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Artistas que trabajaron en Molina

Imagen de San Blas en el retablo mayor de la iglesia de Milmarcos

Cuando el viajero recorre los pueblos del Señorío y va buscando sus más notables obras de arte y de pasado: iglesias, fuentes, casonas monumentales, molinos, torres, cuadros y esculturas, queda en muchas ocasiones satisfecho al contemplar obras curiosas y espléndidas. Pero siempre le viene a la imaginación una pregunta: ¿quién hizo esto y en qué siglo remoto? Los nombres de los artistas y artífices que levantaron las iglesias y los palacios molineses, que dibujaron y tallaron sus adornos, han quedado generalmente en el anónimo. Por varias razones; entre ellas, el escaso interés por investigar en los archivos y, también, por las pocas facilidades que para hacer tal se han dado.

En esta tarea, interesante y sugestiva, hemos querido dar unos primeros pasos, y así han ido surgiendo los nombres y las ocupaciones de una abultada serie de artífices que trabajaron en Molina y en su Señorío durante las pasadas centurias. Relación incompleta, fragmentaria, que deberá ser complementada, mejorada y aquilatada por otros, pero que bien quisiera, por una parte, incitar al estudio y profundización en los archivos locales, y, por otra, dar a luz los nombres de unos artistas, artesanos o artífices, como se les prefiera llamar, que en la tierra de Molina dejaron su impronta de trabajo e inspiración.

De los arquitectos, maestros de obras, canteros y alarifes que pasaron por el Señorío, muchos de ellos eran procedentes de la montaña santanderina o del País Vasco. Esto vemos que ocurre, en general, por roda la tierra de Guadalajara y Castilla. Destacan entre ellos los que trabajaron en la iglesia parroquial de Alustante: los canteros Martín y Pedro Vélez, posiblemente hermanos, que diseñaron y ejecutaron la portada y parte de la iglesia de este pueblo, en los años 1542 y 1543. Posteriormente, en 1591, los maestros canteros Juan de Pedredo y Francisco Alonso (este último estante en Molina, pero natural de la villa de Azo, en la merindad de Trasmiera), ejecutaron la capilla o sacristía del crucero en su lado de la epístola, todo ello de sillería y piedra labrada con múltiples adornos renacentistas.

En el lugar de Rueda de la Sierra vemos aparecer a otro maestro de cantería, nombrado Juan Vélez, quien en 1531 se encarga de hacer una magnífica fuente de piedra, con gran pilón y varios adornos, probablemente antecedente de la actual. A fines del mismo siglo, vemos trabajando a un Hernando del Camino en la obra del muro de calicanto para la parte posterior de la iglesia de Cillas. En 1609 es Francisco de Campos, también montañés, maestro cantero y residente en Sigüenza, quien, en compañía de otros artesanos, levanta la gran casona del Cabildo de Clérigos de Molina, en el lugar de Cañizares. Un francés, Pedro de Entrada, hizo en el siglo XVI diversas obras de restauración en la iglesia de San Martín, de la capital del Señorío. También norteño, el maestro cantero Juan de Quirindil se encargó de realizar ampliaciones y parte de la torre de la iglesia de San Gil, la más grande de Molina. Trabajaba en ello el año 1606.

Todavía podemos reseñar a Martín López, maestro alarife, quien en 1749 se encargó de toda la obra de reconstrucción de la bóveda de la iglesia de Rueda. Y aún nos consta el nombre del artífice Lázaro Abánades, quien en 1816 ejecutó la portada del Convento de San Francisco, en Molina.

La nómina de artesanos carpinteros es también amplia y sonora. Uno de los más solicitados por todo el Señorío fue el maestro Sebastián de Zaldívar, quien, en compañía de su suegro, Diego de los Llanos, hacia 1591, levantaron la casa de Martín Vázquez, en Molina, realizando en esos años, entre otras, las obras de las presas de los molinos de la Sierra y los que el Concejo de Taravilla tenía en la ribera del río Cabrillas. También carpintero era Juan de Palacios, que a fines del siglo XVI trabaja en arreglos diversos de la parroquial de Cillas. Norteños también eran Juanes de Basabil, en 1609 vecino de Molina, que se encargó de reparar la ermita de San Juan, en las afueras de la villa capitalina, y también participó activamente en la casa del Cabildo de curas molineses de Cañizares. Juanes de Gorostigui, residente en Molina en 1602, es el constructor de la casona que mandó levantar don Diego Ruiz de Hermosilla.

