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Visión histórica del Alto Tajo

 

La zona norte de la provincia de Guadalajara es uno de los ámbitos de la geografía española en que asentaron en mayor densidad los pobladores prehistóricos, especialmente el pueblo celtíbero, distribuidos en numerosas tribus, algunas de ellas muy características de las comarcas serranas de esta provincia. Se considera el área de expansión de dichas tribus hasta la orilla derecha del río Tajo en su primer trayecto: arévacos, lusones, bellos, titos y pelendones situaron sus castros, cuevas y ciudadelas en eminencias del terreno que aún hoy permiten el estudio de tan antiguos pobladores y sus costumbres.

Largos siglos deshabitadas estas comarcas del Alto Tajo, aunque se sabe del trayecto de una «vía romana» que desde Cuenca se dirigía a Sigüenza a través de ellas, los árabes pusieron muy sencillos torreones vigías y ninguna ciudad de importancia se situó en esta zona, hasta que en los años medios del siglo XII el empuje castellano de Alfonso VI hizo progresar la reconquista, y hasta la orilla derecha del río Tajo alcanzó la influencia socioeconómica del Común de Villa y Tierra de Atienza, en tanto que la orilla izquierda quedaba a cargo de la gobernación y repoblamiento del Común de Cuenca. En esta división administrativa y social se mantuvo la zona largo tiempo. Se crearon nuevos puestos de vigilancia y, sobre todo, nacieron a lo largo de la Baja Edad Media abundantes pueblecillos de renovada toponimia.

Las zonas más septentrionales de esta comarca, quedaron también desde el principio bajo el regimiento de otros comunes, como los de Molina -que abarcaba desde Peralejos hasta Armallones- y de Medinaceli, que se disputó con Atienza el dominio de la orilla derecha del Ta­jo por la zona de Huertahernando, Canales y Ocentejo.

En realidad, toda la comarca tuvo un similar estatuto organizativo y social. Acudieron a su repoblación gentes norteñas, implantadas sin dificultad sobre el sustrato primitivo, en todo caso poco abundante, de la población celtíbera. Colonos llegados de la vieja Castilla, de Navarra y Vascongadas, de las tierras en torno al Duero, levantaron los pueblecillos que aún hoy se mantienen.

Pusieron en ellas sus iglesias parroquiales, que por ser obras del siglo XII están en casi todos los casos construidas con arreglo a los patrones estilísticos románicos, y roturaron los terrenos aprovechables, viviendo en su mayor parte de la rentabilidad, también muy dura y muy trabajada, de los abundantísimos bosques del entorno.

En este ámbito geográfico y social, es muy destacable la presencia de un punto específico: el monasterio de Buenafuente del Sistal, puesto por los condes molineses sobre la orilla del Tajo, en los momentos de la primera mitad del siglo XII, en los que la otra orilla del río sigue en el incierto dominio infiel. Es conocida esta norma repobladora de afianzar el territorio reconquistado a Al‑Andalus instalando monasterios en los límites. Aquí se dispuso la venida de un grupo de monjes canónigos regulares de San Agustín, procedentes del bosque de San Bertaldo, en Francia, y que tenían por cometido, similar a las entonces nacientes órdenes militares, el de vigilar la frontera al tiempo que guardar las reglas monásticas con rigor. Su territorio se extendió fácilmente, iniciando la creación de otras casas filiales suyas en el Señorío (Alcallech, Grudes, Peralejos) y aun en la orilla izquierda del río en cuanto les fue posible (en el Campillo de Zaorejas, donde hoy se encuentra el puente de San Pedro). Se construyó un templo románico de clara influencia gala, que aún permanece, y fue ya en el siglo XIII cuando, sin la necesidad perentoria de una expectativa armada en la zona, cambió la orden regente del cenobio, y allí se instalaron monjas del Cister, que hoy continúan su labor oracional.

La vida y desarrollo socioeconómico de esta comarca del Alto Tajo ha tenido a lo largo de los siglos, hasta la actualidad, unas similares características, siempre arropadas por una tranquilidad, -rota en muy escasas ocasiones por las guerras que hasta aquí llegaban con ecos lejanos- y por el trabajo, distribuido fundamentalmente entre los cultivos de cereal en las partes altas, mesetarias, de la zona, y el aprovechamiento forestal de la misma, que durante siglos empleó a muchos de sus hombres en una tarea, hoy ya perdida, pero de recia entidad como era la de los «gancheros» del Alto Tajo, ocupados gran parte del año en transportar sobre las turbulentas aguas del río, las enormes «manadas» de troncos ya pelados haciéndoles llegar hasta las zonas mansas de Aranjuez y Toledo, lo que siempre se llamó las «maderadas». Estos «gancheros» llevaban una vida dura, trashumante, pero conocían palmo a palmo el río y sus orillas. Ellos fueron los pioneros de este Alto Tajo en su dimensión viajera.

Hoy se ha perdido ya este modo de transporte maderero. El medio socio-económico de la zona ha decaído a niveles alarmantes de despoblación, apareciendo muchos campos yermos. Solamente se siguen cuidando los bosques, sobre los que ejerce una especial tutela el Estado, y con la declaración de Parque Natural de todo el territorio, las posibilidades de desarrollo, en el orden turístico, se vislumbran en cierto grado optimistas, pero en todo caso para muy escaso núcleo poblacional. La regresión de la zona parece ser, de todos modos, irreversible.

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