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El alcázar de Molina

 

Molina de Aragón, la capital del Señorío, está presidida por uno de los castillos más hermosos y ge­nialmente dispuestos del país. El relato de su historia es el relato de la de sus señores y vasallos. Desde que a comienzos del siglo XII creó el Señorío molinés don Manrique de Lara, dando Fuero al pueblo y tierras de su contorno, comenzaron a levantarse murallas, torres y al­menas, como expresión máxima de un poder sobre la tierra en torno.

Don Manrique fue quien, quizás aprovechando el viejo y decrépito alcázar árabe, comenzó a levantar la fortaleza, que es, por tanto, de construcción totalmente cristiana y occi­dental. A pesar de su aspecto arabizante y alcazareño, el castillo de Molina de Aragón es concepto y masa nacida de manos castellanas.

Es muy probable que fuera primeramente levantada la llamada torre de Aragón, que es el bastión que corona la ladera norte del pueblo, y que, asomándose hacia la cuenca del Jalón lejano, domina amplísimas extensio­nes de terreno. Probablemente fuera el rey don Ramiro de Aragón quien iniciara esta construcción, con idea de fortificar y dominar el paso de su reino al de Castilla, pues sólo con ese edificio bastaba para sus fines. El conde don Manrique, sin embargo, y a tenor de su asentamiento defini­tivo como señor de Molina, comenzó a levantar torres y murallas.

Sus descendientes, los condes don Pedro, don Gonzalo y doña Blanca, se dedicaron a reforzarlo e ir completando detalles. Esta última, quinta en la lista de los señores molineses, puso su energía bien patente en mu­chas actividades de la ciudad del Gallo. Fundó templos y construyó mo­nasterios. Peleó cuando hizo falta y no cejó en la tarea de engrandecer a Molina y su territorio por todos los medios a su alcance.

De la época de doña Blanca es la iglesia que en el recinto del al­cázar molinés, junto a la llamada torre del reloj, hubo durante siglos. Al siglo XIII pertenecen, pues, los restos que de este templo netamente románico se han encontrado en las excavaciones llevadas a cabo en el castillo molinés. La planta de nave única, alargada, con ábside semicircular tras breve presbiterio, y grandes basas de haces de columnas nos dan, aunque ligera, suficiente idea de lo que fue esta iglesia castillera.

Tras el paso de Molina a la corona de Castilla, por el matrimonio de su última señora, doña María, con el rey Sancho IV el Bravo, pocas vicisitudes nuevas tuvo este alcázar. Únicamente en el siglo XIV, cuando Enrique «el de Trastamara» le regalaba el Señorío al francés Beltrán Duguesclin, la ciudad entera se rebeló y el alcaide del castillo, que entonces era don Diego García de Vera, ofreció el Señorío al rey aragonés Pedro IV, quien, al mando de quinientos hombres, penetró en la fortaleza por la puerta de la muralla norte, que desde entonces se conoce como la «Puerta de la trai­ción». Entonces cambió Molina el apelativo nuevamente, siendo llamada «de Aragón» por pertenecer a la corona aragonesa. Poco tiempo estuvo en tales manos, y en 1375 pasó a Castilla, mediante un casorio de Estado. Ya lo hemos visto anteriormente.

En siglos sucesivos, los acontecimientos guerreros del Señorío molinés tuvieron su reflejo en este castillo: las revueltas del reinado de Enrique IV, el alzamiento de las Comunidades en 1520, la Guerra de Sucesión, ganada por los Borbone­s, y la de la Independencia, en que El Empecinado puso cerco, con éxito, al edificio, fueron breves ocasiones, aunque siempre probatorias del esforzado ánimo de sus hombres, para el lucimiento de la silueta bravía de este castillo.