En el capítulo de los ensambladores y constructores de retablos hemos de destacar los nombres de Miguel Herber, quien en 1754 hizo el retablo mayor de la parroquial de Rueda, por 4.500 reales; Juan de Elgueta, en 1576, hizo el retablo de la ermita de la Virgen de la Soledad, también en Rueda. Del magnífico retablo mayor de la iglesia de Alustante conocemos los autores: el ensamblador Juan de Pinilla y su ayudante Sebastián de Quarte, en la primera mitad del siglo XVII. En dicha obra colaboraron otros artistas, y así podemos recordar, ya entre los escultores y tallistas, a Teodosio Pérez y Rafael Castillejo, ambos de Sigüenza. Otro buen artesano fue Pedro Vinuesa, quien se encargó de la obra de talla del retablo mayor de San Gil, de Molina, hecho a fines del siglo XVI, y que consta era una maravilla, aunque desapareció por completo en el incendio de este templo a comienzos del siglo XX. El maestro escultor Cristóbal de Garay, vecino y residente en Molina, fue el autor del retablo mayor de la iglesia de Chequilla, en 1799. Y entre los escultores que trabajaron en el Señorío no podemos olvidar la figura de Coullaut Valera, que dejó buena prueba de su arte en el busto del capitán Félix Arenas, puesto en 1929 frente al Instituto de Enseñanza Media de Molina.

Pintores y decoradores molineses, y que en esta tierra trabajaron, también conocemos algunos. Gerónimo de Moya y Contreras, vecino de Molina a finales del siglo XVI, realizó un retablo en Tartanedo para la capilla de don Miguel Sánchez. A fines del XVI, colaboró también con su arte pictórico en el retablo de San Gil de Molina el pintor Luís Ugarte. En el mayor de Alustante trabajaron Juan de Lasarte y Bernardino Tollet, este último también dorador y natural de Orihuela del Tremedal, al que vemos trabajando en su faceta, a mediados del siglo XVII, en varios altares de Tartanedo. El retablo de la iglesia de Rueda de la Sierra se encargó de dorarlo, en 1774,

Francisco Sobrino, por 3.604 reales; lo mismo que había hecho, diez años antes, pero solamente con el tabernáculo de dicho retablo, el dorador molinés Juan Hurtado de Mendoza.

Otros muchos artesanos aparecen tras las ajadas hojas de los legajos. Así, revive ahora en nuestra memoria un par de cerrajeros, los hermanos Francisco e Iñigo de Arcos, que trabajaban en Molina en 1591. O el hacedor de yeso de la misma villa, Miguel Pérez, que se ocupaba en tareas constructivas en 1607. O el relojero Fernando Barquinero, quien en 1830 se encargó de arreglar el reloj que años antes había puesto en la torre de la iglesia de Tartanedo.

Un último capítulo reservaremos para los orfebres, esos artífices de lujo y el primor más exquisito, que en los siglos antiguos trabajaron en Molina, o por sus pueblos dejaron distribuida su carga de arte y belleza. La mayoría de los plateros que por tierras del Señorío dejaron su huella eran seguntinos, o aragoneses. He aquí una sucinta relación de los mismos: Pedro de Frías, en la primera mitad del siglo XVI, realizó una cruz parroquial para la iglesia parroquial de Villar de Cobeta, y Martín de Covarrubias, afincado también en Sigüenza, produjo la maravillosa cruz de Alustante, mediado el mismo siglo, y que puede considerarse la joya suprema de la orfebrería en Molina. En esa misma cruz hizo algunas reparaciones, en 1711, Francisco Maldonado. Matías Bayona seguntino también, hizo en el siglo XVII la macolla de la cruz de Setiles, realizando, posteriormente, en 1624 y 1632, respectivamente, un cáliz y una custodia para la parroquia de San Martín, en Molina. Para esa iglesia trabajó en el mismo siglo Diego Caballero, quien en 1636 hizo un vaso dorado para custodia y dos ampollas de plata con destino a la parroquia de Alustante. Alonso de Lezcano, orfebre de Sigüenza, realizó a fines del siglo XVI una custodia para la iglesia parroquial de Villel de Mesa. En Setiles y en la parroquia de San Martín de Molina trabajó objetos de plata Hernando de Oñate, y el zaragozano Miguel Pérez, en 1639, hizo una custodia de plata para la parroquia de Alustante. También el seguntino Juan Sanz trabajó, para la iglesia de San Gil, de Molina, un guión‑incensario en 1653, y a comienzos de esa misma centuria, Juan de Torres trabajó la custodia de plata de dicha iglesia molinesa. Más recientemente, en el siglo XIX, un orfebre catalán, Turquet, construyó la interesante cruz parroquial de Tartanedo.

Esta relación, curiosa, escasa, pero prometedora, de artífices que trabajaron en Molina en los pasados siglos, ha sido posible realizarla tras la consulta de documentación, original e inédita, en los archivos parroquiales de Alustante, Rueda y Tartanedo; en el archivo de la Catedral de Sigüenza y en el Archivo Histórico Provincial de Guadalajara. Ni qué decir tiene que un repaso más amplio a los archivos de todas las parroquias molinesas nos daría la oportunidad de ampliar esta nómina y poder llegar al mejor conocimiento de las gentes y las cosas que han hecho esta tierra a lo largo del tiempo.

Quedará esa tarea para futuras oportunidades.

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