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noviembre 27th, 1982:

Una visita a Villacadima

Portada de la iglesia románica de Villacadima (Guadalajara)

 

En estos días se pone, una vez más, de actualidad el recóndito enclave serrano de Villacadima, ya en el límite entre las provincias de Guadalajara, Soria y Segovia, por razón del posible traslado de su iglesia parroquial, monumento nacional, desde aquella altura fría y solitaria hasta la capital de la provincia. Como siempre que esta noticia ha saltado a los medios informativos, la polémica se levanta. Trasladar un monumento del lugar para el que fue construido es siempre algo muy delicado, necesitado de razones de gran peso, y, cuando además está declarado Monumento Nacional, precisa de la autorización de las autoridades culturales que desde la Dirección General de Bellas Artes cuidan y pastorean el nutrido grupo de los monumentos singulares de España. 

Hemos viajado nuevamente hasta Villacadima, y de nuestra visita hemos tomado algunas notas que pueden servir para que otros nos sigan, para que este bello lugar de la serranía atencina sea mejor conocido, y el valor de su caserío y de su iglesia parroquial gane puntos en el corazón de muchos. 

Entre unos suaves repliegues de la paramera que bordea por el sur a la Sierra Pela, se encuentra este pueblo, hoy deshabitado durante el invierno, aunque en el verano acuden gentes a pasar las épocas de buena temperatura. Por su nombre, sugiere la presencia de árabes o mudéjares que, de todos modos, constatan su antigua presencia en la ornamentación de su iglesia parroquial. Desde la Reconquista perteneció al Común de Villa y Tierra de Ayllón, siguiendo las vicisitudes históricas de esa comarca castellana, comprendida en el sexmo de la Transierra, junto a Cantalojas, Majaelrayo y Campillo de Ranas

Abundan en su caserío, progresivamente deteriorado por el abandono, los buenos ejemplares de casas y corrales de fuerte sillarejo, con grandes dinteles y detalles interesantes de arquitectura popular. A la salida del pueblo en dirección a Ayllón se encuentra una gran fuente de sillería muy interesante. Aún se ve un edificio de grandes proporciones con esquinas y bordes de vanos construidos con bien tallado sillar. 

De todos modos, lo que atrae la atención del visitante es la iglesia parroquial, magnífico ejemplo de la arquitectura religiosa románica rural. Se rodea por el sur con un salón o prado delimitado de barbacana de piedra, y un ingreso a poniente que consta de arco semicircular entre jambas y rematado en cruz. Otro ingreso similar tenia a levante, pero ya está hundido. Sobre el muro de poniente de la iglesia se alza la espadaña, obra reformada en el siglo XVI, así como la torre, pero que aún denota por sus cegados arcos la existencia de otra espadaña más humilde, pero primitiva del XII. El ábside es también obra del XVI, lo mismo que el ensanche que sufrió la iglesia haciéndose de tres naves. 

Lo más antiguo e interesante es la portada, que consta de varias arquivoltas semicirculares en degradación, incluidas en un cuerpo saliente. Hay en total cuatro arquivoltas; la más externa muestra decoración vegetal entrelazada; los dos siguientes baquetones lisos, y la interna con decoración geométrica en zig­zag. Estas arquivoltas cargan sobre una imposta con decoración también geométrica, que a su vez apoyan sobre tres columnas a cada lado, cada una coronada con su respectivo capitel de sencilla ornamentación vegetal. El interior de este arco lo forma el semicircular dintel, realizado a base de curiosas dovelas con dentellones, cada una albergando un tallado adorno vegetal. Carga este dintel sobre sendas jambas estriadas que dan paso a la puerta, y en su remate superior se prolongan hacia el vano, de modo que confieren al conjunto de la portada un cierto aire de arco en herradura. El alero que cobija a la puerta se sostiene por variados canecillos tallados en los que aparecen curiosos temas. 

El conjunto de esta puerta, que guarda un gran parecido con las dos portadas de la iglesia de Campisábalos, y es obra del mismo grupo de artistas, denota la actividad de una escuela románica de filiación mudéjar, en el siglo XII. El interior de este templo, hoy lamentablemente invadido, destrozado y aun profanado en sus tumbas del suelo, fue riquísimo en obras de arte, todas ellas recogidas por el obispado para su exposición y custodia en el Museo Diocesano de Arte Antiguo de Sigüenza. Aún recuerdo haber visto el gran retablo mayor dedicado a San Pedro, obra singular renacentista; la talla románica de la Virgen del campo; un grupo de la Piedad en madera sin policromar; un San Sebastián gótico perfecto y muchas otras cosas. 

Tras la visita a la iglesia, el  viajero actual de Villacadima se dedica a dar un paseo por las solitarias callejas del enclave. El frió intenso en estas épocas de año, el viento cortante en las esquinas, es el único habitante aquella altura. El abandono del entorno y el progresivo deterioro de su iglesia han hecho pensar a los responsables del edificio parroquial, que como digo es además Monumento Nacional, en desmontarlo y trasladarlo a Guadalajara, con objeto de su conservación más cuidada. Si los responsables de esta iglesia lo hubieran sido auténticamente, hubieran evitado en su día que llegara a tanto la ruina del templo. Todo hundimiento empieza siempre de la misma forma: una teja que se rompe y se desplaza de su sitio. De ahí viene la gotera, y de ella la ruina de una techumbre, el desmantelamiento total de un edificio. Si se hubiera repuesto la teja en su día, Villacadima tendría ahora una iglesia perfectamente conservada. 

Por otra parte, un monumento arqueológico, románico o del estilo que sea supone algo bastante más, que su simple silueta e imagen. No es superponible un edificio y su fotografía. Quiero decir que un monumento solo lo es tal contemplado y considerado en el lugar donde nació y para el que fue hecho. Si la iglesia de Villacadima se traslada a Guadalajara, a adornar su presencia un parque, una plaza o una avenida, lo mismo daría que ese adorno se hiciera  con cartón o plástico. Se pondría la imagen y el volumen de un templo, pero nunca la razón última del edificio, su sentido radical de templo rural, su signo equilibrado de representación de un tiempo, de unos hombres, de unas intenciones. 

Quizás sean estas razones un  tanto filosóficas y arcanas, pero si está claro que, en todo caso, y  salvo razones de tipo radical (un pantano que cubriera el edificio, o cualquier otra que supusiera su segura desaparición total) un monumento nunca debe trasladado del lugar para el que fue construido. En todo caso, y puesto que no se remedió la ruina cuando aún era pequeña, sólo cabe restaurar y proteger el edificio en su auténtico entorno. Si se consumara el traslado, el románico de Guadalajara sufriría una grave alteración en su conjunto que ni merece ni hoy está justificada.