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Hita: tras la huella mendocina

 

La familia Mendoza ha ido dejando recuerdos, a menudo orlados por el oro y el brillar de las construcciones artísticas; en otros casos nimbados de una no muy favorable reputación, de justos y ecuánimes, pero siempre, para nosotros, que gustamos de desenterrar los acontecimientos del pasado alcarreño, curiosa y atrayente historia. Guadalajara y su provincia entera guardan, pues, muchos lugares y hechos en los que el apellido Mendoza tiene algo que decir.

Así, por ejemplo, ocurre con la actual villa de Hita, enclavada en la ladera suave de su mundialmente conocido cerro, en torno al cual ha ido tejiendo la historia múltiples anécdotas. Desde su ocupación por los romanos (la legendaria Petra Amphitrea), los árabes y, finalmente los cristianos, alcanzó su mayor gloria cuando don Pedro González de Mendoza la recibió en señorío, junto a Buitrago, del rey de Castilla. En la persona de don Iñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana, se reunió gran territorio de la actual provincia de Guadalajara, bajo el mando de la casa mendocina, y sería este mismo señor quien, a mediados del siglo XV, restaurara el castillo que los moros habían tenido en lo alto del cerro, y en el que, durante algunos años del siglo XIV, ocupó Samuel Leví, tesorero del rey don Pedro el Cruel, para almacenar en él sus tesoros. También reconstruyó las murallas del pueblo y levantó la hermosa puerta castillera de entrada a la villa, felizmente, aunque sólo de un modo parcial, reconstruida en estos últimos años.

Siguieron siempre los Mendoza más relevantes, los duques del Infantado, ostentando su título de señores de Hita y Buitrago, como los más antiguos de su casa, y en esta villa de la más extrema Alcarria dejaron siempre su nombre unido a importantes dádivas y realizaciones. En su nombre pusieron delegados o «alcaides» que gobernaran la fortaleza y el pueblo y para ello fueron escogidos algunos personajes que, también apellidados Mendozas, provenían de ese especial estamento de los segundones o ramas naturales de la familia, que en la mendocina fue tan amplia y prolífica, un tanto por los devaneos frecuentes de los señores y otro poco por lo numeroso de la familia ya desde el primer momento.

Viene todo este preámbulo a parar sobre una piedra. Una magnífica lápida sepulcral, que junto a estas líneas reproducimos, en blanca piedra tallados escudos y leyendas, que se conserva tirada en el suelo en el recinto de las ruinas de la antigua iglesia de Santa Maria, en Hita. Este templo, que albergaba la imagen de la Virgen de la Cuesta, patrona de la villa, y que era sin duda el más antiguo del poblado, fue destruido en esta última guerra civil, salvadas las pocas obras de arte que se pudieron, y limpias sus ruinas son hoy respetadas y veneradas de todos. En el suelo debió encontrar cobijo, durante varios siglos, el caballero que menciona esta losa, y ahora ha sido abandonada a la intemperie, cuando en la iglesia de San Pedro, la única en actividad hoy en día en Hita, se han guardado magníficamente otra serie de lápidas que desde siglos pasados cubrieron su suelo. Bien podría ser subida y colocada en dicha iglesia parroquial para ser allí admirada junto a las otras lápidas, y evitar así su pérdida o destrucción, pues su significado es bien importante para Hita.

Se cubre el centro de la lápida con un doble escudo nobiliario, unidas sus puntas mediante un estupendo par de gruesas cardinas en flor. Se rematan también los escudos en otro par de pequeños cardos, y se rodean de hojas de lo mismo. No aparece sobre ellos ni yelmo ni coraza, lo que viene a indicarnos que el personaje de que trata la lápida no pertenecía al estamento de los nobles, sino al de caballeros simplemente, el último en la escala de las preeminencias sociales de la Edad Media.

El blasón presenta estrecha bordura lisa y una banda que le parte en par, emergiendo de sendas cabezas de felinos en sus extremos. Aunque algo mutilada, aún puede leerse en su derredor, escrita con caracteres góticos, la siguiente inscripción: «Aquí esta sepultura mandó fazer la señora doña Elvira de Mendoza mujer segunda del onrrado cavallero fernando de mendoza alcaide de yta, sancta gloria aia. Fecha a X de enero… (Falta el fragmento del año). Finó año, MD».

Fue este señor, don Fernando de Mendoza, alcaide de Hita a mediados del siglo XV. En 1454, ocupando este cargo, compró la Casa o Mes5n de la Plaza Mayor de la villa, según documento conservado en el Archivo Histórico Nacional. Murió, como hemos visto, el último año de ese siglo, y su segunda mujer, doña Elvira, también apellidada Mendoza, le hizo sepultura digna algunos años después.

De esta familia de segundones mendocinos salió poco después uno de los más curiosos y poco conocidos recuerdos históricos de la villa: la fundación del convento de dominicos, llamado «de la Madre de Dios», en dicha villa. Tuvo don Fernando, el alcaide, un hijo que le sucedió en el mismo puesto. Se llamaba Pedro Laso de Mendoza, quien fue a casar con otra mujer del mismo tronco familiar, de nombre idéntico a su madrastra. Esta nueva doña Elvira de Mendoza fue la que, en 1538, fundó dicho convento dominico, al que dotó con muchos bienes y dejó abundantes terrenos. Ella fue sepultada en la capilla mayor del convento, que siempre tuvo muy humildes características, y escasos habitantes religiosos, pues en algunos documentos que conocemos, en los que se junta todo el convento para tratar graves asuntos, no más de cinco, o seis frailes aparecen. En documento de 1554, siendo prior fray Pablo Cornejo, figura entre los dominicos de Hita uno llamado fray Pedro de Mendoza, y que muy bien pudiera ser algún hijo de la fundadora.

Son huellas, leves pero expresivas, de la familia Mendoza por t<>dos los rincones, los caminos y los pueblos de la Alcarria.

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