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noviembre 21st, 1979:

Breve apunte histórico de Molina

 

Situado en las altas parameras de las sierras ibéricas, que dan aguas a las cuencas del Tajo y Ebro, usando así del privilegio de ser la tierra o comarca habitada más elevada de España, el Señorío de Molina se asienta sobre una geografía inhóspita, de clima extremado, de escasa producción agrícola, de bosques antaño abundantísimos y hoy esquilmados, y sobre unas áridas parameras que se contienen entre las cuatro paredes de Sierra Menera, Sierra Molina, Aragoncillo y serranías del Ducado. Un sol de justicia en el verano, o un cierzo helado y sutil en el invierno le confieren una luz una anchura de horizontes, una palabra de altura inigualable. Los escasos habitantes que allí quedan son valientes herederos de un pueblo sacrificado y muy trabajador, que supo arrebatar a la remisa tierra los frutos más difíciles. Es este territorio hispano, recóndito, lejano, silencioso y hermosísimo, lo que el viajero se dispone con un bagaje de pasión y esfuerzo, a conocer con detalle. Su historia densa, sus paisajes múltiples, su folclore rico, sus monumentos irrepetibles, saldrán al paso en cada esquina. Es necesario antes, como una guía breve, concisa, escueta, pararse ante los límites de esta tierra y, en tono monocorde, recordar en breve apunte, la historia dé este solar y sus paredes.

Diversos pueblos celtas asentaron en su territorio, habiendo quedado leves rastros (necrópolis, restos de poblados, toponimia) de su paso. Luego fue muy breve y tímida la romanización de estas alturas, y de la época árabe sabemos que algunos jerarcas y jerarquillos moros tuvieron alcázar en Molina y, quizás, en otros pequeños asentamientos de la tierra. Todo ello breve y sin importancia. La leyenda dice que Abengalvón, rey moro de Molina, atendió y hospedó al Cid Campeador y a su familia en las ocasiones que cruzaron (de Castilla a Valencia) este territorio.

Fue en 1129 que quedó definitivamente incorporado a los distritos de los reinos cristianos, siendo expulsada la morisma para siempre. ¿Castilla o Aragón sus primeros conquistadores?

Quizás ninguno de ellos, sino un aventurero con valor y estirpe: don Manrrique de Lara, alto dignatario en la corte de Alfonso VII de Castilla, quien en calidad de señor feudal del territorio se erigió en Conde y primer Señor de Molina. El fue quien limpió el terreno de la poca habitación árabe que tenía por limpiar. El fue quien, sobre un habitáculo anchísimo y vacío puso gentes, castellanos viejos, de Vizcaya y León; de las tierras de Lara en Burgos; del valle de Mena; de la Galia Narbonense; de Rioja y Castilla la Vieja. El fue quien comenzó a levantar la nueva ciudad de Molina, su alcázar imponente sobre la roca dominando el manso vallejo del río Gallo; él fue, en definitiva, quien en 1154, al conceder y rubricar el Fuero para la Villa y Tierra de Molina, puso las bases del engrandecimiento posterior, de su autonomía y gobierno tan peculiar. Don Manrique, primer señor, primer legislador. De su mano surgió la más vieja piedra, el más antiguo plano y corazón de esta tierra.

El señorío, independiente, y con carácter de behetría, que creó en Molina, fue heredado por su hijo don Pedro Manrrique de Lara. Decía el Fuero que el pueblo mismo había de elegir a su señor, siempre que lo hiciera entre miembros de la familia fundadora. Así fue y el tercer señor, hijo del anterior, fue don Gonzalo Pérez de Lara, quien se ocupó en engrandecer el Señorío, levantando iglesias, palacios y completando el sistema de distribución de tierras entre todos aquellos colonos y pobladores que desde el norte de la Península venían a ocupar este territorio difícil pero prometedor.

Ya en tiempos de este tercer señor surgieron problemas con el Rey de Castilla, de quien teóricamente el Lara era un vasallo, aunque poderosísimo. Quizás algunos actos de desacato o simple encono cabezota de los que tanto se daban entre los señores feudales y el monarca, hizo que don Fernando III Rey de Castilla se acercara en son de guerra al Señorío molinés, y en 1222 cercara a don Gonzalo Pérez, que hubo de resguardarse en su castillo, -fortísimo- de Zafra, entre Hombrados, Cubillejo y Campillo. El cerco guerrero cesó pocos días después, concertándose las paces («la concordia de Zafra») de tal modo que la hija del molinés, doña Mafalda, a la que no correspondía su herencia por línea normal, se casó con don Alfonso hermano del rey. De este modo aunque Molina siguió en calidad de Señorío independiente sus señores quedaban fuertemente ligados por multitud de intereses, e incluso de lazos familiares con la corona castellana. Esté cuarto señor, don Alfonso Infante de Molina, fue bravo guerrero y Capitán General de los ejércitos castellanos, siendo caballero destacado de la Orden calatrava, pasando sus días en continua pelea de reconquista frente a los moros, ayudando a la corona en sus campañas andaluzas.

