A Pozancos, pasando por Ures

A Pozancos, pasando por Ures

viernes, 3 julio 2026 0 Por Herrera Casado

Ya instalados en el verano, solo cabe escoger el final del camino, y llegar a él para admirar lo que el mundo, aunque sea en un rincón, nos depara. Este es un fragmento breve del recorrido que hará el futuro– ­inminente– Paisaje dulce y salado entre Sigüenza y Atienza, a punto de ser reconocido como Patrimonio demla Humanidad. Al final de ese camino están Ures, y Pozancos.

Ures

Como un poblado mínimo al que atraviesa una carretera local que sube desde Palazuelos a Pozancos, Ures dormita y sin enterarse penetra en la nómina de poblaciones de la Guadalajara Vaciada, sin llegar al cero absoluto, pero acercándose mucho. Hacia mediados del siglo XIX contaba con ayuntamiento propio y contabilizaba una población de 53 habitantes. Mucho tiempo después, den 2009, contaba con 9 habitantes. Hoy son menos. Y pertenece como agregado al municipio de Sigüenza, del que siempre dependió.

Se trata de un muy pequeño lugar en lo hondo del vallejo de Pozancos, y que durante muchos siglos formó parte del señorío episcopal de Sigüenza. Entre su escaso caserío de tipo rural, aparece la iglesia parroquial, que es obra románica del siglo XIII, tal como denota por su estructura, constituida por una sola nave, rematada en ábside de planta cuadrada, y, a los pies, en el muro de poniente, una espadaña triangular con dos huecos para las campanas, a la que adosa un moderno palomar. La entrada está orientada a poniente, careciendo de puerta el muro sur. En el del norte existía una entrada de arco apuntado, con moldura sencilla, que fue tapiada. Todo el alero del templo está sujeto por sencillísimos modillones románicos, simples y rudos, muy desgastados por la erosión, pero que le confieren un aire medieval muy notable. El interior, muy reformado, es de nave única con cubierta de madera. Se ven arcos fajones que hacen presumir que la anterior cubierta abovedada se hundió.

Su historia, aunque mínima, es también larga. Porque huellas notables de la prehistoria quedan en sus alrededores, concretadas en el yacimiento de la Cueva de la Peña del Mediodía, donde se encontraron importantes restos arqueológicos pertenecientes a un auténtico «taller neolítico», destacando algunas hachas de sílex, puntas de flechas de bronce, etc.

Tan pequeño es Ures, que el viajero no sabría qué decir de él, a donde mirar. Como siempre, en ayuda de su azoramiento viene la iglesia parroquial. Localizada en el centro del breve caserío, aislada del resto de los edificios, este templo está formado por los cuatro muros que al exterior se ofrecen, y por una sola nave en el interior. Con todos los parámetros clásicos de la arquitectura románica, nos presenta el muro occidental liso y rematado en sencilla espadaña de corte triangular con un par de vanos para las campanas. La chavalería de nuestro fin de siglo le ha puesto, en su ánimo de fomentar el deporte en cualquier rincón de este olímpico país, una canasta de baloncesto cosida al muro, con lo que tenemos lo que podría denominarse, en el argot administrativo al uso, un «templo románico polivalente» que haría las delicias de cualquier diseñador social que se precie. La puerta del templo se encuentra en este mismo muro de poniente, y no tiene el más mínimo asomo de decoración románica. Por no tener, no tiene ni señas de edad cronológica. ¿De cuando es esa puerta? Tiene, como las mujeres bellas y maduras, una edad imprecisa.
El muro del mediodía, iluminado por el sol, no tiene el acceso que le correspondería. En el caso de Ures, esta anomalía estructural es debida a la disposición del terreno en que asienta el pueblo, que es mas elevado por este lado, y hubiera obligado a hacer una puerta muy baja, con escalinata de bajada al interior. Demasiada complicación para tan breve lugar. El muro del norte se encuentra hoy totalmente cegado, sin apenas un ventanal, pero primitivamente tuvo una puerta de acceso, ancha y baja, de arcada semicircular, que fue tapiada en siglos pasados. Bajo el alero, y a todo lo largo del templo, aparecen canecillos sin moldurar que sujetan el tejado. 

Pozancos

Ahora es una de las pedanías que constituye el actual municipio de Sigüenza, pero fue durante siglos un pueblo con personalidad propia, una pequeña joya del antiguo Ducado de Medinaceli, escondido entre los repliegues del crestear serrano de la Sierra de Pila, que va entre el Henares y el Salado, al pie de la Peña del Francés, abrigado de olmedas, carrascales y rebollos. 

A mediados del siglo XIX tenía unos 150 habitantes. En 2009 solamente 36, y hoy aún menos. Está plenamente incluido en la “Guadalajara vaciada”. Lugar de residencia de algunos románticos y de segunda estancia para muchos seguntinos y gentes varias. No por eso debe dejarse de considerar un digno representante de la Guadalajara vaciada, porque a esa escasez de habitantes, y en declive, añade la circunstancia de la progresiva ruina de su patrimonio. 

Su iglesia parroquial es una fantástica representación del románico seguntino, un remedo en miniatura de su catedral. Dedicada a la Natividad, muestra en su muro sur una portada de arcos semicirculares, baquetonados, decrecientes, que apoyan en una ristra corta de capiteles, con tallas de vegetales y acantos, muy parecidos a los de las puertas grandes catedralicias. Con toda seguridad, tallados por las mismas manos. Una sola nave, una espadaña triangular a poniente, y un ábside semicircular a levante, con canecillos y metopas muy sencillas. En el interior, el cura Martín Fernández, que fue señor de Pozancos en el siglo XV, y miembro de su cabildo catedralicio, quiso levantar capilla propia y en ella colocar su mausoleo, consistente en su enterramiento cubierto por su efigie yacente y revestida, más unas esculturas de Adán y Eva y un buen cuadro del Entierro de Cristo. Desbaratado todo, una parte está en el Museo Diocesano de Arte antiguo, y otra allí.

A Pozancos también le llegó hace años el turno de la restauración aunque hace tres años su techumbre volvió a ceder, y el templo se quedó otra vez a medio camino entre la existencia silenciosa y la ruina.

Yo en verano paso alguna vez por su larga calle zigzagueante, y me quedo sentado en un mirador junto a la fuente señorial, que adorna la plazuela donde luce su piedra arenisca, roja y brillante, el caserón de los Lagúnez. Cerca está el templo y en el entorno se oyen los cantos pajariles, el sonar de aplausos de los árboles. Al lugar se le ha incluido, junto a Ures, en el proyecto de “Paisaje Dulce y Salado entre Sigüenza y Atienza”. Si consiguiera el nombramiento, a lo mejor vuelve la gente a sus viejas casas, y la historia sacará pecho y volverá a respirar hondo. Es difícil, sin embargo. Esta España en retroceso, en abandono de intenciones, que cuaja a la perfección en este Pozancos mínimo, tiene ya muy difícil la reconversión de sus pequeños pueblos en entidades vivas. En todo caso, habrá que intentarlo. Yo, por si acaso, seguiré volviendo cada verano a sentir esta paz, y a escuchar a estos pájaros de los que no sé el nombre, aunque los conozca.