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Arte recóndito: Santamera

 

En el partido de Sigüenza, ahondando su frágil existir en la rocosa encrucijada de un paraje maravilloso, se encuentra el pueblo de Santamera, muy poco visitado todavía por el problema de comunicaciones que posee. Desde la carretera que comunica Atienza con Sigüenza, parte un pequeño y pedregoso ramal hasta las salinas de Gormellón, donde un hombre montado en una carretilla mecánica arrastra sal y enarbola su disgusto por tener que ceder un paso de su propiedad para el tránsito de vehículos y personas hacia el cercano pueblo, con cuyos habitantes no debe mantener, a tenor de sus declaraciones ­acaloradas, muy buenas relaciones. Pero seguimos adelante, junto al río Salado que ahora viene desbordado y embarrado de anteriores lluvias, sin posibilidad de ser cruzado a la entrada del pueblo. Por estrechos y escarpados caminos nos lleva el vehículo, atravesando un puentecito inestable, hasta las rocosas callejas de Santamera.

El paisaje supera todo lo imaginable en cuanto a grandiosidad y colosalismo. Enormes paredes grises, afiladas en su remate, caen en vertical sobre las casas, algunas de las cuales se excavan en el duro elemento. Escaleras talladas en la piedra forman las calles del pueblo, por las que corren, ahora, inflados, algunos arroyos. Árboles ya secos, en cada esquina del paisaje, y un trozo de cielo que, muy alto y lejano, da luz a este mínimo habitáculo de nuestra provincia. «En primavera ‑nos dijo una vecina de Santamera ‑ esto se pone que da gloria verlo». Nosotros prometemos una nueva visita para entonces.

Pero nuestro objetivo ahora, es otro: es explorar la huella del genio español, del poder creacional de nuestra raza, en los siglos pasados en los que toda la tierra hablaba en nuestro idioma. Ese arte recóndito, para nosotros casi insignificante pero pletórico de las más puras esencias del genio humano. Y lo hemos encontrado. Callado y sumiso, expresivo en su plena oscuridad.

La iglesia de Santamera, maciza y agrisada como por reflejo del paisaje circundante, está situada en lo más alto del pueblo. Se abre, su puerta al mediodía, sencilla y con una ornamentación de bolas en la arquivolta única. Nave única también, con el presbiterio coronado por arquería nervada. Obra del siglo XVI, con, reparación final en el año 1957.

Lo más destacable de esta iglesia es su retablo. Sorprende al viajero encontrarse, en este apartado, y humildísimo lugar, la riqueza pictórica y ornamental que suponen 19 tablas pintadas al óleo, representando escenas de la vida de Jesucristo, en no mal arte de comienzos del siglo XVI. No es extraño, por otro lado, este encuentro. Teniendo en cuenta el extraordinario florecimiento que en esa época tuvieron toda clase de artes en la ciudad, de Sigüenza, núcleo religioso, cultural y artístico en la España de Carlos V, muchos pintores seguntinos, y aun otros extranjeros afincados en la ciudad mitrada, se dedicaron a realizar trabajos, algunos de gran envergadura, para las iglesias de los pueblos cercanos. Recordemos, entre otros, los estupendos retablos de Bochones, Bujarrabal, Pelegrina, Riosalido, y, en fin, este mismo de Santamera. Su paternidad, es desconocida, y de sus características se nos hace difícil hablar por, la total, oscuridad en que se halla sumido este templo. Las tablas, que como digo, representan escenas diversas de la vida y Pasión de Cristo, van separadas entre sí por jambas columnas y frisos cubiertos de grotescos policromados. Las más altas rematan en sendas veneras, y la central, con representación de Dios Padre, se culmina frontoncillo y todo ello haciendo un conjunto muy característico del retablo renacentista en nuestra región. Presidiendo el conjun­to, una imagen de la misma época, talla de Santa María Magdalena.

Por razones que desconocemos, se quitó de este retablo el Sagrario que lo completaba, todo él cargado asimismo de grutescos y pequeñas tallas de santos en hornacinas, teniendo un relieve de la Resurrección de Cristo, en su puertecilla. Si conserva, de todos modos, en la sacristía, junto a una magnífica tabla, también del XVI y de la misma mano que el retablo, en que patéticamente se refleja la escena del Calvario, en colores todavía muy vivos, y estupendo es­tado de conservación.

Otras obras de arte, también de sumo interés, son el altarcillo dedicado a San Roque, obra del siglo XVII, con diversas tallas de santos y apóstoles, así como la Cruz procesional, en plata repujada, trabajada exactamente en 1551, pues así lo confirma la fecha que lleva grabada en sus ador­nos, y de la que se desconoce el autor que la elaborara.

Allí anduvo con el viajero don Daniel Muñoz, hombre caviloso y sentenciador, anciano amante de su pueblo y las cosas que en él quedan, que se entretuvo en rememorar algunos viejos dichos de Santamera.

Afuera, en la urdimbre cenicienta del día otoñal, lluvia y viento se columpian de las rocas. El arte recóndito lo era un poco menos, y el viajero sentía latir, aún más viva y sonora, la palabra majestuosa del pasado de España. Que en el lugar más inesperado, como aquí en Santamera, surge poderosa y clara.

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