Pasando a la descripción del edificio, lo que propiamente podemos considerar como castillo es un círculo de torres y muros almenados, defendidos en su altura por una barbacana que tiene unas dimensiones de ochenta por cuarenta metros, lo que ya supone una grandiosidad desusada para lo que solía ser norma en el siglo XIII. En el muro de poniente se abre la puerta principal, coronada de arco de medio punto. El aspecto actual es, indudablemente, muy distinto del que presentaba al principio de su vida. Los muros han quedado muy bajos con relación a las torres, aun teniendo en su actual esencia la fortísima consistencia de la mampostería gruesa, de varios metros de anchura. De las ocho torres que tenía, hoy sólo restan, en relativas buenas condiciones, cuatro: son las llamadas de «doña Blanca», de «Caballeros», de «Veladores» y de «las Armas». Los sillares esquineros son de un subido color rojizo, por estar tallados en una roca de tipo arenisco que existe en abundancia en la zona próxima de Rillo de Gallo. Se abren las estancias de estas torres al exterior por huecos aspillerados y algunos ventanales apuntados.

El interior del castillo molinés es hoy un recinto vacío, que puede ser visitado habitualmente, poniéndose en contacto previamente con la Oficina de Turismo de la Calle de las Tiendas. Adosado al muro norte, en lo más alto del recinto, aparece el palacio de los señores, lo que puede considerarse castillo propiamente dicho, y en la parte sur se colocaban caballerizas, cocinas, habitaciones de la soldadesca y los cuerpos de guardia, así como los calabozos, que es lo único que hoy subsiste en esa parte, y que, especialmente el de la torre de «las Armas», conserva en sus techos grabadas curiosas frases, palabras y animales dibujados, que claramente demuestran ser del siglo XV. El interior de las torres, muy transformado por obras en el siglo pasado, tiene aún, para sorpresa del viajero, una estrecha escalera de caracol que termina en la terraza, donde siempre el viento saluda con su canción de hierro y de transparencia.

El recinto exterior del castillo es, todavía, mucho más amplio. Alargado de oriente a occidente, consiste en un largo discurrir de muralla, salpicado por varias torres ya desmochadas y rodeado de un foso que ya es poco profundo. Cuatro puertas tenía este recinto, que eran la actual de la torre del reloj, como entrada más practicada ahora; la puerta del campo, la puerta de la traición, en el murallón norte, y la del puente levadizo, en el mismo muro del castillo, frente a la torre de Aragón. En el interior de este recinto se encuentra la entrada, entre unas rocas, de la misteriosa «cueva de la mora», que aún no se sabe con certeza hasta dónde va a parar, creyéndose que lo haga hasta alguna de las torres del castillo. Y, además, la iglesia románica del castillo, de la que hoy sólo podemos admirar su planta sencilla y típica y el arranque de sus columnas. De este recinto exterior aún continuaba la muralla en dirección a poniente y a levante, bajando hasta el Gallo, para cerrar con su rojizo abrazo el primi­tivo poblado molinés, siendo así uno de los más claros ejemplos de poblado y fortaleza comunales, que por toda Castilla, y durante su baja Edad Me­dia, tuvieron amplias representaciones. En pocos lugares de España, que es el país de los castillos medievales, se puede encontrar un ejemplo más bello, una estampa más bravía, un escalofrío de autenticidad más profundo que ante la contemplación del alcázar de Molina.

Hace unos 30 años se iniciaron obras de consolidación y restauración, que a base de campañas aisladas, todavía hoy prosiguen. Se ha conseguido con ellas el des­cubrimiento y aireación de los cimientos de la iglesia románica del castillo. Y se ha conseguido la restauración de las alme­nas y de todo el castillo, limpiando y habilitando este último para recono­cerle entero y disfrutar de la sensación profunda de vivir en un castillo medieval.

El elemento superior de la fortaleza, la torre de Aragón, auténtica torre albarrana de este alcázar, fortín singular por sí mismo, es lo más antiguo de todo el castillo. De planta pentagonal, apuntada hacia el norte, guarda tres altos pisos unidos por escalera y coronados por terraza almenada. Se rodea por un recinto externo de alto murallón, y se comunicaba con el castillo por una sinuosa coracha o túnel, ya hundido y hoy con visos de trinchera. La silueta inmensa, coloreada de rojizos sillares en cada una de sus múltiples esquinas, de este alcázar medieval, es un estandarte magnífico que puede llevar la tierra molinesa como explicativo de su historia.

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