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Del bronce, como nuevo material en la construcción de sentimientos

 

Es una lástima que esta empiece siendo una historia a las de más, tan bonitas, con su comienzo misterioso, su mundo gordiano enmedio y su triste o aleccionador final. Esta es de esas que ni empiezan ni acaban, porque sus extremos se diluyen en, los tiempos remotos de la inconsciencia. Tal vez vista desde fuera pueda parecer pretenciosa esta calificación, no lo sé. Yo la he visto desde dentro, porque ha sido la mía. Mi historia, la de mi dolor.

Pavlov, Cajal, Broca, Sherrington, y otros fisiólogos de su áurea estirpe, que si corrientes nerviosas, puro fenómeno químico, y, en esencia, eléctrico, el alma, bah, qué anticuallas, lo que se ve se toca se comprueba y se demuestra en el laboratorio es lo que vale, no hay más que materia funcionante, Platón, Aristóteles, Kant Séneca y otros sesudos filósofos: que si una falta de dominio del intelecto sobre la pobre materia, que si el tributo de la materia a su alto dueño el espíritu, pura elucubración metafísica, sólo existe en función de los deseos, destructor de estáticas contemplaciones lógicas, Santa Teresa, Fray Luís de León, Kempis, San Pablo y otros señores o señoritas con dorado círculo sobre la cabeza, que si la ausencia de Dios en nuestra alma, será eterno para el que no lo ha sentido en esta vida, sólo el pecado lo produce, este arrastrarse por el mundo, pero acabará cuando llegue la beatifica visión del Más Alto, Juan Ramón Jiménez, Keats, d’Anunzzio. Bécquer y otros vates de abundantosa cabellera, que si un adiós al amor, que si las blancas nubes y las pálidas estrellas, que si mi amada, tan mona y con los ojos tan azulitos, que sí ha cogido la tuberculosis y está a punto de irse al otro barrio.

En fin, que no hay quien se aclare. Yo tuve amores, mejor dicho, un amor. Yo fui estudiante, fui pequeño y me cortaba con los cuchillos, me vino aquello y me enterraron, en este triste hueco, me ha dado mucho el aire en toda mi vida, y no sé cuando empecé a sentirlo, ni, a pesar de todo, he dejado de llevarlo cogido del brazo, como una novia pálida, a veces de rosa, a veces de luto vestida.

