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Resplandeciente Guadalajara

 

Leido por «Radio Guadalajara» el domingo 12 febrero 1984

 Si en la breve superficie y el corto aliento de este «Glosario» tuviera que dejar plasmada mi impresión en torno a una tierra tan plural y hermosa como la de Guadalajara, tendría que reconocer mi incapacidad para llevar a cabo tal propósito. Pero si en aras a la brevedad he de exponer, como en brillante deste­llo de color o nostalgias, los puntos claves por donde la memoria ronda la grandeza y la inigualable belleza de esta tierra, no creo sea difícil ir dejando caer, en un paseo sucinto, ensoñado y palpitante, los perfiles y las músicas de cuanto Guadalajara puede mostrar a quien por ella viaje.

La vega del Henares, riente al sol de esta mañana veraniega, nos ofrece ya un símbolo apretado de la tierra toda: el llano campiñero, en dorado agresivo, se ve salpicado en lonta­nanza por las torres pétreas de los pueblecillos: Yunquera, Fontanar, Azuqueca, Villanueva incluso, se yerguen en puntillas sobre la suave geografía. Cerca del río, la parda tierra de la Alcarria se precipita desde el páramo, y en Guadalajara se urbana con las líneas rectas del cemento, tamizado de grutescos rena­cientes o recuerdos de poetas y caballeros; Hita, más al norte, cobijada por su cerro único, y aun Jadraque, o Sigüenza, le dan al río el toque de bravura y medievalismo que a todos sorprende. En la lontananza cristalina y azulada, las sierras dormitan su pobre pasar, su solitario quejido de pizarras y enebros, en un instante eternizado de costumbres y tradiciones seculares.

Desde la atalaya que supone Guadalajara, no solo de cara a su propia geografía provincial, sino hacia la historia toda de la patria española, se ve pasar, y se puede admirar, y aun meditar sobre ellas, la apariencia serena de la tierra caste­llana, el devenir único de sus gentes, de sus instituciones, de su impar pasado. En este cruce de caminos que es la Alcarria, que es el valle del Henares, que son las riberas de Tajo y Tajuña, crecen y maduran ideas y estilos, poetas y escultores, tradicio­nes y caracteres. Guadalajara se sabe, o debiera saberse, uno de los puntales de la España eterna, de la Castilla indestructible. Como Burgos o Toledo, como Tordesillas o Alcalá de Henares.

Aquí el viajero podrá encontrarse las huellas del roma­no en puentes o calzadas, en villas y castros desperdigados por los caminos de más tránsito en la antigüedad remota. Aquí se encontrará también, por la curva que el Tajo da en Recópolis, el foco culto y guerrero de los visigodos; o la huella sabia y tolerante del Islam en Guadalajara sobre todo. La dinámica medie­val de la repoblación cristiana y castellana ha dejado su huella hasta nuestros días: ciudades amuralladas como Sigüenza, Molina, Zorita, Brihuega y Uceda, captaron la vida de una sociedad en expansión, en júbilo de trabajo, en ilusión de creatividad: por todas partes la vista aún se recrea con templos románicos (allí Albendiego, Pinilla, Buenafuente o Sauca), iglesias góticas (Si­güenza ascética, Cogolludo bravío) y palacios renacentistas (las luces del Infantado en Guadalajara, de los Tendilla en Mondéjar y tantas otras casonas, portalones, escudos y grutescos por toda la piedra de la Alcarria).

Aquí también, en este mantel inquieto de Guadalajara, los personajes que acrisolan una cultura única y admirada por todo el orbe: el «Buen Amor» del Arcipreste de Hita, se empareja a los «Proverbios» de don Iñigo López de Mendoza; la huella creadora de Santa Teresa marcha paralela con la inquietud espiri­tual del alumbrado Ruiz de Alcaraz; y, en fin, la profunda raíz celtíbera de la danza guerrera y el mito de la botarga, siguen bailando en los ojos atónitos del espectador junto a las devocio­nes marianas de tanta peña, tanta salud y tanta zarza como en la Alcarria existe.

Si de las anteriores frases, quizás excesivamente lite­rarias, pudiera derivarse alguna conclusión práctica, yo propon­dría una sola, que al tiempo es plural y prácticamente inacaba­ble: visitar Guadalajara y sus pueblos, recorrer sus caminos y paisajes, conocer sus gentes y costumbres; es ese un ejercicio que, en el mundo actual, que intenta ser civilizado a base de extender la cultura a todos los niveles, debe ser primordial. La palabra turismo, en este sentido netamente cultural, amplio y humano, pudiera ser el broche, abierto, de estas líneas.

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