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julio 27th, 1987:

La tropa mendocina

 

La historia de las ciudades y los territorios ya ligada comúnmente a la de nombres propios de personas y linajes. Un grupo, generalmente ligado por lazos familiares a sienta en un territorio, y le domina. Pare­ce que estamos hablando, así en abstracto, de zoología. Son los más fuertes, los más decididos, los que deciden por los demás. Su nombre queda no sólo en papeles y crónicas, sino grabado en monumentos y en caminos, fundido con la tierra como un fragmento más de ella mis­ina.

La ciudad y la tierra de Guadalajara tuvieron en siglos pasados un grupo, familiar que las dominó: los Mendoza. Familia originaria de la llanada alavesa, asentaron  entre nosotros allá por el siglo XIV, y dieron personajes, hazañas y un sin fin de gracias y desgracias sobre la costra guadalajareña. Su nombre, Mendoza, significaba en vasco «cuesta pequeña» y añadiéndole la letra I intermedia, pronunciando Mendioza,  significa «montaña fría», que es el que mejor viene a la situación de aquella casona; torre fuerte, cual castillo, en que tuvieron su primer asiento.

Ellos decían (mejor dicho, sus cronistas aduladores) que era su origen de Escipión el Africano, el gran guerrero, romano que, venció al terrible bárbaro norteafricano sobre el suelo español: en Álava había por entonces dos hermanos llamados Mendibil, y Mandonio; de la casta de los celtíberos, y de ellos derivaría el apellido Mendoza, corrom­pido en el siglo XVII decía Hernando Pecha.

Este historiador de los fastos mendocinos trató de aderezar convenientemente el origen fabuloso de la casa con la gracia de hacer venir las dos ramas principales que en siglo XVII tenía los Mendoza, de ambos hermanos. Y así dice en su “Historia de la Ciudad de Guadalajara”, que de Mendívil, venían los que en sus armas traían las penelas, la hoja tierna en forma de corazón, de color blanco en campo rojo. Y comprobaba tal aserto mediante una sentencia del rey de Castilla Alfonso XI quien en 1230 había dado solución a un pleito ocurrido en las merindades de Álava, entregando finalmente la casa de Mendívil de Arriba a Juan Hurtado de Mendoza, y la casa de Mendoza de Abajo a Diego Hurtado, el hijo mayor de la misa. Del primogénito decía que descendían los duques del Infantado, y por ello eran cabeza de la casa. Y del segundo los marqueses de Almazán, también Mendoza, que querían ostentar dicha capitanía.

Es curioso comprobar cómo, a lo largo de las crónicas e historias que hablan de la casa Mendoza, uno se encuentra con nombres que se repiten muy a menudo. Así el Iñigo López, el Juan o Diego Hurtado, el Pedro González, etc. Realmente era Mendoza el apellido, y lo otro eran nombres propios, que se ponían juntos en honor de algún antepasa­do. El más popular en los siglos renacentistas fue el de Iñigo López, en honor de los primeros señores de Vizcaya, de donde realmente procedían los Mendoza. De ellos hubo varias decenas; para desesperación de historiadores y lectores de sus fastos. En algún momento de la pri­mera mitad del siglo XVII llegó a poder contarse, vivos, 15 Iñigos Lopeces, De Pedro González, nombre que tuvo con brillo, entre otros, el gran cardenal de España, puede decirse que se les ponía en honor del primer miembro de la casta que vino, a Guadalajara.

El más curioso, de estos «nombres‑apellidos» es el de Hurtado, y, los cronistas mendocinos encontraron también sus razones históricas para explicarlo. Decía Pecha que «andan siempre juntos estos dos apellidos Hurtado y Mendoza, de manera que no hay Hurtado sin Mendoza ni Mendoza sin Hurtado. Una tradición decía que López González de Mendoza, señor de Álava, dejó al morir un hijo llamado Diego López de Mendoza, a quien siendo pequeño le robaron, le «hurtaron» y lo llevaron escondido a Navarra, evitando que los Guevara le Matasen, pues andaban tras él para acabar con la familia de los Mendoza. Crecido y caballero, vengó a, la estirpe, matando al jefe de los Guevaras. Por todo ello, a éste que en realidad se llamaba Diego López de Mendoza le dieron en llamar Diego, Hurtado,  el de Mendoza.

La tropa mendocina tuvo siempre características curiosas reunien­do en su círculo gran cantidad de gentes. Guerreros unos, que sólo entendían de armas, de escudos y lanzas, especialmente los primeros fun­dadores de la estirpe: acordarse de Pero González de Mendoza, aquél que en la batalla de Aljubarrota murió por entregarle al Rey su caballo. Con Pedro murieron en, aquella batalla memorable muchos hi­jos de Guadalajara que le acompañaban. También en las guerras de Granada contra el reino nazarita se distinguieron como guerreros los Mendoza. Era una guerra renacentista, en la que se lucían plumeros y gualdrapas coloreadas frente a un enemigo que muchas veces (y recuérdese la historia final del Doncel de Sigüenza) no era tan literario como se creía.

Pero los hombres de la casa Mendoza se­ distinguieron sobre todo por su cultura, por el cultivo de las letras, las artes, la música, por el refinamiento de sus casas y criaturas. Ni la guerra pendenciera ni la beatería de algunos de  sus miembros lograron borrar ese aspecto primordial que fue el escribir y el promover libros, el levantar palacios y monasterios, el bruñir armaduras y poner estatuas en los rincones sus nombres y sus orígenes, de los que hoy levemente hemos tratado, nos han servido para conocer un poco mejor esta tropilla de gentes que hicieron a Guadalajara, para bien o para mal (yo, me inclino más por lo primero) una ciudad admirada y eternal.