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La Catedral de Sigüenza

 

Después de las jornadas que las gentes de Sigüenza y su comarca han vivido, de auténtica y bien cimentada esperanza al conocerse las, conclusiones elaboradas por las distintas ponencias del Consejo Económico‑Social Sindical de dicha zona, en, las que una vez más la Organización Sindical ha demostrado su capacidad de convocatoria y de síntesis frente a unas gentes y unos problemas concretos, queremos por nuestra parte recordar ahora algo que, por ya sabido, visto y vivido, no deja nunca de reunir unas cualidades altísimas en orden a la promoción del turismo en la Ciudad Mitrada y, lo que es lo mismo, a dar cada día un nuevo impulso a la vida, económica y social, de Sigüenza.

Es su catedral, su templo máximo, la poliédrica forma pétrea que despide incandescencias en el atardecer, y derrama por sus muros el destilado aceite denso de los siglos, lo que convoca con mayor poder al gentío entre las murallas seguntinas. De su mixta apariencia, entre lo religioso y lo civil, con esa doble zancada de iglesia y castillo, deriva su más reconocido encanto en un primer golpe de vista. Orientadas al poniente la fachada principal, con sus tres puertas de amplia voz románica, y las torres fortificadas que, con ese único fin defensivo, construyó don Bernardo de Agen, conquistador de Sigüenza y su primer obispo, en el siglo XII.

Sobre la puerta principal, bajo el interesante rosetón románico aparece la única nota discordante del conjunto, cual es el barroco conjunto de la Virgen colocando la casulla de san Ildefonso, obra del obispo Herrera en 1713. No hay que olvidar la fachada del sur, en la que destaca, airosa, delgada y hermosísima la torre del Santísimo, y el portalón poco interesante, de orden barroco, obra de Bernasconi, que oculta una pequeña puerta románica, y sirve de contraste al magnífico rosetón románico, de los más hermosos de España, que desde el siglo XII realza esté costado catedralicio.

Dentro, en la penumbra fresca, húmeda y nostálgica, comienzan a ir dándose a los ojos del espectador, las más diversas y valiosas muestras del arte español. No es recomendable la visita de este templo para aquél que vaya con prisas, que no quiera perderse uno de los monumentos, al parecer él más interesante, que según la Guía Michelín, tiene Sigüenza. Esta catedral debe llevar, como rito previo de su admiración detenida, una meditación o reposo, aunque rápido, de cuantos estilos y modos de hacer arte ha habido en España en los últimos ochocientos años. De su estructura románica, con tres naves, gruesos haces de columnas, crucero prolongado, y girola semicircular y estrecha, se lleva el espectador un primer grito de pureza dentro del alma. La piedra gris, cantarina y solemne, tamiza cualquier estridencia que los otros monu­mentos puedan dar.

Y después las capillas, los altares, los enterramientos… tantas otras cosas que podrían dar que hablar, una a una, largo trecho. El estilo gótico se plasma en enterramientos (recordar los del cardenal. San Eustaquio, el del obispo don Bernardo, el del obispo Luján), en las sillerías del coro, donde parece ser trabajara el maestro Rodrigo Alemán, dejándonos curiosas escenas de costumbrismo bajo‑medieval así como buenas tallas de santos, y, en fin, en rejas de San Juan Francés o el retablo de San Marcos y Santa Catalina, de Antonio Contreras. Si luego continuamos nuestra marcha por las muestras del arte renacentista, que en los primeros momentos del siglo XVI resisten un carácter muy peculiar, plateresco, del hacer hispano en este modo de ornamentar, la admiración va creciendo, a la par que la luz que de lo alto se descuelga por los muros, parece ir dando un relieve, un color y un latido a este paseo por la catedral seguntina. No Pueden ignorarse en él los retablos en piedra tallada y policromada de Santa Librada, y el esquinero mausoleo del obispo don Fadrique, obra de la escuela de Vasco de la Zarza, la capilla mudéjar de la Anunciación, donde ese estilo, sublimación del trabajo sobre estuco, se combina al gótico y al plateresco, junto a la portada de la capilla de San Juan Catalina, la puerta del Pórfido, que entra al claustro desde el crucero, y esa serie de magníficos enterramientos que pueblan la capilla de los Arces, entre los que destacan el de don, Fernando, obispo de Canarias, don Martín Vázquez, más conocido por el doncel que con su estampa de meditador y de guerrero tronchado en el inicio de la vida, compendia largas horas de disquisiciones acerca de esa etapa histórica que es el reinado de los Reyes Católicos, en que la severidad gótica se alía con la dulzura renacentista.

Son numerosísimas las posibilidades de admirar todavía cosas bellas en esta catedral de Sigüenza. Desde la Sacristía de las, Cabezas, al claustro gótico; desde lo alto de la torre a las cerr­ajas forjadas de las puertas, su estampa amable dan pie y motivo para que ese turismo, cada vez más numeroso, que a la ciudad del alto Henares se dirige, no quede defraudado

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