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abril 14th, 1979:

El ancho territorio del Señorío de Molina

 

Cuando se camina por el Señorío de Molina, y se van sucediendo los paisajes a un lado y otro de la trocha, no se cansan los ojos de mirar y de admirar nuevos paisajes. Van surgiendo los campos monótonos de Tortuera o Tartanedo; lanzando su canción pinariega los recovecos de Chequilla y Orea; sorprendiendo con su grandiosidad sin límites las honduras verdes del Alto Tajo; y aún dando sosiego en el ánimo la vega recóndita de Morenilla o el caserío bien plantado de Corduente. Esos paisajes del Señorío molinés, siempre distintos y hermosos, cubren totalmente los 3.350 kilómetros cuadrados de su actual demarcación geográfica, que forma un partido judicial de la provincia de Guadalajara, y que, como en muchas otras demarcaciones territoriales de la región, no se corresponde con los límites históricos de la antigua entidad del Señorío.

Cuando, a principios del siglo XII, el conde don Manrique de Lara recibió del rey de Castilla la facultad de crear un Señorío, para sí y los suyos, en zona árida y muy despoblada, a la raya de Aragón y de territorios aún ocupados por los árabes, el noble castellano se ocupó de marcar con precisión sus límites, para delimitar no sólo el ámbito de su dominio, sino por conocer las posibilidades de poblamiento y los lugares hasta donde se extendería el uso del Fuero que para su tierra concedió él mismo.

Y surgió así el primitivo Señorío de Molina, feudo en behetría de los Lara, que durante casi dos siglos fue gobernado por sus señores independientes, y finalmente recibido en la Corona de Castilla y en ella mantenido como territorio heredado. Cuando don Manrique concede el Fuero a su dominio, en los mediados del siglo XII, inicia así su largo contenido: «Yo Conde don Manrrich fallé un logar desierto mucho antiguo et yo quiero que seya poblado et allí Dios fielmente rogado et loado». Sus fines son repoblar anchos territorios que se hallaban vacíos tras la larga presencia en ellos de los árabes, y ponerlos en la senda del culto cristiano. Las decisiones que después adopta son todas encaminadas, como cualquier código jurídico, a conseguir que la armonía se establezca entre los moradores del territorio, y a que el trabajo y la prosperidad sean sus características más relevantes.

En el antiguo Fuero se señalaban los límites del Señorío de Molina de esta manera: A Tagoenz, a Santa María de Almalaf, a Bestradiel, a Galiel, a Sisemon, a Xarava, a Cemballa, a Cubel, a la laguna de Allucant, al Poyo de Mío Cid, a Penna Palomera, al Puerto de Escoriola, a Casadón, a Ademuz, a Cebriel, a la laguna de Bernaldet, a Huelamo, a los Casares de García Ramírez, a los Almallones. Sobre esta relación, el historiador molinés Sánchez Portocarrero hace algunos comentarios explicativos, un tanto fantasiosos, aunque no puede ser de otro modo, dado que la mayoría de los nombres citados en esa relación han sufrido tales variaciones desde el siglo XII que hoy son ya desconocidos.

Lo indudable es que, en un principio, el Señorío tuvo una extensión mucho mayor que la actual, y que en líneas generales podemos delimitar con bastante aproximación. Su límite norte es bastante claro: subía desde el río Tajo, donde hoy se encuentra todavía el paso y puente de la Taguenza, hacia Selas, Turmiel, siguiendo el valle del río Mesa y llegando hasta Sisamón, en la actual provincia de Zaragoza. El límite oriental quedaba marcado y hoy reconocible por varios pueblos, como son el ya mencionado Sisamón, y luego Jaraba, Cimbella y Cubel, dejando dentro del Señorío los actuales lugares de Calmarza, Campillo de Aragón, Llumes, Aldehuela de Liestos y Torralba de los Frailes, quedando en su límite el monasterio de Piedra.

Se extendía por ese costado hasta la laguna de Gallocanta, hoy entre Teruel y Zaragoza, e incluía, también, los pueblos de Las Cuerlas y Odón, este último de gran tradición en sus romerías a la Virgen de la Hoz, en secular competencia con los vecinos de Molina. Y aún se extendía este límite oriental hasta el valle del Jiloca, en las cercanías de Calamocha: el Poyo de Mío Cid parece corresponderse con el actual poblado turolense de este nombre. El límite por el sur ascendía luego sobre el filo de la alta y abrupta serranía Menera, poniendo la frontera en Peña Palomera y bajando hasta Orihuela del Tremedal, extendiéndose el Señorío, ya por extensas regiones de bosques y montañas totalmente desertizadas, hasta Huélamo, Ademuz y el río Cabriel, formando una lengua muy prolongada de terreno en la actual serranía de Cuenca. Luego, englobando Beteta, ascendía a la meseta y llegaba hasta Armallones y el río Tajo, nuevamente. Enorme territorio que fue restringido pronto por el surgimiento de nuevos concejos, como el de Cuenca, que, tras la reconquista de la ciudad en 1177 fue muy ricamente dotado por el rey Alfonso VIII; y también el fortalecimiento de concejos como el de Daroca y el de Albarracín, que fueron ampliando su territorio dejando reducido el Señorío de Molina a sus límites actuales aproximados en el siglo XIII. El mismo concejo de Medinaceli, reciamente gobernado luego por los de La Cerda, duques del mismo título, restó algún terreno al Señorío molinés por su extremo de septentrión.

La división que este territorio tuvo durante siglos, y que muestra las cuatro clásicas sesmas de «El Pedregal», «El Campo», «La Sierra» y «El Sabinar», es seguro que en un principio, en el siglo XII, poseyó seis diferentes entidades geográficas (y de ahí el nombre de sesmas) de las cuales dos se perdieron, quizás en beneficio de Cuenca y Albarracín o Daroca.

Pero, aun dentro de los actuales límites, son muchas y muy interesantes las cosas que pueden contemplarse, y el viaje largo y denso de encuentros con la gente y el país no defraudará a quien lo inicie. Molina, su Señorío, guarda en todos sus rincones la tradición de un rico pasado de peculiaridades interesantísimas.

Es preciso correr a encontrarlas.