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junio 14th, 1980:

El palacio del Infantado cumple 500 años

 

En una tierra como la nuestra la alcarreña, tan densa de historias y aconteceres, cada año tiene su señalado aniversario, su tiempo justo y cumplido de recuerdos. Una batalla, un personaje, un edificio: cada cual su cumpleaños, su cumplesiglos, mejor dicho. Y conviene de vez en cuando traer a la memoria de las gentes estas cosas que ven su tiempo puntualmente encuadrado.

Alguna de estas cosas que cumplen aniversarios, las tenemos vistas y oídas de continuo. Las tenemos celebradas cada día, y por ello es casi superfluo querer acentuar su encomio. Pero de una de ellas no puede pasar este año sin que, al menos, se le dedique un expreso recuerdo. Es ello el quinto centenario (bonita cifra: 500 años justos) del palacio del Infantado. Ya reedificado, restaurado, utilizado (en menor medida de lo que todos quisiéramos) por la ciudad, el palacio de los Mendoza ha cambiado su uso y destino. De asiento brillante de una casta social, vino a ser cobijo comunitario de la ciudad en sus actos culturales, en su biblioteca, en su Museo… Pero el cariño que todos los arriacenses tuvieron-siempre, a lo largo de los siglos-por esta monumental casona, se ha mantenido vigente hasta hoy. Ella es el símbolo de nuestra ciudad. Y es lógico que la ciudad lo conmemore, de alguna manera. Que le digamos al edificio que sí, que es nuestro, que le queremos de veras. Que en esta ocasión se lo manifestamos especialmente.

Una fecha, pues, a la que trasladarnos: 1480. Sabido de todos es que el marqués de Santillana, don Iñigo López de Mendoza, guerrero, político y poeta, encumbrado personaje de la corte de Juan II y Enrique IV de Castilla, eligió Guadalajara para vivir, y aquí murió. Edificó un palacio fuerte, aunque no hermoso, en zona próxima a las murallas, orientado cerca del alcázar que, si no suyo, sí tenía por misión defender y controlar. Sería su nieto, también llamado Iñigo López de Mendoza, segundo duque del Infantado, quien acometería la empresa de derribar el viejo palacio mendocino y levantar uno nuevo, lujoso y espléndido, cual es el que ha llegado hasta nuestros días. Aunque no existe un documento concreto que diga que fue en 1480 cuando comenzó a levantarse el palacio, sí hay diversos datos e indicios que nos lo indican. Uno de ellos es la fecha de 1479, en que murió don Diego Hurtado de Mendoza, primer duque del Infantado, quien, aparte de asistir a todas las campañas guerreras de los Reyes Católicos había dejado un tanto de lado su residencia alcarreña para afincarse en el castillo‑palacio de Manzanares, donde Juan Guas, su arquitecto preferido, puso la galanura gótica en patio, galerías y salones. El hijo de don Diego, ya segundo duque en 1480, decidió derribar las casas viejas de sus mayores y levantar unas nuevas, magníficas y brillantes, que acrecentaran su gloria y la de sus antepasados. Llamó también a Juan Guas para que dirigiera la empresa. Fue ese año sin duda, el que se inició obra y eternidad: así lo decía, también, la leyenda que circuye la puerta principal de entrada al palacio, en letra gótica, y que en el siglo XVIII aún alcanzó a leer don Pedro Alcántara de Toledo, marqués de Távara, quien en su manuscrito inédito titulado «Linaje de Mendoza», conservado en la sección de Manuscritos de la Biblioteca Nacional, dice que fue el año 1480 en que se comenzó a levantar el palacio, terminándose en ese mismo año la fachada magnífica (en la que los estilos mudéjar y gótico se entremezclan). Poco después, en 1483, estaba también terminado el «patio de los Leones» y todo el cuerpo palaciego que le rodea. Esa fecha esta confirmada en la larga leyenda que, entre leones y grifos, escudos y jaqueles, corre a lo largo de las arcadas bajas del mismo. En esa leyenda figura el año 1483 como el de terminación del patio por Juan Guas y Enrique Egas. Cronología que se confirma, también, por el hecho de que estos artistas están trabajando ya, en 1484 en la catedral de Toledo y otros edificios de la ciudad imperial. En el perdido artesonado del «salón de linajes», del que no han quedado estudios concretos ni fotografías completas, existía al parecer una leyenda que decía haber sido el año 1482 cuando se terminó el palacio. Podrían ser consideraciones variables (la fachada, el patio, los muros) lo que hacían variar estas fechas, pero unos y otros datos vienen a centrar muy bien una época, corta y fructífera, en que nuestro Palacio del Infantado nació a la historia del arte: 1480­1483 son las fechas límites del parto arquitectónico. Ya en 1484 estaban viviendo sus señores en él. Doña Juana Pimentel, viuda de Álvaro de Luna, y suegra del duque constructor, fechó su testamento en julio de 1484, y consta expresamente haberlo hecho en las nuevas casas de su yerno, don Iñigo. Por supuesto que las obras del palacio continuaron en mil detalles: decoración de los salones con artesonados y tapices, con muebles y telas; construcción de la galería sur; puesta a punto de los jardines moriscos, etc.

Otra fecha auténtica es la de 1487, en que consta que los Reyes Católicos, doña Isabel de Castilla y don Fernando de Aragón, estuvieron alojados unos días en esta casona, cuando en compañía de su canciller, el Cardenal Mendoza, tío del duque constructor, viajaban hacia Aragón con su corte itinerante. Otros viajeros, españoles y europeos, hicieron constar en sus escritos y relaciones como a finales del siglo XV ya era proverbial y conocido el moderno y sorprendente palacio que el duque del Infantado había construido en la ciudad de Guadalajara. Será en julio de 1500 cuando muere, entre sus muros, el constructor de tan alta maravilla.

Ahora que llegamos, tras tantas vicisitudes, a cumplir los cinco siglos exactos del inicio de este palacio, parece que algo nos llama a conmemorarlo de una manera especial. Desde estas páginas, atentas siempre a rememorar nuestro pasado, era obligado mencionar el hecho, señalar la efemérides. Pero quizás sería conveniente hacer algo más. El Ayuntamiento de la ciudad, el Ministerio de Cultura, las propias instituciones culturales que en su edificio tienen cabida (Biblioteca y Museo provinciales) están obligados a honrar este palacio, a decirle -aunque sea con brevedad y sin demasiado boato innecesario-que sigue siendo símbolo y cumbre de la ciudad de Guadalajara, que por él, gracias a él, Guadalajara aún tiene un aire y un perfil de gótica añoranza, de paso renacentista, de Mendocino y poético cristal.

Si no hay tarta, ni velas, por lo menos que tenga este palacio un recuerdo y una sonrisa de nuestra parte, de parte de todos los que ahora, en 1980, sabemos que es su «cumplesiglos» y le queremos.