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noviembre 18th, 1972:

El Dorado de Jirueque (II)

 

Después de ver la pasada semana las dos imágenes de don Alonso Fernández que en su sepulcro de Jirueque hay esculpidas, vamos hoy a terminar  la descripción de dicho magnífico enterramiento, y a            adentrarnos un poco en las brumas de sus posibles autores.

En la fotografía que acompaña a las presentes líneas se nos aparece una imagen mensajera y reveladora: un arcángel que pregona dos cosas; la salutación a María por un lado, con su «Ave María gracia plena», y el alarido final del gótico, su alzado protestar contra el advenimiento del renacentista estilo. Este ángel, gótico en todas sus maneras, desde el par de alas esbeltísimas, hasta su cuatrocentista peinado, largo y sujeto en la frente, pasando por el ropaje medieval y fuertemente anguloso que te cubre, es el palpable ejemplo del arte de los pueblos que marcha a remolque, con vanas decenas de diferencie, del que se hace en los grandes centros culturales. Hecho en el siglo XVI ya esta imagen angélica revela unas formas todavía medievales, aún no tamizadas en el frío y cerebral hacer del nuevo hombre clásico. Es, sin embargo, una imagen bella y plena de fuerza, con un rostro severo y bien acabado, y una postura, aunque un poco forzada, denota en el autor un conocimiento, grande de lo que te trae entre manos.

Al otro lado del jarrón de azucenas, emblema de la virginidad, aparece la Virgen, en pareja figura y estilo del ángel anunciador. Es éste de la Anunciación un panel que por sí solo, ya merecía todos nuestros elogios y nuestros entusiasmos viajeros. Pero es que se completa al otro lado del sepulcro con otro relieve, también en el amarillento alabastro de toda la obra, en que se ven a Santa Catalina y Santa Lucía, con los símbolos de sus martirios, terrible rueda acuchillada, el par de ojos sobre el platito, esculpidas por el mismo maestro y en el mismo estilo goticista, simple, rudo y bello, de toda la obra.   Son dos mujeres achaparradas y enanitas, con una expresión de ojos claros y rubio pelo, acariciadas por una música de cuerdas a millares, al fondo los trigos y por el suelo un agua celeste que sempiterna lo que toca. Entre ambas figuras, aparecen escudos-emblemas del sacerdocio (unas llaves cruzadas, las de San Pedro, escoltadas por un par de estrellas) que se encierran en redondas coronas de laurel con un, sentido muy victorioso de la vida (en este caso, naturalmente, de la muerte).

Cuando llegó a Jirueque el rumor de la guerra civil, del 36‑39, un vecino de un pueblo cercano, pretendió solucionar los problemas de la Patria dando de martillazos al singular monumento de Jirueque. Gracias a que los del pueblo lo impidieron a tiempo y ensamblaron como pudieron los retazos, lo han hecho bastante bien, y el espectador se hace muy buena idea de cómo fue el primer día.

Finalmente, en el panel de la cabecera aparece un par de angelotes desnudos sosteniendo el ya citado emblema del sacerdocio. Son un par de figuras bastante desproporcionadas y poco perfectas, que nos sirven espléndidamente como contrapunto renacentista de lo anteriormente visto. Fue, sin duda, el relieve tallado en último lugar, y que, al todos los bultos son del mismo autor, señala en él una evolución notable (lo que no quiere decir una perfección).

Abajo, en el suelo, sosteniendo con fuerza y selvática agresividad, seis cabezas leoninas que no desmerecen en nada del conjunto de la obra: sus melenas abundantes y finamente tratadas, sus dentaduras amenazantes, sus cadenas sujetas al cuello, casi en el aire, y su feroz actitud, completan este monumento que, sin hipérbole de ninguna clase, entra de lleno entre las diez mejores obras mortuorias de nuestro arte provincial.

Finalmente, tocar sólo por encima un tema que tiene muy pocas posibilidades de ser airosamente resuelto: la asignación de un autor o autores para la talla. El Dr. Layna se inclinó por la posibilidad de que fuera Lorenzo Vázquez, el arquitecto del Cardenal Mendoza, el autor de ella. Si no su autor material, tarea que se encomendaría a un cantero o marmolista bastante hábil, si el autor de la, traza y los dibujos. ¿Se hizo a partir de 1510, año de la muerte del sacerdote enterrado, o para entonces ya estaba todo acabado? Se funda el doctor Layna, para utilizar esta posibilidad de que Lorenzo Vázquez fuera el autor de la obra, en que hasta hace poco tiempo existía en Jirueque la costumbre de entregar  anualmente varias fanegas de trigo a la parroquia de Cogolludo. Deduce que ya entonces habría relaciones entre ambos pueblos, y como fue en Cogolludo donde Vázquez dejó su mejor obra, en ese pasmo de piedra que es el palacio de los Medinaceli, llega a pensar en que el arquitecto se trasladará, a Jirueque, o, sin llegar a ello, en el mismo Cogolludo trazaría para su amigo Alonso Fernández de la Cuesta el esquema de su enterramiento. Pudiera ser. Hay que tener en cuenta, no obstante, que el palacio de los Medinaceli estaba acabado ya en 1495.

Tal vez sean éstas, las mías, ganas del complicar más el asunto. Lo veo, sin embargo, como algo que no puede dejar de hacerse. Aunque reconociendo, ya de antemano, que sólo son eso, suposiciones, y que su fin es únicamente el de no dejar ningún cabo suelto. Jirueque estaba en el siglo XVI, tan bien comunicado con Cogolludo como con Sigüenza, Henares abajo o arriba, respectivamente. Y aunque Lorenzo Vázquez brillara con su prerrenacentismo en el primero, era más allá, en Sigüenza, donde estaba el toco principal del arte. También el Cardenal Mendoza, obispo de la Diócesis, se preocupaba por las obras de arte en la ciudad mitrada.

¿No puede ser uno de los muchos artistas que allí trabajaban, el autor de este, sepulcro de Jirueque? Yo veo esta obra dentro del círculo artístico irradiado por Sigüenza (terna éste de la influencia seguntina en el arte de los siglos XV y XVI que bien se merece un detenido estudio) y a cualquiera de sus componentes como el autor del sepulcro de don Alonso Fernández. ¿Podría ser Francisco de Baeza, discípulo de Vasco de la Zarza, autor del tímpano de la capilla catedralicia del Doncel? Trabajó en varias obras de Sigüenza durante los primeros años ­del siglo XVI. ¿Y por qué no ese Sebastián de Almonacid, ahora tan traído y llevado desde que el profesor Azcárate apuntaba la posibilidad de que él hubiera sido el autor del Doncel? Este maestro Sebastián tuvo taller en Guadalajara y está documentada su actividad en Sigüenza. Jirueque está en la mitad del camino… Francisco de Coca, el maestro Gaspar, el toledano Peti Juan, el maestro Guillén, Juan de Talavera, y tantos otros artistas que en el, tránsito del XV al XVI laboran el coro, el mausoleo de D. Fadrique, el claustro de la catedral. Son muchos nombres, muchas posibilidades… y muy pocos papeles que digan la última, la definitiva palabra. El historiador ha de jugar, con ellos, con los papeles. Si no los hay, punto final y a otra cosa. Pero el ­Dorado, de Jirueque sigue siendo el mismo, agudizando su perdido soplo y helando con su frío rostro el aire que se atreve a tocarle. Se queda en nuestro recuerdo, pálido y escueto, flotando, entro la maraña gris de la otoñal amanecida.