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noviembre 26th, 1977:

El cabildo de Ballesteros en Molina

 

El Señorío de Molina, durante largos años independiente y soberano, fraguó en sus orígenes señoriales una serie de curiosas costumbres que, con el paso de los siglos, han visto su transformación, su enriquecimiento y su olvido, incluso. De una de ellas trataremos ahora, de la ya desaparecida cofradía, hermandad o cabildo de Ballesteros, que, con la advocación de San Sebastián, pervivió largas centurias, y al final ha quedado en casi ab­soluto desconocimiento de los molineses.

Quizás el más conocido de los cabildos molineses sea hoy el de los Caba­lleros de Doña Blanca, aquella hermandad de hombres fuertes y valientes que, sobre sus blancos corceles, daban escolta a su señora, y la acompa­ñaban poniendo muy alto el blasón molinés, a todas guerras y campañas en que se veía inmersa. De ellos recibió Molina el sobrenombre que, por auténtico, debería recobrar en la presente hora: Molina de los Caballeros. Su unión quedó más tarde transformada en la cofradía «Orden Militar del Monte Carmelo» o de la Virgen del Carmen, del que hizo una extensa y magnífica historia don Luís Díaz Millán, publicada en Guadalajara en 1886, y más modernamente Pérez Fuertes.

Concebida como una institución auxiliar de la anterior, la misma se­ñora Doña Blanca fundó el Cabildo de Ballesteros, lo cual venía a dar un completo marco a su ejército, pues a la caballería acompañaba esta «artillería» pedestre, formada por consumados y esforzados guerreros. Ambas instituciones, mutuamente avaloradas, jugaron un papel de importancia suma en la medieval historia de Molina, en que por varias veces la capital y el Señorío entero tuvieron que sacudirse el yugo de ajenas fuerzas. Sin embargo -la historia tiene estos inexplicables caprichos-, mientras la cofradía de los caballeros fue siempre crecida, famosa en todos los lugares, y aún lo suficientemente fuerte para llegar hasta nuestros días, la de los Ballesteros se perdió en el olvido y han sido muy pocos quienes en el siglo actual la han rememorado.

Fundó doña Blanca el Cabildo de Ballesteros en 1284, en carta dada en Molina a 1 de abril. El historiador Francisco Núñez, en su libro «Ar­chivo de las cosas notables de Molina», escrito en el siglo XVI, dice haber tenido en sus manos el documento fundacional, aunque roto en su mitad, y muy deteriorado. Por él sabemos que doña Blanca instituyó el Cabildo con 25 ballesteros, cada uno de los cuales era obligado a mantener dos ballestas en servicio de la señora, y para el pro y defensa de Molina, ha­ciéndoles, en cambio, libres de todo impuesto, de todo pecho, e de todo pedido, e de moneda, e de sal, e de Barraño. Y al final del documento se escribían los nombres de aquellos primeros veinticinco ballesteros mo­lineses, algunos de los cuales tenían oficios diversos que se les añade como apellido. Quede aquí perenne su recuerdo: don Martín Pérez, don Juan Martínez Pellejero, Jayme Cuchillero, don Beneyto el Alfajame, Janes An­drés, Julián Martínez Jorrero, Domingo Carpintero, Martín Gómez, fijo de don Jebes; Domingo Gómez, su hermano; Fortún Pérez, Ferrant Pé­rez, Domingo Pérez Cerrajero, Martín Cuchillero, don Miguel Zapatero, Pascual Martínez Zapatero, Martín Pérez Zapatero, Martín López Odrero, don Gil de Pascual Gil e su hermano…

Esta fundación, con los privilegios concedidos a estos ballesteros de Molina, fue confirmada posteriormente por sucesivos señores del territo­rio. Así, en 1302, doña María de Molina, hermana de la ya fallecida doña Blanca, la confirmó. Dos años después, el rey de Castilla, Alfonso XI, la confirma también, como señor de Molina que es. En 1379, su hijo Enri­que III. En 1419 la vuelve a confirmar Juan II de Castilla, todo ello según noticias de Núñez, quien dice que los documentos originales se perdieron y sólo quedaban copias de ellos en el archivo del Cabildo. El privilegio y confirmación de doña María de Molina, dado en 1302, lo publica íntegro Pareja Serrada en el segundo tomo de su «Diplomática Arriacense», y en este documento aumenta la señora de Molina a cincuenta el número de ballesteros, ordenando que cada vez que uno de ellos muriese sus compa­ñeros pongan otro en su lugar, a elección de ellos, y «perteneciente al oficio de Ballestería». Hizo estas modificaciones doña María a instancias de Pas­cual Pérez, «procurador de los Ballesteros de Molina», quien explicó a su señora que la mayoría de aquellos veinticinco ballesteros que inicialmente había nombrado doña Blanca en 1284 habían ya fallecido, y «por que los Ballesteros cumplen mucho en mi logar para servicio del Rey e mío, del Concejo…» reorganizaba y ampliaba la Cofradía de la manera expuesta.

Siglos más tarde, bajo las influencias contrarreformistas del catolicismo hispano, todas las asociaciones, gremios y juntas de carácter civil, adoptaron forma netamente religiosa, tomando patronímicas celestes y encauzan­do sus actividades a fines puramente píos o humanitarios. Esto le ocurrió al Cabildo de Ballesteros de Molina, que ya en 1539 tenía unas constituciones «conforme a razón y conveniente al culto divino», según refiere el historiador Núñez. En 1581 se aumentaron estas constituciones y los co­frades, que seguían siendo cincuenta legos más seis clérigos, se agrupaban bajo el patrocinio del mártir San Sebastián. Por aquello de que murió asae­teado digo yo… El caso es que, en el siglo XVI, los cofrades se reunían el 20 de enero para subir en procesión hasta la ermita del santo, llevando cada uno al hombro una ballesta y a San Sebastián en andas, detrás de un pendón en que se veía la imagen del mártir en tafetán azul. Allí cele­braban la ceremonia religiosa. Se juntaban a comer todos «el día del Sex» y se reunían cada vez que algún cofrade moría, para acompañarle en su en­tierro.

De esta tradición tan molinesa, borrada ya del mapa del costumbrismo del Señorío, deberían tener conocimiento cuantos sienten muy dentro el latido generoso de su tierra. No hablamos de revitalizar institución y fies­ta, pues cada cosa tiene su época, y el Cabildo de Ballesteros, por muy interesante, autóctono y verdadero, no por ello va a resucitar en este siglo que está demandando otros modos de actuación y convivencia. Pero tampoco hemos de olvidar estas tan hermosas y antiguas tradiciones.