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Música en Buenafuente

 

A veces es difícil dar una noticia, cuando el tema a tratar tiene un ancho ramaje de entrañas cordiales que fuerzan a que la noticia, escueta y simple, explosione en canto y se haga henchido manar de añoranzas. Así me pasa ahora con la tarea que me he propuesto de cronicar el acto que el pasado sábado 3 de julio tuvo lugar en el monasterio de la Madre de Dios de Buenafuente del Sistal, junto a Huertahernando, en el partido de Cifuentes, de nuestra provincia. Consistió en la actuación del guitarrista universal Narciso Yepes, sentado en el presbiterio de la iglesia monacal, rodeado de cientos de amigos que no pudieron evitar lanzarle sonoros aplausos al terminar su actuación. Y supuso un acto primero, un acto único, una tarde inolvidable en la que el arte, la amistad, la firma de una institución viejísima que renace, y el sentido más auténticamente cristiano de sentir la vida se dieron cita y poblaron las horas.

La vieja iglesia románica, olorosa de piedra gris y musgos por los muros, estaba llena a rebosar de público. La luz en la, caída de una tarde gris y lluviosa, tiritaba de mansedumbre el poblado, y la mole del monasterio, cisterciense, ocho veces centenario. Dentro del templo, sobré las cabezas atentas y alegres de los asistentes ‑jóvenes en abultada mayoría- la penumbra cayendo de la alta bóveda picuda, dorando levemente el retablo mayor, los altarcillos laterales, donde la Madre de Dios, San Benito y San Bernardo ponían su barroca madera en atenta espera de la música. Sólo en el centro, iluminada bruscamente su leve, figura, su gran guitarra de diez cuerdas, Narciso Yepes, las manos seguras y portentosas de Narciso Yepes, el corazón medido y tenso de nuestro universal artista. Abierta sacristía, coro bajo y capilla de la buena fuente del Cristo de la Salud: rebosante todo de: público hasta el increíble extremo de no caber ya una persona más.

El recital fue largo y variado. Se dejó, ya de entrada, el protocolo y los oficialismos. Aquello era, simplemente, una reunión de amigos. De los «amigos de Buenafuente», con la carga de sinceridad y entrega que eso conlleva. El guitarrista fue explicando con detalle cada pieza. Vida del autor, significado de la pieza, técnica del instrumento, anécdotas,… con una carga humana que desbordaba la línea escueta del recital. Sonaron composiciones de todas las épocas y estilos: desde marchas militares inglesas, más antiguas aún que los muros del monasterio, a galantes canciones renacentistas hispanas. La Suite Española de Gaspar Sanz y tres composiciones de Bach. Piezas de Rameau y Scarlatti junto a canciones populares catalanas. Albéniz, Granados y Falla finalmente. Y aún después, porque afuera llovía mucho, y esperando a que escampara, dos temas de Bacarisse Y uno final de Albéniz. Triunfo total del virtuoso, del maestro, del guitarrista español que ha puesto su genial arte interpretativo en todos los países del mundo.

Al final, y dado que la noche continuaba, empapante de celestiales aguas y sonora de truenos, se dio de comer y beber ‑vino y magdalenas‑ a los peregrinos de Buenafuente, que con el respeto debido al lugar en que se encontraba, se dieron los parabienes mutuos bajo las cúpulas medievales del templo cisterciense.

Pero la crónica podría ir aún mucho más allá de cuanto hasta ahora hemos periodísticamente expuesto. El acto tuvo demasiados puntos de reflexión, o es que, quizás, ya el solo viaje hasta Buenafuente supone un acto de íntima búsqueda. El monasterio de la Madre de Dios está, ya todos lo saben, sobre las trochas vírgenes del  alto Tajo: entre bosques de sabinas y grises roquedales, batido de todos los vientos. Su historia es ancha y viejísima. Lo fundaron unos caballeros-­monjes venidos de Francia en el siglo XII y luego, poco después, fue poblado de monjas cistercienses, que aún lo habitan. Allí va quien quiere, y siempre es bien recibido Pero allí, van, con más frecuencia y un latido distinto al del mero turista, «los amigos de Buenafuente», y van a la amistad, van al encuentro de Dios de la paz, de la oración en común. Van a comprobar que la tarea de Buenafuente continúa viva: que el testimonio de las mojas, del, cura Ángel y de quienes ayudan a que aquello no muera, sigue latiendo. No es ninguna secta secreta, ninguna élite de cursis damiselas, ningún empeño de torcidas intenciones políticas o económicas. Los «amigos de Buenafuente» son simplemente eso: un grupo, numerosísimo ya, de gentes varias que aman una misma cosa, y que se han dado cuenta de lo que esas viejas piedras significan en esta época de desatinos. Y se unen, en el rezo, en la charla, en la comida, en el viaje, en el recuerdo, con ese común denominador que el cristianismo de hoy tiene: el de la salvación común de los Creyentes.

Otra tarde entera me estaría escribiendo ‑recordando, en suma‑ detalles y sugerencias de esta «Música en Buenafuente». Decir, por ejemplo, dé las manos de Yepes, que; parecían oficiar un sacrificio de tesón e inteligencia, de trabajo y dominio sobre las yertas cuerdas.

Esbozar la idea de que volvieron nacer, vírgenes, nuevas, las músicas de Falla, de Albéniz, de Sanz, de Bach y de Gr­anados. Sonaban por vez primera estas piezas, tan conocidas, entre los muros de la antigua iglesia románica. Y ello las daba el carisma de neonatas para mis oídos. Multiplicado escalofrío.

Preguntar,  preguntarse uno mismo el porqué de aquello. De tan numerosa reunión, silente cuando el ascua, de luz del guitarrista ponía un aire neto de religiosidad al ambiente. Saber, en fin, que no otra cosa que un acto de religión era todo aquélla. Silencio, emoción, creencia. Al final, todos cantaron el Salmo 8 « ¡Cuán magnífico es tu hombre en toda la tierra!», sorprendidos, una vez más, de haber nacido, de estar vivos, de testimoniar un mundo hermoso en el que poder dar algo propio y mejor.

No hubo autoridades en el acto. No acudieron a la invitación cursada. Fueron amigos, simplemente. Y Dios entre todos. Más que suficiente.

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