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Es necesario salvar las picotas

El rollo de villazgo de Las Casas de San Galindo

Todavía son bastante abundantes los pueblecillos alcarreños, y, en general, de toda la provincia de Guadalajara, en los que podemos encontrar, bien a las afueras, bien en el centro de su plaza mayor, un alto y gris pedrusco, algunas veces rematado en una cuadriplicada cabriola pétrea, que habla por sí solo del medievalismo y las, costumbres judiciales de nuestra tierra. Son estas piedras las que todavía llaman «rollos» o «picotas», emblemas de un antiguo poder y soberanía, y hoy muy poco apreciadas por quienes deberían ser los primeros en defender su integridad y majestuosa apariencia.

Desde la remota Edad Media se vino en la costumbre de levantar por parte del señor de cada pueblo, o, en su caso, del rey de la nación, un palo a alta piedra que serviría de punto ejecutor de la justicia. En esos lugares se colgaban los cuerpos de quienes, violando la ley, habían sido previamente ejecutados en algún lugar menos público. De ése modo, quedaba bien patente a la luz pública la inexorable justicia de los gobernantes. Símbolo, pues, que a lo largo del tiempo fue maridando la función de escaparate mortuorio con el manifiesto contundente de la jurisdicción incontes­table.

De aquellos rollos o picotas primitivas, puestos normalmente en las afueras de los pueblos, no queda prácticamente nada Fue más tarde, a partir del siglo XV, cuando, a la llegada de los Reyes Católicos al poder, se comenzaron a eliminar los señoríos feudales y a conceder, los privilegios de jurisdicción propia a los pueblos, españoles, cuando el antiguo símbolo de la muerte y la implacable justicia se vio transformado en claro y elegante emblema de la independencia villariega. Y así, cuando el rey castellano (Isabel, Carlos, Felipe…) promulgaba el edicto de jurisdicción propia para cualquier aldea de la tierra de Guadalajara, de Atienza, de Sigüenza o Molina, sus habitantes, llevaban a cabo, con riguroso ceremonial una serie, de actos entre los que se contaba, rodeado de júbilo y músicas, la erección en la plaza mayor del pueblo, de una Picota elegante y altiva, que dijera a los viajeros que hasta allí llegaran, del título honroso de «villa con jurisdicción propia» que el rey les había concedido. Viajando por los caminos de la Alcarria, nos hemos ido encontran­do rollos interesantes: así el del Pozo, que se corona en cuatro leones ya muy desgastados, o el de Balconete, de altiva  y limpia estructura gótica. Tal vez sea, el de Fuentenovilla, erigido en la mitad del siglo XVI, el que mayores galanuras estéticas pregona, con su terracilla de balaustres platerescos, y su afiligranado terminal de renaciente corte. Todavía son las picotas de Valderrebollo, neoclásica, y la de Valdeavellano, las que llaman nuestra atención, mientras que en Cifuentes, Castilmimbre, Mohernando, Peñalver y Lupiana, perviven como pueden sus ancestrales Picotas. Todavía por otros lugares de la provincia nos sorprenden estas bellas muestras del espíritu medieval: en Galve de Sorbe, en Bujarrabal, y aún en Palazuelos, hubo en tiempos, o hay todavía, buenos ejemplares de ro­llos. 

Es necesario que todos estos testimonios de nuestro pasado se conserven, respetuosamente y se salven para el futuro. Hay algunos que por su belleza extraordinaria, como por ejemplo el de Fuentenovilla, merecen ostentar el título de monumento provincial, y otros, el de local, para que sea el propio Ayuntamiento el que, con una tarea tan sencilla y honrosa, como es la de prohibir la colocación sobre sus venerables piedras, de bombillas e hilos de la luz, colabore en su mantenimiento y au­téntica apariencia. Da pena, verdaderamente, ver en algunos lugares cómo estos símbolos de un pasado esplendoroso, están ahora en el minúsculo y prosaico co­metido de sostener faroles, en algunos casos de un rabioso brillo metálico, o sirven de lugar donde encajar las palometas de apoyo a las conducciones de luz o de teléfono. Ha de ser tarea, con verdadero calor tomada de las autoridades y de cada lugar, y aún de los vecinos todos, de lograr limpiar eficazmente estos sencillos y bellos monumentos y respetarlos en adelante con el mismo calor con que se toma la defensa de una carretera, de una traída de aguas a de la instalación de una escuela. Y aún en ciertos lugares, como ahora recordamos de Palazuelos, donde la picota fue desmontada hace años para colocar en su sitio una fuente, quedando por el suelo tirados los elementos pétreos que la formaban, no estaría de más que entre unos cuantos vecinos entusiastas de su rico pasado y su valor artístico, la levantaran de nuevo para completar el entorno medieval de su plaza.

No es, en fin, tarea legislativa, ni de ordenanzas. Amar lo bello, gustar de lo que con varios siglos de ventaja nos ha precedido en el mundo, y aún se mantiene erguido, es tarea de bien nacidos y criados con nobleza. Esto es lo que afortunadamente abunda aún en la provincia de Guadalajara. De sus anchos pechos brotará, pues, el aliento conservador de estos venerables fósiles: los rollos o picotas jurisdiccionales.

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