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Notas sobre Luís de Lucena (y II)

 

Veíamos en la pasada semana algunas notas de reciente adquisición, a través de nuestras investigaciones en los archivos de Guadalajara, sobre la figura del humanista alcarreño Luís de Lucena, que ocupó con su interesante figura buena parte del siglo XVI. Vimos, pues, su nacimiento en Guadalajara, la formación de su familia de intelectuales y médicos y su oficio de médico‑arquitecto‑arqueólogo. Seguiremos ahora dando algunas nuevas notas que completen su peripecia biográfica, esta vez en la vertiente de su exilio por Italia.

No fue la dulce Francia, tras sus estudios de Medicina en Montpellier y su ejercicio profesional en Toulouse, el destino último de nuestro personaje, sino los más equilibrados confines de la península itálica, en donde radicó dos largas temporadas de su vida, la última de ellas. Y definitiva, desde 1540 a 1552, año de su muerte. Es la época de los grandes pontífices humanistas, pasado el tumulto de Julio II y sus choques apasionados con Miguel Ángel, vienen al solio los más mesurados Médicis, León X y Clemente VII, este último, Julio, muerto en 1534. Son luego Paulo III, el romano Alejandro Farnesio y Julio III, Juan María Ciocchi, los que gobernarán a la Ciudad Eterna y sus grandes Estados durante la estancia en ellos de Luís de Lucena. En esa época culmina la actividad de academias particulares, regidas y protegidas por grandes mecenas, generalmente eclesiásticos. A la grande reunión del Cardenal Colonna fue a la que solía acudir Lucena en Roma, y allí compartir estudios y esperanzas, abrir nuevos caminos al saber y lanzar preguntas repetidas sobre el mundo, con otros humanistas españoles.

De las relaciones que el doctor Luís de Lucena tuvo en Roma podemos colegir la importancia de este compatriota en el ancho campo de la general sabiduría. Las citas que de él dieron unos y otros en sus libros permiten considerar el rango de actividad y dignidad alcanzado por este hombre. Con Páez de Castro, el humanista que en el pueblo de Quer vio la primera luz y allí, entre libros, códices y reales crónicas dejó la vida, tuvo gran amistad Lucena en la capital romana. Decía Páez que con él «tenía mucha conversación» y le profesaba un gran afecto. Y aun nos revela el historiador alcarreño, en las cartas a Zurita, un dato misterioso y hasta ahora poco tenido en cuenta relativo a la personalidad de Lucena: – Del doctor Lucena -dice Páez-tengo entendido es aficionado a secretos naturales». Por ahí le vemos va como un preocupado del espíritu, ¿quizás en los predios de la parasicología? Indudablemente, no como alquimista, dado el sentido humanista y radical de su vida.

Con el también español Juan Ginés de Sepúlveda tuvo gran amistad el alcarreño: en 1549, don Luís escribió a Juan Ginés, celebrando la intención de este último de ir a Roma, «donde-dice Lucena-es tan grande el comercio intelectual y hasta las murallas y las ruinas son escuela de erudición».

Con el erudito don Diego de Neila trabajó también, llevando en común la tarea de corregir y editar el Breviario del Cardenal Quiñones encargo hecho por Clemente VII, y que no llegó a publicar hasta el pontificado de Paulo III.

De otros eruditos hispanos que en Roma amistaban con Lucena nos quedan noticias en el testamento que redactó pocos días antes de su muerte. Con Ginés de Reina Lugo con Francisco de Juan Pérez, con Diego Ruiz Rubiano y Juan Bautista Otonel de Gerona tuvo relaciones. La mezcla que con ellos se hacen otros nombres europeos, especialmente flamencos, nos llevan a pensar en un cierto grado de inclinación hacia algunas de las directrices religiosas y de pensamiento que tan en boga estaban durante aquellas fechas.

Sabido es que el reinado de Carlos V es, no sólo en el plano grandilocuente de las Dietas y los choques contra luteranos, sino en el soterrado de los alumbrados, erasmistas y otras sectas, un auténtico hervidero de disidentes reformistas, en cuyo papel no me es difícil ver a Luís de Lucena. Sabido de todos es que la corte de los Mendoza, en Guadalajara y Pastrana, fue el nú­cleo más numeroso de estos preocupados del espíritu, y que hacia 1520­1525 la Santa Inquisición comenzó a hacer la limpia de todos ellos.

