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Juan de Pereda, pintor renaciente

 

Dentro del amplio mundo del arte, plateresco, en nuestra provincia, que nos proponemos ir dando a conocer paulatinamente, por lo que de ilustrativo tiene en el devenir general de ese estilo en España, aparece hoy el primer te iba monográfico que viene de la  mano del color y la leyenda: se trata  del pintor Juan de Pereda, tenido por uno de los primeros cultivadores del estilo italiano en los primeros años del siglo XVI español, y que tan íntimamente conexionado está con Guadalajara ya, pues fué en Sigüenza donde dejó lo mejo de su arte, y por estas tierras anduvo bebiendo y concediendo nuevos modismos. Guadalajara pierde el tono gris de lo románico para ganar el dorado del Renacimiento.

No se conocen datos biográficos respecto a Juan de Pereda. Es innegable su formación italiana, su estrecha aproximación a los grandes maestros de la vecina península mediterránea. Indiscutibles sus influencias leonardescas, rafaelescas y de, Ghirlandaio (1).

Para mí, la primera de las obras que se le atribuyen es un cuadro que se conserva en la iglesia de San Pedro, en Soria, en que aparece la Presentación de Jesús en el templo. Junto a vestimentas y fondos arquitectónicos muy descuidados, aparecen expresiones en los rostros de los protagonistas, y algunas actitudes, como la del acólito que permanece tras el Sumo Sacerdote, en que la influencia italiana se hace manifiesta.

En 1517 realiza para la catedral de Sigüenza una grande y arrebatadora composición religiosa: se trata del Descendimiento que se conserva en la Sacristía de la Capilla de Santa Librada, en la cual se manifiesta aún más su decidido empeño de superarse y conseguir todo el efecto en rostros y actitudes. Los paños y el paisaje están totalmente abandonados. Los rostros, en cambio, de la Virgen María y las dos Santas mujeres que la acompañan son de una gran fuerza expresiva, de una contorsionada viveza que entra, claramente, en el nuevo espíritu tensional del arte renaciente. Olvidado ya del hieratismo pulcro y severo de lo gótico. Abierto aún más a la vida y a la objetiva plasmación de las cosas.

La obra cumbre de Pereda es, sin embargo, el pequeño retablo, compuesto por seis tablas verticales, del altar de Santa Librada, que por orden del obispo don Fadrique de Portugal se levantó en el brazo norte del crucero. Pintó el maestro. Pereda esta obra entre 1525 y 1526, y cobré por ella la fuerte suma de 51.003 maravedises. Poco a poco había ido perdiendo brillo y fuerza su color, hasta que, en las múltiples tareas de reconstrucción de la catedral seguntina, tras la guerra de Liberación, se encargó de su restauración don Eugenio Lafuente, en 1940. Hoy podemos admirar estas tablas en toda su originaria pureza.

El tema central superior de este retablo es un Calvario, que se reproduce en la portada del presente número de NUEVA ALCARRIA, y en el que las dos figuras de la Virgen y San Juan, además de su medido color presentan un estudio de figura de frente y otro de perfil, respectivamente, de una mesura, sencillez, y elegancia que inauguran, magistralmente, el Renacimiento pletórico en Castilla. Cuando aún en muchos lugares del reino se está trabajando con la rigidez del gótico, Pereda en Sigüenza abre cauces, nos los descubre. El Cristo de este Calvario es, también, un portento de delicada anatomía, tratado con mimo, colgado de la cruz como si de marfil fuera. Paisaje y nubes son menos afortunados.

El resto del retablo son escenas, de la vida de Santa Librada, tomadas a tenor de la leyenda que de ella y su ocho hermanas ha corrido por el mundo, a través de los siglos, pero fundamentalmente del Breviario del obispo don Bernardo de Sigüenza, del siglo XII, cuyo original se conserva en la Catedral seguntina (2). En la tabla superior izquierda, según mira el espectador, aparecen las nueve hermanas gemelas, con Santa Librada en primer término, delante de un gran edificio de tradición y arquitectura muy italianas: Representa cuando las nueve vírgenes fueron llevadas hasta el palacio del rey Catelio, acusadas de profesar el cristianismo en la región gentil que dicho rey gobernaba. En el cuadro inferior izquierdo aparecen las nueve hermanas en presencia del rey Catelio quien, según la leyenda, era padre de todas ellas. Las posturas suavemente onduladas, cimbreantes y dulces de las santas, respiran por todos sus poros el hacer rafaelesco, tal vez el más alto grado de elegancia que el arte humano haya alcanzado nunca. Catelio se cubre de una muy renacentista estructura­ arquitectónica, en avenerado, solio. La tabla superior derecha es escena campestre: Santa Librada con unos pastores vive retirada en el campo, huida de la ira de su padre al no conseguir devolverla al paganismo. La tabla inferior derecha representa el martirio de la Santa, que según la versión  de Pereda fue la decapitación (3).

