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Es necesario salvar los escudos

Un escudo heráldico de hidalgo alcarreño en la plaza de los Dávalos

Decía Pinel y Monroy, en su «retrato del Buen Vasallo», (Madrid, 1677), que entre las invenciones famosas que ha producido el desvelo de los hombres, es muy celebrado el uso de las insignias o empresas militares, que llamamos armas, habiéndose con ello acreditado la antigüedad de los linajes, distinguido la nobleza de la plebe y puesto como en seguro depósito el esplendor de las familias». Efectivamente, durante varios de los pasados siglos, el arte del blasón y la heráldica fue algo importantísimo para las gentes, de fácil comprensión en todos sus significados y representaciones. Lo que nació como un mera sistema de identificación personal, allá en la baja Edad Media, fue acrecentándose y tomando unas normas de complicación que,  ya en el siglo XVIIT, lo desacreditó totalmente, aún sin llegar a deshacerlo del todo. Desde el sencillo color o la figura simple, los cuarteles fueron amontonándose, creciendo las coronas y cimeras, los yelmos y lambrequines, hasta necesitar la confección de auténticos tratados de heráldica y blasón, y especializarse algunos hombres, lo que llamaban «Reyes de Armas», en la confección e interpretación de estas alambicadas facturas del, orgullo humano. Ese prurito de distinguirse unas de otras las personas y familias, por la antigüedad del apellido y el poder o valentía de sus antepasados, cae hoy dentro de lo inadmisible socialmente de nuestras unidades de convivencia, moderna, en las que sólo el trabajo y el honor personal son portadores, ‑ o debieran serlo ‑ de la valía de un hombre. Pero como de lo pasado ya nada nos es dado destruir, sino contemplar, y, en cualquier caso, conservar para nuestro aprendizaje futuro, ésta de la heráldica es una ciencia que debemos tratar serena y totalmente, respetando las huellas que de ella han quedado, y conservándolas en las mejores condiciones que nos sea posible.

En la provincia  de Guadalajara son incalculable multitud los escudos que en uno u otro estilo, en una u otra materia, nos han quedado prendidos por fachadas y, enterramientos, altares y portalones. La piedra rojiza de Sigüenza, el alabastro de Cogolludo y Cifuentes, las maderas policromadas, los yesos, las pinturas murales, los mármoles y tantos otros materiales en que fueron tallados los orgullos y las presencias simbólicas de los personajes que hicieron nuestra historia, están pidiendo la atención, el respeto, la conservación a ultranza.

Desaparecieron muchos escudos en ventas y destrozos. Reposteros inacabables que llenaban las*paredes del palacio del Infantado, del castillo de Sigüenza; escudos policromados en la madera de retablos, de altares portátiles; blasones minúsculos en las joyas, en los cálices, en los libros y sus encuadernaciones, en las vajillas de porcelana, en las emplomadas cristaleras de los palacios… nada nos ha quedado de ellos. Solamente las recias presencias de las armas en piedra han podido resistir el despiadado empuje de los siglos. Magníficos escudos en los enterramientos del Doncel, de don Rodrigo de Campuzano, de doña Aldonza de Mendoza, de don Fadrique de Portugal, del adelantado de Cazorla, don Pedro Hurtado de Mendoza, hoy , en la iglesia de San Ginés de Guadalajara… grandiosas presencias blasonadas de don Iñigo López de Mendoza, segundo duque del Infantado, en la portada de su palacio arriacense, o con el de su mujer, doña María de Luna, en el patio de dicha casona; de doña Brianda, en la escalera de su palacio ‑ convento; de «los Gallos» en Cifuentes; de los Beladíez en Miedes; de los Suárez de Figueroa en el presbiterio de la iglesia de Torija; del Cardenal don Pedro González de Mendoza en la sillería gótica de la catedral… emblemas de duques, de condes, de marqueses… capelos cardenalicios, episcopales, abadengos… un mundo pletórico de leyenda, de palabras altisonantes, de góticas rúbricas, de hazañas singulares… y una permanencia, fiel y entrañable en nuestros días.

Esto es lo verdaderamente importante: que en esta adelantada razón del siglo XX aún se asomen a las piedras gastadas de los antiguos edificios, ese telar, grandilocuente en donde cada pasó, cada postura, cada lugar del escudo está milimétricamente estudiado y jerarquizado. Para vosotros, amigos lectores, que os apasionáis por el arte y la historia de nuestra tierra, sé que es un gozo encontraros en el caminar por los pueblos de la tierra de Guadalajara, con algún escudo que antes no conocíais. Ver de nuevo esa trilogía de la cruz, la palma y la espada que nos recuerda el paso de la Inquisición;  encontrar una nueva presencia mendocina con el «Ave María Gracia plena» de su leyenda; y pararse unos instantes a contemplar esa carcomida y desgastada piedra que a ti se dirige, y cuenta el avatar de un siglo ido. Para que ese gozo siga existiendo, y pueda repetirse en el espíritu de nuestros descendientes, es preciso defender ahora, en esta coyuntura consumiste en la que ya ni la historia ni el arte comunitario se respetan, estas huellas de la edad pasada: los escudos. La buena voluntad para defenderlos, que a todos sus responsables se les supone, no es bastante. Debe ir protegida y encaminada por, unas leyes tajantes, que sean auténticas veladoras de este acerbo cultural, y que sean respetadas por todos. A este cronista se le ocurre una posibilidad que no quiere dejar de apuntar aquí, por si alguien desea tomarla en consideración: al igual que la Dirección General, de Bellas Artes protege y vigila la conservación de los monumentos y edificios declarados histórico‑artísticos, y en algunos casos más concretos, como en el de todos los castillos españoles, se erige en defensor a ultranza, ¿por qué no puede dictarse una norma legal por la que los escudos nobiliarios existentes en el país, aún continuando en la posesión particular de sus dueños legítimos, sean supervisados por dicha Dirección General en su colocación y destinos, elaborando un catálogo exhaustivo al respecto?

Es sabido de todos, que, últimamente, se han vendido muchos ejemplares de estos blasones, yendo a parar luego a los sitios que menas tienen que ver con ellos, estropeando en muchos casos su valor histórico, y perdiendo, su huella los estudiosos interesados en ellos, con lo que el acervo cultural de la nación sufre un notable menoscabo.

Entre tanto sean dictadas estas normas, la tarea que nos incumbe a los alcarreños es la de defender con ahínco los escudos, altaneros o humildes, de alto linaje o de desconocida cuna, que aún permanecen en las fachadas y los portones de nuestras tierra. Las generaciones futuras nos los agradecerán.

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