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Valfermoso en lo alto

Valfermoso del Tajuña, en la provincia de Guadalajara

 Publicado en Nueva Alcarria el 19 abril 1968

El Valfermoso es el que escucha el romper del Tajuña en las orillas de sus múltiples meandros. Es el que, encajonado entre páramos de olivos, espliego y torrenteras, saca cada año al sol de julio la cosecha que millares de boinas esperaron. Pero aquello que está tan arriba, aquello que parece un aguilucho en el nido de sus padres no es un valfermoso, a pesar de que ése sea su nombre. Me refiero, ya todos os habéis dado cuenta, al Valfermoso de Tajuña, el antiguo Valfermoso de las Sogas, que se asoma al principio en el extremo de la Alcarria que acaricia con su brazo izquierdo el río Tajuña.

Allí arriba está todo lo inesperado. Primero, la subida; las mil y una vueltas que necesita dar la carretera para salvar en cuatro kilómetros el enorme desnivel. Y una vez arriba, cambia el paisaje según cambia nuestra vista. A un lado, los dilatados horizontes de la Alcarria, resecos, blancos, con motas de gris y pardo como el gran animal dormido y asustado que quiere camuflarse. Al otro, los barrancos, el valle: el valle hermoso con su río su blanca y rectísima carretera, sus retales de incipiente verde y moreno claro que descansan. Y al frente, de oponente nada despreciable, el Majadillas cubierto dé cantueso y mejorana, de piedras de colmenas… de cansancio eterno

La vuelta por el pueblo es obligada. Lo primero que nos asalta es la hidalguía de la torre castellana. Ella, y los escasos restos del castillo, nos hablan ligeramente del pasado: Fue el primer marqués de Santillana quien adquirió el lugar en 1444 de Diego Romero, contador mayor que fue de Juan IL Pedro Laso, hijo de este primer marqués de Santillana, señor de Valfermoso, al cazar con doña Juana Carrillo, señora de Mondéjar, obtuvo este pueblo de su padre. Una vez dueño y señor de él Pedro Laso construyó varias casas y el castillo, gastando grandes cantidades de dinero. Pero Laso murió, y, después de pasar a su hermano, quedó, no sin pleitos y discusiones, en poder de a casa de Mondéjar, llevando los primogénitos de esta familia los títulos de Condes de Tendilla y marqueses de Valfermoso. De aquél castillo sólo queda un paredón de la torre del homenaje, en la que aprecia el arranque de su bóveda airosa y la existencia de tres pisos. También permanece aún de pie una torre angular, desgastada por el viento que, durante siglos, ha comido sin descanso sus aristas. Según decía Gabriel Ramírez, alcalde que fue de Tendilla y Valfermoso, en el castillo se guardaban armas viejas: «arcabuces viejos y antiguos». «corseletes y zeladas antiguas», que en cierta ocasión sirvieron para celebrar una carnavalada todos los vecinos.

Seguimos nuestra visita, y llegamos ante la magnífica portada rojiza de San Pedro Apóstol  parroquia de Valfermoso desde el siglo XVI. Sus líneas renacentistas y sobrias dan la sensación de ser la antesala de la casa de un noble de abolengo. En su interior debía haber un gran altar de tres cuerpos, compuesto de estatuas, pinturas y relieves. Mas nada de eso encontramos. Sólo podemos constatar que antes de la guerra estaba… y ya no está. Lo que sí queda en el interior es una afiligranada y magistral bóveda de crucería, altísima y muy bien trazada.

Las callejuelas de Valfermoso son estrechas. El aire de marzo entra y sale por ellas sin pedir permiso a nadie. En el barranco del norte, tras de la iglesia, aún queda nieve helada de alguna nevada pasada. Los aleros de las casas derraman sus lágrimas de deshielo y forman algo, indescriptible por los suelos empinados de las callejuelas.

Al fin llegamos al Ayuntamiento. Metido en los soportales más recios y macizos que hemos visto. También los más oscuros. En la puerta, un papel señala las recompensas que se darán por la caza de alimañas. El precio más ato es para zorras: 125 pesetas. Las más baratas son las ratas de campo: 5 pesetas. Las urracas se pagan a 15, igual que las culebras. Al final de la lista, el alcalde hace constar que esos precios son los mismos que rigen en Romanones, para que a ningún cazador le de por llevarse las alimañas al pueblo de al lado.

Después, apenas queda nada. Los hombres miran al cielo y se cuentan sus historias como cada día, en el banco que hay delante de la iglesia. Trajes de pana, negros y colorados, van perdiendo su color al sol.

Nos asomamos otra vez a la casa‑proa, sobre el valle. Todo da la sensación de hundimiento, de caída lenta En realidad, al sol le queda muy poco para desaparecer detrás del Majadillas. Nosotros nos a7ejamos también del Valfermoso más alto. Abajo le volvemos a mirar y así es como queda en nuestra mente: retador, poderoso, altísimo como el águila, encumbrado como el príncipe, lejano y tierno como la nube que parece inalcanzable, y que  en realidad, está; llena toda de dulzura y lento patetismo.

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