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En el Quinto Centenario de la muerte del Doncel. Sangre en la acequia Gorda de Grananda

 

«Un buen morir, toda una vida adorna», decía el clásico mediterráneo. Parece que se había fijado en el ejemplo de don Martín Vázquez de Arce, sujeto a una existencia que, si emocionante, no hubiera pasado a la historia con su nombre de no haber mediado su muerte heroica y, por supuesto, su tumba epitafiada. Si la pasada semana veíamos la vida, los nombres y las gentes que habían dado sentido y calor de familia al Doncel, hoy nos entretendremos en su muerte. En aquella campana del verano del 86, del momento álgido en que los ímpetus de Castilla arrinconaban al Islam contra los nevados muros de Sierra Morena, la aventura de las gentes del Infantado, de los jinetes de Guadalajara, de los hidalgos alcarreños y seguntinos, quedarían sin música ni alegría tras la tarde aquella del mes de julio en que varia decenas, entre ellos Martín Vázquez, caían muertos sobre la Acequia Gorda de Granada. Sangre en aquel lar, que para el joven caballero se hizo eterno, como panteón abierto de sol y luciérnagas.

Vimos como D. Fernando de Arce, comendador de Montijo, y su hijo Martín Vázquez, también caballero santiaguista, al servicio estaban del segundo duque del Infantado, el esplendido don Iñigo López de Mendoza, que por entonces concluía lo más fastuoso de la arquitec­tura sorprendente de su nuevo palacio de Guadalajara, rara forma de maravilla constructiva. El padre como secretario ducal, y el hijo como «doncel» o aprendiz de guerras, sintieron aquella primavera de 1486 colmadas sus esperanzas al recibir la noticia de que esta vez toda la casa de Mendoza participaría en la campana guerrera contra el reino de Granada. Esta vez iría el propio duque al frente de sus tropas. Se unirían, Despeñaperros abajo, con lo más granado del ejército de Castilla. Las tropas de los Medinaceli, de los Alba, de los Benavente, del arzobispo toledano, del duque de Cádiz, de los Medinasidonia, de los Velasco… mil más en torno a las personas de Isabel y Fernando, sus amados monarcas. Sería una ocasión única, incomparable, en la que el ímpetu de la nación más poderosa de Europa, de la más valerosa corte de guerreros, iba a ponerse en acción contra el enemigo de la patria y de la religión.

El cronista Hernando del Pulgar, el historiador ofi­cial del reino, describe el aparejo militar de los Mendoza: traxo de la gente de su casa ‑dice hablando de don Iñigo, el segundo duqe‑ quinientos hombres de armas a la gineta e a la guisa e los peones de su tierra que le mandaron traer, e fizo grandes costas en el arreo de su persona de los fijos‑dalgo que vinieron con el; entre los quales se fallaron cinquenta paramentos de caballo de paños brocados de oro, e todos los otros de seda, e los otros arreos de guarniciones muy ricas. Y el otro cronista del momento, Fernández de Oviedo, no pudo dejar de alabar el lujo con que el Mendoza se acerco hasta Granada: iba acompa­ñado de un numeroso cuerpo de caballeros y nobles como correspondía a tal señor; ostentaba todos los regalos propios de tiempos de paz, y sus mesas esmeradamente servidas estaba llenas de vajillas de plata rica y curiosamente trabajadas, de la qual tenia mucha más abundancia que ningún otro noble del reino…

La salida de don Iñigo y su corte, a finales de abril, desde Guadalajara, debió ser una autentica fiesta de colorido y ga­llardía. Pero muchos de ellos, contentos y esperanzados, no volverían nunca. Las operaciones se iniciaron en los primeros días de mayo. La conquista de la ciudad de Loja fue muy trabajosa pero lleno de opti­mismo y empuje al ejército castellano. Inmediatamente se cercaron y conquistaron otras plazas fuertes como Illora (contra la que cargo fundamentalmente el duque del Infantado y el conde de Cabra), Moclín y Montefrío, más finalmente Colomera. Ya en la cúspide del verano, cuando nada parecía impedir que quizás ese mismo año cayese la ciudad de Granada, se decidió proceder a las talas y guerrilla contra la vega granadina, granero y huerta de la ciudad.

Un miércoles de julio acudía el duque con dos escua­drones en objetivo de cubrir la retaguardia de quienes habían ido ese día a hostigar a los moros. Su columna, de apariencia fuerte, bien formada y disciplinada, no fue atacada. Sin embargo, las gentes de los concejos de Úbeda y Baeza, y del Obispo de Jaén recibieron el ataque por sorpresa de una partida de granadinos que les prepararon una celada. Al ver en peligro a sus compañeros, el duque ordeno acudir en su ayuda. Y los moros se dieron a la fuga, desordenados. Los alcarreños les perseguían por el camino de Elvira, en dirección a Granada. Al pasar por la Acequia Gorda de la vega, algunos árabes abrieron las compuertas de modo que el agua irrumpió en el campo de batalla, ha­ciendo que muchos castellanos cayeran del caballo, y otros enfangados y sin armas no supieran que hacer. El desconcierto propicio un con­traataque de los musulmanes, y en esa ocasión algunos del duque caye­ron malheridos si no muertos. Dice el cronista Alonso de Palencia que aquella tarde perdió la vida una veintena de hombres del duque, y entre ellos el valiente guerrero de Guadalajara, don Juan de Bustaman­te, y el flamante y aguerrido caballero de Santiago don Martín Vázquez de Arce, hijo del comendador Don Fernando de Arce, secretario del duque.

La lapida que preside el enterramiento del Doncel en la catedral de Sigüenza, es solemne, escueta y cruel. En ella se cuenta como fue, con laconismo y seriedad, aquel trance: Martín Vázquez de Arce cavallero de la orden de Sanctiago que mataron los moros soco­rriendo el muy ilustre senor duque del Infantadgo su senor a cierta gente de jahen a la acequia gorda en la vega de Granada. Cobro en la hora su cuerpo fernando de arce su padre y sepultolo en esta su capilla año MCCCCLXXXVI. Este año se tomaron la cibdad de Loxa, las villas de Yllora, Moclin y Montefrio por cercos en que padre e hijo se hallaron. Tenía 25 años, y era el heredero, la esperanza, la mejor alegría de una familia de hidalgos seguntinos.

Hubo muchos otros que, como don Martín, en aquella campaña y en otras antes y después, perdieron la vida luchando por un ideal que les movía y conmovía a todas las heroicidades. Quizás sea la figura de este joven castellano la que mejor represente esa lucha, esa Guerra de Granada, codicilo de la Reconquista, que supuso la reintegración a una sola entidad política de las tierras todas de Iberia. De su gesto eterno en la estatua hablaremos, sin embargo, la próxima semana.

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