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cisterciense

Bonaval recupera la esperanza

El pasado sábado 25 de marzo, viajó hasta las ruinas del monasterio cisterciense de Retiendas, en la profundidad de la Sierra norte escondidas, el presidente de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, señor García-Page, acompañado de mumerosas autoridades regionales y provinciales. Es la primera vez que un presidente regional (y van ya siete en nómina) dedica un día a viajar hasta aquel enclave, que es una parte fundamental de nuestro patrimonio histórico-artístico. Sustancial para conocer nuestra historia. En la visita planteó una actuación de defensa y recuperación, con dinero público, de aquel enclave monumental. Mantengo viva la esperanza, y espero por ella que sea realidad lo prometido. Por ello quiero hoy dedicar mis páginas de Nueva Alcarria al recuerdo de este lugar, de estas ruinas, de la historia que las hicieron vivas hace muchos siglos. Porque solo manteniendo vivos, palpitantes, los testigos del pasado, podremos intentar avanzar hacia el futuro La presencia La imagen, un tanto idealizada, que todos tenemos de los antiguos monasterios, románticamente derruidos, silenciosamente apartados del mundo, con unas enredaderas escalando los muros de celdas y capillas, sólo nos la ofrece en Guadalajara el abandonado cenobio cisterciense de Bonaval, escondido en un profundo y solitario vallejo de la serranía de Tamajón, entre altas y rocosas montañas, espesos bosques de encinas y argentíferos arroyos. Desde Retiendas es fácil llegar. Se comienza a andar por un camino que, a 200 metros del cementerio del pueblo, en la carretera que de dicho lugar va hacia el pantano del Vado, surge a la izquierda. Sólo se escuchan los pájaros, que los hay a millares, y el rumor suave y lejano del arroyo que corre paralelo. El camino es umbrío, parece que de un momento a otro saldrá de algún recodo un monje cabalgando un pollino, o que si no andamos vivos y despiertos, nos puede ocurrir lo que a San Virila en Leire, que por saber lo que era la Eternidad, pasó 300 años escuchando el canto de un jilguero. Al abrirse el vallejo después de dos quilómetros de andadura, aparece la mole pálida y grisácea del monasterio. Es su estructura muy característica del construir del Cister en el siglo XII o comienzos del XIII. El templo, tal como aparece hoy, es casi tan ancho como largo. De sus tres naves, sólo queda una, la de la epístola, cubierta. Las otras no tienen otra techumbre que el Sol y las estrellas. […]