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noviembre 20th, 1982:

Albendiego y Pinilla, dos cumbres del románico en Guadalajara

En el rosetón central del ábside de la iglesia de Santa Coloma en Albendiego, se ve inscrita y tallada la cruz de San Juan.

 

Se celebra en estos días, en las localidades de Azuqueca y Jadraque, y patrocinado por el Ministerio de Cultura, un doble intento de trasladar a un público amplio el mensaje de la historia, la literatura, el arte y la vida del período que hemos llamado «Románico», esto es, el correspondiente a la Baja Edad Media, época de un especial empuje de la humanidad. 

A ese período de nuestra historia pertenecen muchos edificios aún vivos de nuestra tierra. Especialmente muchas iglesias parroquiales, algunas ermitas, ciertos puentes. En esos monumentos podemos todavía leer el mensaje que esa Edad Media quiso transmitirnos. Y en esos edificios, en la forma en que los admiremos y conservemos, se reflejará nuestra actitud del humanismo, de perenne renacimiento. 

Del románico de Guadalajara, tema que en dichas jornadas me he encargado de dar a conocer por medio de la imagen y la palabra, hay especialmente un par de «cumbres» o edificios cimeros que hoy quisiera para todos recordar. Además porque ambos monumentos presentan en cierto modo un sello de actualidad, por cuanto en ellos se han realizado o se están realizando obras de restauración. 

Es la primera de estas obras la iglesia de Santa Colomba en Albendiego, aislada del pueblo junto al río Bornoba, y recientemente restaurada, en su propio edificio y en todo su entorno, gracias a las efectivas gestiones de José María Bris, siempre interesado en torno al fenómeno cultural y al patrimonio histórico artístico de nuestra tierra. Para cuantos quieran, en próximo viaje de fin de semana, conocer «in situ» esta maravilla medieval, aquí va su descripción. 

Fue levantado el edificio a finales del siglo XII, por parte de unos monjes canónigos de San Agustín allí instalados desde poco antes. Vemos hoy que de lo primitivo queda la cabecera del templo, magnífico conjunto de ábside y dos absidiolos. El ábside principal, que traduce al exterior el presbiterio y ábside interno, es semicircular, aunque con planta que tiende a lo poligonal, y divide su superficie en cinco tramos por cuatro haces de columnillas adosadas, que hubieran rematado en capiteles si la obra hubiera sido terminada completamente. En los tres tramos centrales de este ábside aparecen sendos ventanales, abocinados, con derrame interior y exterior, formados por arcos de medio punto en degradación, de gruesas molduras lisas que descansan sobre cinco columnillas a cada lado, de basas áticas y capiteles foliáceos. Estas ventanas se ocupan, al centro, por unas caladas celosías de piedra tallada, que ofrecen magníficos dibujos y composiciones geométricas de raíz mudéjar, tres en la ventana de la derecha, cuatro en la central, una sola en la izquierda, pues las otras dos  que la completaban fueron destruidas. Estos detalles ornamentales mudéjares  de la iglesia de Albendiego, bien conservados, demuestran el entronque con lo oriental que tiene el románico castellano. 

Centrando cada dibujo, se aprecia una cruz de ocho puntas, propia de la Orden militar de San Juan. El resto de la cabecera del templo ofrece a ambos lados de este ábside sendos absidiolos de planta cuadrada, en cuyos muros de bien tallada sillería aparecen ventanales consistentes en óculos moldurados con calada celosía central, también con composición geométrica de ocho puntas, escoltándose de un par de columnillas con basa y capitel foliáceo, y cobijados por arco angrelado, cuyo muñón central ofrece en sus caras laterales una bella talla con la exalfa o estrella que llaman «sello de Salomón», lo que viene a insistir en el carácter oriental de los autores de este edificio. 

El interior ha sido también reconstruido y limpio, recuperando la grandiosidad que ofrece, especialmente en la cabecera, ocupada por presbiterio amplio rematado en ábside y dos capillas laterales de ambiente medieval perfectamente conservado, en las que una luz dorada que atraviesa el tamiz de los ventanales, apenas deja adivinar las severas líneas románicas de los foliados capiteles del interior. 

El otro monumento cumbre del románico de nuestra tierra es la iglesia parroquial de Pinilla de Jadraque. Es obra también de finales del siglo XII o comienzos del XIII, y ha estado durante los últimos años a punto de derrumbarse por diversos problemas de grietas que, tras numerosas llamadas realizadas a la Administración y la efectiva intervención de José María Bris, se ha conseguido que ya se haya iniciado el proceso de restauración que ha de salvar a este monumento de su ruina. 

El viajero que hasta él se desplace, río Cañamares arriba, podrá admirar en la distancia su gran espadaña de cuatro vanos, su atrio espléndido que a lo largo de dos costados muestra arcos semicirculares con capiteles que cargan sobre columnas pareadas, así como la portada principal del templo, con varias arquivoltas de arista viva y moldura exterior jaquelada. De los capiteles de la galería porticada, hay algunos que merecen especial examen. Uno de ellos presenta una curiosa colección de figuras mitológicas de difícil interpretación, aunque de muy clásica raigambre en los monumentos románicos del norte español. Influencias navarras y catalanas se pueden marcar en él, y más directamente de las iglesias de San Miguel y El Rivero en San Esteban de Gormaz, donde se aprecian figuras en grupo similares a estas. Se trata de un anciano, barbado y con turbante, con sendas colas de pez en lugar de sus piernas, que sujeta con ambas otros peces a los que se agarran también unas figuras femeninas que aparecen a su lado, las cuales tienen a su vez un pez en cada mano, formando una alucinante cadena de seres humanos y acuáticos. 

Otro de los capiteles de Pinilla de Jadraque, tallado en sus cuatro caras, está dedicado a diversas representaciones de la vida y simbología de Cristo. Una figura que es sumergida en piscina (¿el Bautismo?). Cristo rodeado de los símbolos de los evangelistas, tres Reyes Magos y el Calvario son temas tratados con gran verismo y sencillez a un mismo tiempo. Todo ello, y muchos otros detalles confieren a este monumento románico pre‑serrano un valor paradigmático dentro del contexto de nuestro estilo medieval más representativo. 

En todo caso, estas mal trabadas líneas, que ha querido traer como en resplandor breve y dinámico, la actualidad del arte románico de Guadalajara, buscan concentrar el interés de los alcarreños por su riquísimo patrimonio histórico y artístico, que en todo caso, y a pesar de cualesquiera avatares, hemos de continuar defendiendo y admirando.