¿No es por entonces cuando nuestro doctor Lucena se va a Francia (escribe el libro en 1523) y luego a Roma? Es éste un camino de interpretación de Lucena que aquí apunto y que convendrá todavía examinar y revisar más a fondo.

Antes de marcharse al extranjero, Lucena se dedicó a recorrer España en busca de antigüedades romanas. El Renacimiento, el afán de vuelta a lo antiguo, apunta uno de sus objetivos de sabiduría al conocimiento de la epigrafía griega y romana.

Cada piedra hallada, con cuatro letras dispersas y medio borrosas que tuviera, ya se consideraba un importante objeto de estudio. Don Luís buscó en los lugares de positivo interés arqueológico, desenterró lápidas y copió sus inscripciones. Formó luego un pequeño tomo con ella, y se las llevó a Italia, donde dio forma a su estudio, que tituló «Inscriptiones aliquot collectae ex ipsis Saxis a Ludovico Lucena, Hispano Medico» y que en 1546 ingreso en los archivos del Vaticano, de donde, a fines del siglo XVIII, fue copiado por don Francisco Cerdá y Rico, y llevada la copia a la Academia de la Historia de Madrid. En esta actividad de erudito arqueólogo le menciona Ambrosio de Morales, en sus «Antigüedades de España». Y como arquitecto y entendido en el arte de las construcciones, a Lucena le alaban algunos afamados autores italianos. Ignacio Danti y Guillermo Philandrier eran, con él, pertenecientes a la Academia Colonan, y este último, en sus «Annotationes in Vitrubium», señala a Luís de Lucena como «el más perito censor de sus trabajos». De su quehacer constructivo nos dejó una joya exquisita: la capilla de Ntra. Sra. de los Ángeles, aneja a la iglesia parroquial de San Miguel, en la ciudad de Guadalajara. Capilla que fue lo único que ha sobrevivido de dicho templo y que hoy se la conoce con el nombre de su fundador y constructor.

Pero aún nos queda mencionar la faceta, quizás menos trascendente, pero que también le dio gran fama, de médico en la corte vaticana. Fue uno de los médicos del pontífice Julio III. Y de don Antonio de Agustín, otro español en Roma, nos llegó la anécdota, que pone en la obra «De libris quibusdam hispanorum variorum» Ignacio de Asso, de cómo Lucena le dio un sabio y efectivo remedio contra el dolor de muelas. De su testamento fue albacea el conocido médico doctor Juan de Valverde que publicó algunas obras de Medicina en París y Roma. Como se puede apreciar, es notable el ambiente de exilio en el que Lucena se desenvuelve, lo que puede explicarse por el afán de saber de todos estos españoles, que les lleva a quedarse a vivir en Roma y en otros lugares de Europa o no sólo por ello, sino que corren otros aires de heterodoxia por bajo de es­ta actitud de pulcro humanismo.

Murió Lucena en agosto de 1552, en la casa donde había vivido situada en la puerta Leonina, por el Campo Marcio. Fue enterrado en la iglesia de Nuestra Señora del Pópulo en Roma, y a Pesar de lo dispuesto al inicio de su testamento, en el que desea ser enterrado en su capilla de Guadalajara, el hecho es que los huesos del doctor Lucena se quedaron para siempre en Italia. El amor a su tierra chica, a sus gentes, a sus familiares y amigos, en un apego exquisito por cuanto constituía su raíz vital, quedó bien patente en el testamento que, aunque firmado el 5 de agosto, pocos días antes de morir, debía tener ya muy preparado ­meticulosamente dispuesto. En él instituye una biblioteca pública en Guadalajara, quizás la Primera que hubo en España, a situar en el piso alto de la capilla de Ntra. Sra. de los Ángeles, que él previamente había diseñado y mandado construir.

Y éstas son algunas de las notas que en esta ocasión, y un tanto superficialmente, hemos hilvanado como apunte para una definitiva y más consistente biografía de Luís de Lucena, cuya figura, de todos modos, posee una luminosidad y una atracción indiscutible entre el conjunto de alcarreños ilustres de todos los tiempos.

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