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Viaje al altísimo Tajo

Bien ganada tiene su fama el entorno del llamado «Alto Tajo», pues a lo largo de varias decenas te kilómetros en que discurre el lo en los límites de nuestra provincia y la de Cuenca los paisajes, lugares que ofrece son de una belleza y majestuosidad sorprendentes, constituyendo una de las reservas paisajísticas y naturales más amplias y puras de toda España.

Aun cuando son diversos los entornos particulares que se pueden admirar y que justifican una excursión o viaje para conocerlos, algunos merecen ser destacados con especial interés. Así hace un par de semanas recordábamos ese «Hundido de Armallones» de increíble factura geológica, y a la mente se nos vienen entornos como los que rodean a Buenafuente, el paso del Tajo por Peralejos, o las zonas más altas aún, la de Sierra Molina, con sus impresionantes alturas y su geología absolutamente salvaje y desconocida.

Hasta una zona más accesible, pero también poco visitada, y por puesto, verdaderamente sorprendente, hemos viajado en esta ocasión. Y esperamos que estas teas puedan servir al lector de acicate para acercarse a conocerla. Subiendo hasta Villanueva de Alcorón, se toma la carretera que por el páramo pinariego se dirige hacia Peñalén y Poveda. Antes ha de visitarse la «Sima de Alcorón» o de la Zapatilla, como la conocen los espeleólogos, consistente una gruta gigantesca abierta en el centro de una pradera, y que el Ayuntamiento de Villanueva se ha ocupado en cuidar adecuadamente, construyendo unas escaleras para descender más cómodamente a su húmeda profundidad, y organizando unos deliciosos merenderos en la circundante parcela de pinar, muy concurrida en esta época veraniega.

Peñalén surge, al final del llano, como sorprendido y volátil enmarcado por el oscuro y verdoso telón de fondo de los pinares que ornan el descenso del Tajo. Su iglesia empinada en lo más alto, y el caserío de recia piedra en su torno, le dan un aspecto pintoresco e inolvidable. Una gran explotación de caolín da vida al pueblo. Desde Peñalén hay un camino, transitable para vehículos, que baja al río Tajo. Pero nosotros seguimos camino por la carretera retorcida, siempre a una altura de unos 1.300 metros, hacia Poveda de la Sierra, pueblecillo algo más pequeño que el anterior y engastado en un hosco y estrecho cañón que porta en su fondo el agua riente de un arroyo. Siguiendo su orilla, por un camino revuelto, al pie de enormes roquedades de partidos per­files, llegamos al Tajo, a un cruce de caminos que preside una pequeña casa o refugio, construido, como todo lo que de humano y vital existe por estos entornos, por el ICONA del Ministerio de Agricultura. Tomamos el camino de la derecha, llevando a un lado la presencia transparente y sonora del Tajo. Poco más allá, alcanzamos un gran puente que cruza el río. El lugar es de una sobrecogedora belleza. Las orillas del Tajo se lanzan al cielo, pobladas de pinos y rocas, sin casi encontrar su altísimo fin. Hasta los pasos resuenan en aquella estancia milagrosa. Antes de cruzar el puente, un camino surge que por la orilla izquierda del río va a conquistar parajes aún más bellos y sorprendentes.

El viajero, caminando a pie por él, se siente distinto, renovado, primero. La estrechez del cañón alcanza lo increíble. La masa forestal se estrecha y las alturas circundantes se elevan más y más. Cuesta trabajo pensar que todo sea de verdad. Pero lo es, y se lamenta no haber descubierto esto algún tiempo antes. La retina y el, corazón van recogiendo sorpresas.

Pero el viaje, a lo largo de un día, y después de comer a la som­bra de un pino, de dormitar un poco, y aun de probar las frescas aguas de los ríos, puede dar mucho de sí. Volvemos sobre nuestros pasos hasta el puente del Tajo. Seguiremos su curso Por un camino que le acompaña por su margen izquierda. Desde este Puente al de San Pedro (conocido enclave donde desemboca el Gallo en el Tajo) hay un recorrido de 25 kilómetros, en el que las sorpresas se suceden y a la boca la dejan en un permanente ¡Oh! de incredulidad. El pinar es den so en todo momento. El agua del río, transparente. Las rocas y cantiles calizos, ordenados en un bello desorden macroscópico. Veremos el magnífico puente de piedra allí donde el Cabrillas da en el Tajo. Los paredones y agujas rocosas que, le escoltan. Los meandros multiplican la distancia; algún refugio forestal Pone la nota acogedora, y los muchos excursionistas, algunos con tiendas de campaña, y siempre respetuosos con el lugar donde disfrutan, dan su tono de color distinto. El viaje lo rendimos en el Puente de San Pedro, donde la carretera nos llevará hacia Molina, o hacia Zaorejas, y, de allí haremos el regreso, a Guadalajara por donde el tiempo nos lo per­mita.

Las sensaciones de un día de excursión por la bravía naturaleza del Alto Tajo son inolvidables. Hemos recorrido muchos lugares de España y podemos asegurar que en ningún lugar se encuentra tan larguísimo trecho de río encañonado, enmarcado en tal ámbito de sorprendente paisaje. Sin embargo, su declaración como Parque Nacional y su protección integral se hacen esperar, mereciéndolo más que ningún otro enclave. Para cuantos, sin salir de Guadalajara, quieran gozar de fuertes e inéditas sensaciones paisajísticas, les recomendamos vivamente este «viaje al altísimo Tajo» aquí referido.

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