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agosto 3rd, 1968:

Lo inolvidable

 

Publicado en Nueva Alcarria el 3 Agosto 1968

Hay en el mundo muchas cosas que existen un instante y ya no existen. Cosas que pasan. Que viven. Cosas que se alejan. ¿Pero… mueren? Una sonrisa de niño dura un instante. Otro instante después ya no hay sonrisa. Un noble deseo brota del alma enardecida. Poco más tarde sólo existe el viento en esa alma. La música. Y los buenos sentimientos. Y una puesta de Sol incomparable. Y tantas cosas… ¿qué será de ellas?, Son cosas que valen un momento, que solamente durante unos instantes tienen vida, Y son eternas. Porque lo noble, lo bueno, lo auténtico de un momento se prolonga al infinito como la luz de una estrella.

Hay en el mundo muchas cosas que un momento no existen y luego ya existen para siempre. Cosas que aparecen. Que nos sorprenden en nuestro camino. Cosas de las que caemos en la cuenta. Cosas irrenunciables, válidas, qué existen y existirán por mucho que nos opongamos. Las cataratas del Niágara. Un árbol. Una alfombra de colores. Una campana… Cosas con las que hemos de contar irremediablemente.

Y así es como se hace nuestra vida y nuestro mundo: de sonrisas que son y ya no son. De árboles que no son y ya son para siempre. Gotas de agua que al caer sobre la roca hacen ruido, pero irremediablemente se evaporan, desapareciendo. Pero también gotas de agua que al caer y caer sobre la roca, la horadan, dejando en ella un agujero eterno.

Hay en Atienza una de estas cosas. Paseando, un día de invierno por las afueras, por las pedregosas laderas donde hace siglos estuviera situado el mejor barrio del pueblo, me encontré con ella. Y era una iglesia. Es una iglesia., La de Santa María del Rey. Y era un cementerio. Es un cementerio. Lugar donde descansaron, descansan y descansarán los hombres y las mujeres que se han cansado de serlo.

Paseaba, como digo, y me encontré con esto. Una alta torre. La iglesia. Y una tapia. Miré sobre ella: las tumbas, las cruces, los nombres. Y el silencio. Todo ello era algo que de pronto se me aparecía. Algo que brotaba de las entrañas de la tierra y del tiempo. (Pacto diabólico hecho para volver loco, al hombre que piensa.). De las entrañas del tiempo y de la tierra. Brotando lentamente, hasta quedar frente a mí, definitivo.

Tiempo: Por lo menos desde el año, 1112 está donde está la iglesia de Santa María del Rey. Una inscripción así lo confirma. Lo cual quiere decir tiempo, tiempo y tiempo. Siglos, en una palabra. Lo del cementerio es muy posterior; reciente. Pero todo se conjuga para dar la sensación de al­ma aparecida.

Tierra: Piedras blancas, piedras grises, piedras cárdenas. Lisas y gastadas. Cosas bien hechas. Junto a la torre, la puerta que fue principal entrada, está hoy tapiada. Denota modificaciones intensas, cambios sin gusto. El arco que fue de medio punto, ha quedado reducido a una mueca. Pero aún se sorprende en dicha puerta unos capiteles bien labrados y unas inscripciones misteriosas: en, árabe y en latín pone allí lo que pone. Sólo los eruditos han logrado descifrar algunas palabras. En árabe, un misterioso «la permanencia es de Dios». Y en cristiano, según la traducción de Serrano y Sanz, el nombre de Alfonso el Batallador, rey que fue de Aragón, casado con Urraca de Castilla, y el mencionado año de 1112. Posteriormente se le añadió una nueva entrada. Es la que hoy causa más admiración entre los que visitan la iglesia de Santa María. En ella hay más de cien figuras labradas en piedra, representando a ese variopinto y luciférico mundo del románico atencino: dragones, aldeanos, cab­alleros y ángeles, apóstoles, monjes… la vista se pierde entre ellos y la admiración se nos escapa del cuerpo y vaga entre las piedras talladas de las archivoltas. Y por fin, delante de esta puerta el camposanto. El amasijo de lo fugaz y lo eterno. El misterio de la vida, muy cerca de su desvelo.

Pero la vista que nunca se olvida es la que ante nuestros ojos aparece desde lo alto del castillo. Con imitación de águila o azor miramos. Da escalofríos. Pero es inolvidable. Allá abajo está en su frío aterido, en su silencio sepultada, la cosa con calor de generaciones, de manos y de suspiros. La cosa que clama noche y día su larga, su multiplicada historia de tiempos, de tierras y seres humanos.

Ahí abajo está. La Castilla que a todos los rincones llega, a fuerza de no salir jamás del suyo. La gota, las gotas de agua. Las canciones que los hombres cantaron; las sonrisas que las mujeres lanzaron al viento. Y que hoy son silencio. Y que hoy, y a pesar de todo, siguen existiendo, vagando, de nebulosa en nebulosa. O plasmadas en el agujero de una roca. En agujero de roca que es la iglesia de Santa María del Rey de Atienza. Es necesario llegar hasta aquí, hasta los muros del castillo atencino, hasta las paredes de Santa y ponerse a pensar. Es necesario, aquí, en este lugar, llegar a la conclusión de que el ser humano, por cantar cuando se acuerda de Dios, por sonreír cuando ama a Dios, es eterno. Que las unciones que canta, las piedras que labra, las sonrisas que esparce, y los buenos deseos que alberga en su alma, son, a primera vista,, viento que pasa, pero que, irrenunciablemente, domina el Universo. Aquí, en Atienza, hacer, pensar, meditar estas cosas, es necesario. E inolvidable.