriosos castillos de Molina.

Aparte de la fortaleza medieval de la capital, cuajado su recinto de almenas y torreones altivos, pues ya en otras ocasiones hemos recordado su valor y su historia, hoy nos acercaremos a otros puntos del Señorío, quizás menos conocidos, pero de todos modos interesantes, evocadores al máximo.

Ha de ser el primero de esos trayectos el valle del río Mesa, encantador no solo por sus alcázares semiderruidos, sino por la belleza incomparable de sus horizontes. Sobre este valle, vía capital en la comuni­cación del Señorío de Molina y el reino frontero de Aragón, se levantaron en la Edad Media varios fuertes castillos, de los que solo resta el magnífico de Villel de Mesa, construido todo él con tapial, sillarejo y adobe, estando forrado de buen sillar la torre del homenaje. Sobre el peñón alargado se tiene en equili­brio la fortaleza, cayendo sus muros cortados en vertical sobre la roca. Consta de un recinto previo o pequeño patio de armas, que va a dar por estrecho portón en la torre del homenaje, coro­nada de almenas. Aunque esta fortaleza fue de simple apoyo a la más grande de Mesa, río arriba situada, en él se dieron batallas importantes durante la Edad Media; perteneció por temporadas a Castilla y a Aragón: primero estuvo en los primitivos límites del Señorío de Molina, pero más tarde pasó a la familia de los Funes, quedando con ellos por el rey de Aragón. En el siglo XV, uno de los señores de esta familia, Sánchez de Funes, hizo pacto con el castellano Enrique IV, quedando el alto valle del Mesa por Casti­lla, y en esta demarcación hoy prosigue, aunque geográficamente es comarca, sin duda, aragonesa. También fueron importantes en este valle los castillos de Algar, Mochales (sobre un gran peñón rocoso junto al pueblo) y Mesa, este último puesto sobre el elevado cantil de la margen derecha del río, a medio camino entre los lugares de Villel y Algar, habiendo venido al suelo en tiem­pos de los Reyes Católicos, y quedando hoy tan solo restos de su foso y muros.

Alargando nuestro paso por los vericuetos y caminos del Señorío molinés, llegamos a dar vista al castillo de Cobeta, asomado  a un hondo valle que baja hacia el pintoresco de Arandilla, escoltado de pinares y prados, en la sesma del Sabinar. Su nombre le viene de la torre o cubo que de siempre vigiló su caserío y que muy probablemente se formó en torno a aquella. Perteneció primero a los Laras, luego al cabildo seguntino, y, más tarde, a las monjas de Buenafuente, de las cuales vino a dar en la familia de los Tovar y Zúñiga. Uno de sus miembros, don Iñigo López de Tovar, reedificó a fines del siglo XV la antiquísima torre o castillo, colocando su escudo de armas sobre la puerta. De este castillo de Cobeta, que tenía un recinto cuadrado con cubos en las esquinas, y una torre del homenaje cilíndrica con almenas sobre el grueso moldurón de su remate, sólo queda la mitad de ésta, hueca y desalmenada, en inestable equilibrio con la vertical.

Finalmente es de destacar uno de los castillos más importantes de todo el Señorío, y de los que más interesante historia guarda entre sus muros. Se trata del castillo de Zafra, en término de Campillo de Dueñas, aun cuando la mejor forma de llegar a él es desde Hombrados, a través de caminos, sendas e incluso atravesando prados de perenne verdor. Los condes de Lara tuvieron como enclave puntal de su territorio a este castillo, y en él se resguardó en 1222 don Gonzalo Pérez al sufrir el acoso del rey Fernando III de Castilla. Su situación es por demás pintoresca: en un sinclinal de roja peña caliza, emergiendo como agudo navío sobre una larga serie de praderas, se levanta el castillo, con sus muros completamente en vertical elevados sobre los bordes de la roca. Un gran recinto interno, con aljibe y dos patios, se rodea de alta muralla almenada, reforzada en sus esquinas y comedio de muros por torres fuertes. En su extremo nordeste se yergue la torre del homenaje, de dos plantas y curio­sos detalles, como puerta gótica de arco apuntado, escalera de caracol, terraza almenada, etc. Su actual propietario continúa el lento y perseverante proceso de reconstrucción, que levanta todavía un mayor aplauso al saber cómo, sin ayudas de ningún tipo, con el entusiasmo y el sacrificio de un molinés de médula, una persona puede llegar a dar lecciones a todo un «sistema» que en teoría debería dedicar mayores caudales al cuidado del patrimonio histórico‑artístico de nuestra Patria.

En cualquier caso, estos tres pequeños paseos entre los bosques y las parameras de Molina, nos habrán servido para recordar y admirar algunas de las bellísimas siluetas castilleras que pueblan aquella comarca sin par.