Figuran en esta pintura una serie de elementos que la convierten en pieza de total italianismo: las edificaciones del mejor estilo florentino o de Ferrara; el caballo, totalmente, leonardesco y que culmina el templete regio; los peinados imperiales de los espectadores; vestimentas y tocados de los personajes de primer término, y el escorzo, sacado del «Pasmo de Sicilia» de Rafael, del verdugo que se dispone a sablear el cuello de la Santa. La tabla central de este magnífico retablo es, sin duda, la mejor. Santa Librada, con un libro y la palma de su martirio enmarcada en una suma de perfecciones arquitectónicas, nos muestra un rostro de los que quedan grabados para toda la vida. Muchos museos italianos, y no digamos ya españoles, hay que recorrer para encontrar tal delicadeza de expresión, y tanta perfección en el dibujo.

Aún queda otro cuadro, éste en el Museo del Prado, que siempre fue tenido, por de Antonio de Messina, y que D. Elías Tormo (4) piensa sea de Juan de Pereda. También así lo creo, pues el parecido trato anatómico, de figuras, el severo empaque de las actitudes, y la profusión y, conocimiento de los,  elementos arquitectónicos introducidos en la obra, hacen pensar enseguida en el maestro Pereda. Se trata de una «flagelación de Cristo», atado a una columna cuyo capitel pertenece, por entero, al llamado, “renacimiento alcarreño”, con corona de hojas salientes, estrías perpendiculares, el toro decorado y el ábaco con escotaduras corintias. Son tan parecidos los, capiteles de este cuadro a los que sujetan zapatas en la galería baja del palacio de don Antonio de Mendoza en Guadalajara, que yo diría el pintor se entretuvo en copiarlos iguales.

Queda, pues, aquí esbozado el arte y la producción toda conocida de este pintor, renacentista, quizás aragonés como opina el señor Camón, pero que entierras de nuestra provincia volcó lo mejor de su arte, y abrió nuevas y perfectas sendas para el nuevo modo de adornar el mundo, de comuni­car, si se quiere, la experiencia anímica que supone toda expresión artística.

Notas:

(1) Nos habla, sucintamente, de Pereda, D. ‑ José Camón Aznar en su obra «La pintura española del siglo, XVI», Madrid .1970, pp. 235‑237.‑ No hay referencias a las obras de Ceán o Palomino en las que de continuo bebe  este profesor.

(2) Han hablado o escrito de la vida de Santa Librada y sus hermanas el Deán D. Diego Eugenio González Chantos, quien en 1806 publicó una “Vindicación” de la Santa; fr. Toribio Minguella en su: «Historia de la Diócesis Seguntina», el Dr. Martínez Gómez-Gordo en su «Leyendas de tres personajes históricos de Sigüenza» el Dr. Castillo de Lucas y dos canónigos D. Gregorio Sánchez Doncel y D. Aurelio de Federico.

(3) Según otras leyendas y variada hagiografía, murió en la Cruz, siendo protomártir de este suplicio. Así se la representa en un respaldo de la sillería de coro de la catedral de Tuy, y así nos la presenta en abundantes grabados el Dr. Martínez Gómez‑Gordo en su citado estudio. Circula por Centroeuropa otra leyenda referente a Santa Librada, en la que la representan barbuda y crucificada. A este respecto escribió el Dr. Castillo de Lucas en su “La leyenda centroeuropea de Santa Librada”, y posteriormente lo hizo don Carlos Cid, en su estudio sobre «La Virgen fuerte y los Cristos románicos con túnica manicata».

(4) Lo publica en el tomo XXVI, año 1918, del Boletín de la Sociedad Española de Excursiones

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