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Viaje románico a Sauca

El capitel de los sacerdotes en la iglesia parroquial romanica de Sauca

 En una jornada de este verano caluroso y desocupado, nos hemos acercado a la localidad de Saúca, a la orilla de la carretera nacional núm. II, un poco antes de Alcolea del Pinar. En. Saúca nos encontramos con un pueblo de honda raíz medieval, en el que la mayoría de los edificios se han deteriorado en su pureza con el tiempo y el pasar de las civilizaciones, y tan sólo el templo parroquial, magnífico ejemplar de arquitectura religiosa románica, se ha conservado para nuestro gozo estético. Aparte de los abandonos y las restauraciones, más o menos afortunadas, que ha sufrido el edificio a lo largo de su historia, es hoy por hoy uno de los más puros ejemplos de iglesias románicas rurales de la tierra de Guadalajara. Su gran espadaña de sillar rojizo, su masa firme e ingenua, su ábside cuadrado, su magnífico atrio orientado al sur y a poniente, todavía tabicado en parte. En su costado meridional, de acceso principal a la iglesia, vemos una serie de capiteles como remates de sus columnas, que en la mayoría de los casos tienen por tema hojas de acanto y otras soluciones vegetales de gran sencillez y buen arte. En dos de ellos vemos iconografía de gran interés que va a centrar hoy nuestro comentario.

Son los dos capiteles extremos del lado izquierdo de la entrada en este pórtico meridional. Al fondo de la arcada, junto al macizo esquinero, se ve adosado al mismo un medio capitel, en cuya doble cara aparece, por una parte, la figura borrosa y ya deteriorada de lo que podría ser un monje o un pastor, con un animalillo al lado. Más bien parece tratarse de esta segunda posibilidad, pues el capuchón que lleva el hombre se utilizaba, y se ha utilizado hasta hace poco tiempo, por los pastores de esta fría tierra. Junto a él, puede tratarse de un cordero el animal que aparece. La otra parte del capitel es ocupada por un ángel de grandes y modeladas alas, que sostiene en sus manos una delgada cruz. Se trata indudablemente del arcángel San Miguel, que en el período románico viste todavía una simple túnica.

Nuestra atención se centra, sin embargo, en el capitel de esta ala del atrio que vemos junto a la puerta. En realidad se trata de un doble capitel, que remata las columnas pareadas de la arcada. Breve collarín en la unión con este elemento, y sencillo cimacio moldurado sin interés. En la cara interna vemos, en cada uno de los capiteles, sendas figuras humanas, seguramente masculinas, que nos sorprenden desde el primer momento de su contemplación, por su indumentaria de clara raíz visigótica. Pequeños seres con gran cabeza, en un canon de proporciones tosco y propio de la época románica, en el medio rural, en que se ubica el templo. Peinan larga cabellera redondeada y visten túnica abierta por delante en pico y rayada en sentido vertical. Se trata de la prenda llamada armilausa, que tanto se usó en el período visigodo y aun en los siglos VIII y IX. San Isidoro, en sus Etimologías (XIX, 22‑28), la describe someramente: Armilausa vulgo vocata quod retro divisa atque aperta est… señalando ese carácter de partida y abierta por delante y detrás. Esta túnica abierta de raíz visigoda se usó también en el reino asturiano. En un relieve del interior de Santa María del Naranco se ve representada. Y de un modo puro y muy claro lo tenemos en un capitel del templo visigodo de San Pedro de la Nave, en una miniatura de un antifonario de la catedral de León, e incluso en varios códices del siglo X, en los que el arte mozárabe se muestra claro heredero de los modismos altomedivales. La prenda carece de tradición en el mundo romano.

Encontrar en este capitel de Saúca, tallado hacia comienzos del siglo XIII, dos figuras vestidas con la armilausa, prenda tan característica del período visigodo, no deja de sorprender grandemente. La explicación no parece difícil. El tallista no pudo inspirarse en los vestidos de sus contemporáneos. La capa, el pellote, la saya y la aljuba, que tan profusamente se viste en el siglo XIII, no tienen ningún parecido con estas túnicas. Lo más probable es que el artista recordara algún capitel de otro templo visigodo, o, mejor aún, tuviera ante sus ojos, al tallar este capitel, una miniatura en que aparecieran figuras con este hábito tan remoto. Su intención fue, claramente, la de representar dos sacerdotes de antiguos tiempos; dos figuras que estuvieran, con nitides, fuera de su propia época. Quizás intentando poner en Saúca un par de sacerdotes de la antigua Ley, un par de profetas. Esto ya es elucubrar con exceso. Quede el dato apuntado.

Las otras caras de este par de capiteles muestran sendas escenas que vienen a corroborar la sospecha de tratarse de una copia de algún antiguo códice manuscrito y miniado. En la parte externa del doble capitel vemos una figura angélica señalando con su dedo índice derecho a una mujer que alza su diestra y recoge en su mano izquierda el manto sosteniendo un libro. La iconografía parece ser bastante clara en el sentido de representar la Anunciación de María por el arcángel San Gabriel. Figuras, posturas e incluso el modismo de ese dedo índice señalando son fuertes razones para ver en esta escena uno de los primeros ejemplos de Anunciación románica. ¿No podría tratarse, pues que de copia de miniaturas visigodas o mozárabes estamos hablando, de una representación de la Mujer del Apocalipsis junto a uno de sus ángeles? ¿Incluso de la conversación de San Juan y el Ángel que en el Beato de la Catedral  de Gerona aparece con una disposición muy parecida? No es probable. Sabemos que la iconografía de la Anunciación ya existe en los códices del siglo X, en su disposición más clásica. Y así, en el folio 201 v. de la Biblia Sacra de la catedral de León vemos una escena de la Anunciación muy parecida a la de los Comentarios al Apocalipsis del Beato de Liébana, en la Catedral de Gerona, folio 15. Son dos ejemplares del siglo X. Doscientos años más tarde se clarifica este tema. Y así, por ejemplo, lo vemos muy similar al del capitel de Saúca en el Libro de Sentencias, de Pedro Lombardo, folio 171 v., de la catedral de Tortosa.

La última parte del capitel comentado se constituye por otro tema muy caro a los miniaturistas medievales. Se trata de un par de seres fabulosos, dos animales extraños que tanto gustan y, al mismo tiempo, asustan a las gentes del Medievo. Un dragón y una bicha alada que parecen haber salido de algún bestiario coloreado en algún códice antiquísimo. Tras estos ejemplos comentados del capitel de la iglesia de Saúca, no nos queda duda de cómo los tallistas románicos del siglo XIII utilizaron para sus obras los códices miniados de siglos anteriores o, incluso, del suyo propio como fuente de iconografía para sus capiteles. El sentido total de esta pieza, si es que lo tiene, resulta de momento muy oscuro y difícil de concatenar en sus diferentes figuras. Perola belleza plástica de esas imágenes sencillas y rudas, expresivas y aleccionadoras, nos desbordan la mirada y se quedan prendidas rara siempre en el corazón viajero.

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