Andrés Hellín, otros me llamaban Juan José Fernández Moya, nunca sabré por qué, tenía una estatua de untuoso bronce en un jardín pequeño de pueblo grande, de pueblo manchego. Se la hicieron sus amigos como homenaje, cuando sacó las oposiciones a se­cretario de Administración Local. «Eres un tío grande, que si tú llegarás, que si invítate a algo, a «una comida». «Claro, a una comida», «bueno, y qué menos, señores, que una estatua», «de bronce, de de bronce», «eso, de bronce, como la de Bartolomé Colleoni en Venecia, que menos», “Porque aquí donde le veis, pequeño él, bastante flaco, con sus grande ojeras y su aire entre burlón, y melancólico, es un héroe. Desde pequeño ha tenido que aguantar mil contrariedades que la veleidosa fortuna le ha ido poniendo en su camino, pero él lo ha superado todo por amor a su pueblo «eso, eso, muy bien» (aplausos), por amor a sus padres, a sus amigos, a sus deberes ciudadanos y religiosos, a su probidad, a su hombría de bien…» Con qué gusto le hubiera dado una patada en la barbilla al idiota aquél de José Luís Rosal, que quería comprarme con palabras, ¡con una estatua! ¿Es que me valoraba tanto, que hasta arriesgaba cincuenta mil pesetas en una estatua para comprar mi silencio? Eso era dolor, lo que yo sentía frente a Rosal, impúdito y hablador, camorrista por lo fino, alcalde de mi pueblo. Nunca pensé en él al hacer mi carrera, ni al preparar las oposiciones, ni siquiera cuando, después de aprobarlas, me concedieron la plaza que solicité, la de secretario del ayuntamiento en que, a lo largo de doce años, José Luís Rosal había entrado a saco diariamente. Sólo pensé en lo que se me venía encima cuando le tuve delante, echando su discurso, poniéndome precio. Andrés Hellín, otros me llamaban Jacinto Iturbi, no es de los que, a primera vista, se lo pasan muy mal en esta vida: sus padres, de los más ricos del pueblo, le daban lo que quería. Era envidiado por los otros. Pequeño, pero con la cabeza muy fina y muy alta «quiero una bicicleta, quiero un álbum, quiero ir a Valencia, no quiero esto, que está muy agrio, ni esto por caliente, ni aquello por pringoso» y sus deseos eran órdenes. El hijo único mandaba. Pero él, ya tan pequeño, acumulaba el dolor entre sus venas. El de saberse demasiado protegido (que son cosas que de verdad se sienten con molestia), el de tener una habitación muy grande, muy alta, muy oscura y vacía, el de sentir su corazón en la alta madrugada como descompuesto, tiritón o algo así raro, el de ser tratado con respeto por la criada, el de aguantar los motes, las bromas sucias, a veces incluso las pedradas, de sus compañeros, el de sentir la terrible presencia de Dios, barbudo e implacable censor de los muchachitos solitarios, el de ir por la calle con la seguridad de que todos le marcaban con el dedo «mira qué flaco, qué poquita cosa, qué orgulloso, qué antipático, idiota, lo peor, él, es él, el niño, Andrés, el de don Paco, él, es él, él, es él, el que señalo con el dedo, ése que estoy mirando, ése, sí, ése, él, ése, es él … » En parte tenían razón: me creía el único, no en lo bueno, claro, sino en lo peor, en los defectos, yo sólo era el solitario, el consentido, el mimado, nadie estaba pringado con mi barro, pero tampoco nadie apaleaba el dolor como yo lo hacía, con rabia y con nostalgia, algunos días con un morboso placer misantrópico, otros con una dulce desesperación romántica. Andrés Hellín, también me llamaban Félix Esperaibé, comenzaba a inquietarse con aquellas palabras “y todos sabemos que responderá a las esperanzas que su pueblo, y especialmente yo, vuestro alcalde, tenemos depositadas en él” lo decía con segundas y se notaba, eso era lo peor de Rosal, que era un bellaco y no se preocupaba por disimularlo, «para conseguir un mañana mejor, el de nuestros hijos, para que se cumpla la profecía … » pero él pensaba que esto era un trago más y, desde luego, no tan duro como el que pasó con María Amelia, tan largo de contar, tan complicado, a todos los hombres les parece complicado el amor, demasiado abstruso para .sus mentes milimetradas y precisas, Andrés todavía no se había hecho a la idea del desastre, era otro trallazo más, otra larga letanía de dolores que guardar, aquél amor por la muchachita del pueblo, de ojos pardos pero que él se empeñaba en verlos verdes, de una asombrosa vulgaridad pero para él lo único que la faltaba era apellidarse de Stael, las noches del verano sin poder dormir, ella subiendo y bajando por un monte lleno de pinos y piedras, y él detrás, sabiendo que siempre se escapaba, cinco largos años de dolor, hasta que se decidió a decirle cual era el apasionado compás de su corazón, para luego eso, para que ella ni subiera a la estación del tren a despedirle cuando se fue a la mili, ¿tan flaco era, tan esmirriado, tan birria? ¿Es que eso era lo más importante? ¿Y sus grandes ideas, sus proyectos, su hormigón armado volando por el aire, como un globo gris y pardo donde poder sentar a María Amelia? No lo pude resistir «ya está bien, no admito tu juego, no puedo, no puedo» y creo que le tiré algo, que le dije otras cosas peores; que me llevaron medio desmayado a un médico, y luego a un juicio, y luego a un caserío húmedo y tristísimo de Santander, donde coleccioné todo el dolor, todos los colores del dolor, la nostalgia, la ira, el desasosiego, todos los trajes y las caretas del dolor, el aislamiento, su dulce recuerdo siempre, seguía teniendo los ojos verdes y siendo exquisita, la airada mansedumbre, quizás una ahogada rebeldía, todo, sí, rodó el dolor. Nunca estuve enfermo, ni siquiera me tuvieron que poner una inyección. Andrés Hellín, otros me llamaban José Luís Rosal, tiene una estatua en un tibio jardín en su pueblo. Una estatua de bronce, de verde y anquilosado bronce matutino. A veces la lluvia la diluye; con el calor, en cambio, renace, pletórica, terrible y dura. Dicen que está embrujada, que el alma de su dueño la visita, la combate, la da picotazos de hierro y sangre.

Y el bronce, también, sufre y padece. Es capaz de dolor, porque ‑sé que la estatua de Andrés Hellín la hicieron con el suyo, con el que una vida es capaz de destilar, verde y fiero.

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