Quinta señora, hija del anterior, fue la renombrada doña Blanca de Molina, mujer en la que según los cronistas recayeron todas las virtudes que la raza atesora, pues era bella, valerosa, enérgica, amable, inteligente y sufrida. Levantó iglesias, fundó monasterios, formó su Cabildo o Compañía de Caballeros, repobló zonas del sur del Señorío perfeccionó su alcázar molinés, y dejó un testamento que es modelo de sabiduría y ejemplo de magnanimidad señorial. Heredó el Señoría su hermana doña María de Molina, quien al casar con rey don Sancho IV de Castilla, transmitió el territorio y su cabeza rectora al monarca. Entró así,-era el año 1293-el Señorío de Molina en la nómina de nobles títulos del Rey de Castilla, en cuyo cómputo aún hoy permanece.

Zona de guerras, en la Baja Edad Media, entre Aragón y Castilla, el fratricida de Montiel, don Enrique II de Castilla, como señor y dueño de Molina, la entregó en regalo al general o aventurero francés que tanto le había ayudado: Beltrán Duguesclin; pero como esta donación comportaba la retirada del Fuero y el cambio de señor no aprobado por el Común de la Villa y Tierra de Molina, sus gentes se levantaron en armas decidiendo finalmente, en 1366 entregarse al Rey de Aragón don Pedro IV quien aceptó en 1369. Nuevas guerras de Aragón contra Castilla, y los molineses, como siempre, justamente en el centro de las desavenencias. La paz llegó en 1375, cuando el infante don Juan, hijo del Rey de Castilla, casó con doña Leonor, infanta de Aragón, entregando esta como dote a su marido el Señorío molinés. Aunque solamente seis años permaneció esta tierra en poder del reino aragonés, su sobrenombre no abandonó ya nunca, y así hoy es el que conserva.

Otra vez, ya en el siglo XV, un rey castellano (Enrique IV) entregará al Señorío de Molina a un magnate de su Corte: el favorito don Beltrán de la Cueva. Por no saber de Historia, el monarca sufrió un nuevo descalabro, pues el territorio entero se levantó en armas, protestando por ese «toma y daca» con que el Rey quería entretener sus ocios y sus necesidades de pago a quien le dirigía la voluntad y el reino. Vuelto el Señorío a la corona castellana, tras una guerra heroica y empañada de sus gentes, los molineses obtuvieron de la reina Isabel la Católica la promesa y el privilegio de que ya nunca más el Señorío sería apartado del reino castellano, como así ha sido.

A partir de entonces, comienzos del siglo XVI, comenzó el auténtico crecimiento de riqueza de esta comarca impar. Un auge increíble de sus reservas ganaderas, una explotación racional de su riqueza forestal y agrícola, hizo que la inmigración especialmente de las entonces empobrecidas tierras vasco‑navarras fuera muy intensa, ganando el Señorío molinés en habitantes, en fortuna y en prosperidad.

Tres instituciones reveladoras marcaron en muchos momentos el rumbo histórico del Señorío. Tres instituciones creadas al unísono del territorio, al amparo de su Fuero, en los años claves de su propia soberanía: el Común de Villa y Tierra de Molina, el Cabildo de Caballeros de doña Blanca, y el Cabildo Eclesiástico molinés: sus hombres dotados siempre de un talante democrático, honrado, valiente y esforzado, marcaron el rumbo de esta tierra impar y magnífica.

En ocasiones posteriores este mismo pueblo tuvo que demostrar su carácter de bravura y su ansia de libertad. En 1811 aguantó la ciudad de Molina un terrible ataque de las tropas napoleónicas, que dejaron reducido el burgo a casi sólo cenizas. El año siguiente, cuando en Cádiz surgía la primera Constitución española, los diputados de Molina hacían sonar su voz de infatigable deseo de autonomía y libertad. Incorporada al territorio de Cuenca, fue luego reconocido el Señorío como por de la provincia de Guadalajara, pasando finalmente a ser incluido dentro de esta demarcación geográfico administrativa. Modernamente se han hecho intentos de recuperar, en parte esos ribetes de peculiaridad que, a lo largo de los siglos, han ido conformando el irrenunciable y maravilloso ser del Señorío de Molina.