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septiembre 11th, 2020:

Científicos de Guadalajara

diccionario de autoridades cientificas de guadalajara

Estamos acostumbrados a hablar (y en loor casi siempre) de Guadalajara como sede patrimonial de edificios, de conjuntos urbanos, de obras muebles del arte y de estupendas muestras de la Naturaleza.

De sus pintores, de sus poetas, de Cela y los conquistadores de América, de guerreros medievales y monjes profetas… pero de lo que muy pocas veces se habla en Guadalajara es de sus científicos. Y debería hablarse, más aún en este tiempo en que ha quedado demostrado (o hubiera sido deseable que hubiera quedado demostrado) que la Humanidad solo tiene porvenir y anclaje a través de la Ciencia. Lo demás es literatura huera, entretenimiento para las tardes vacías, aplausos inaugurativos de promesas aéreas. La Ciencia nos salvará de la hecatombe… o no nos salva nadie de ella.

El dentista de Alovera Félix Arroyo

Todo este severo preámbulo viene a costa de que por fin disponemos de un museo (en forma de libro) que recoge figuras de la Ciencia en Guadalajara. Que aquí han nacido, o que por aquí han pasado, ejerciendo tareas de investigación, pensamiento y docencia. La verdad es que no son muchos, quizás porque Guadalajara ha sido siempre tierra de paso, camino de piedras (Alcarria en su primera definición) y trampolín para mejores metas. Pero en el trayecto ha habido muchos que han dejado su huella de saberes, de hallazgos y sorpresas.

No tiene, ni ha tenido Guadalajara, muchos espacios para el ensayo científico. La Universidad de Sigüenza fue una de las “menores” en el ranking hispano de universidades. El Ateneo de los Mendoza en su palacio ducal era más un teatro de vanidades y elogios que un lugar de análisis. Y en los modernos tiempos, solo dos instituciones han sido capaces de centrar el sosegado pensar de los científicos en nuestra tierra, a saber: el Instituto de Enseñanza Media, y la Academia de Ingenieros Militares. De sus aulas han salido alumnos y profesores que han rendido con nota muy alta, y lo han hecho en ellas, en las habitaciones que rodean el “patio de la palmera”, o en las salas de profusa sabiduría que tuvo la hoy ya inexistente Academia Militar.

En ese libro, que firmamos el profesor Francisco Javier Sanz Serrulla y yo mismo, y que ha sido resultado de una labor de muchos años, de investigación y búsquedas (de recorrer caminos, que entrega siempre la mejor satisfacción) recogemos un centenar de figuras que colocan a nuestra tierra en el mapa de la ciencia. ¿A qué se dedicaron esas gentes? Fundamentalmente a la Medicina, al resto de ciencias biológicas (farmacia, botánica, veterinaria) y a las experimentales materias de la química y física, de la geología y astronomía, y aún de la lingüística, quedando un ancho departamento, el de la ingeniería y los preludios de la aerostación, la aviación y la conquista del espacio, en manos de un amplio y selecto grupo de personas que en nuestra ciudad nacieron o desarrollaron sus conocimientos en estas materias, en el ámbito de la Academia de Ingenieros Militares.

El doctor Benito Hernando, catedrático de Medicina

Porque conviene dar nombres, y así centrar el ámbito de actuaciones y materias que en este libro/museo se tratan, debería recordar, aunque sea someramente, las figuras de Pedro Camarín, un paisano de Auñón que se dedicó de por vida a recopilar, nada menos, que toda la ciencia hasta entonces producida por el Hombre a través de su fabulosa “Poligrafía”. Era el siglo XVI, el mismo en que Pedro S. Ciruelo dio clases en la universidad seguntina, Huarte de San Juan anduvo por Sigüenza también, ejerciendo de médico, y Bernardino de Mendoza se movió por Centroeuropa y los Países Bajos ideando y perfeccionando sus armas de guerra con aires de modernidad.

El tiempo barroco supo entre nosotros de las figuras de Félix Pérez Arroyo, dentista avanzado; Gaspar Casal, que también brilló en Sigüenza desde su Asturias natal; Rostriaga, el gran creador de relojes y máquinas de lo más diverso para medir, que es la esencia de cualquier avance científico; y don José Torrubia, el paleontólogo que llegó a escribir el “Tratado de Gigantología española”.

El positivismo del siglo XX dio la más numerosa cosecha de sabios entre los nacidos en la Alcarria. Sería interminable citar solamente sus nombres. Hay que repasar el medio millar de páginas de que consta el Diccionario que ahora saludo, para espigar nombres como los de los médicos briocenses Serrada y del Río Lara, que hacen avanzar la histología y la gastrología en España; José García Fraguas, el higienista honra de Marchamalo; o Marcelino Martín y Modesto Bargalló, que desde sus cátedras en el Instituto de Enseñanzas Medias de la capital dieron impulso a un saber científico de popular nivel. Hay que recordar también a médicos muy activos como Francisco Layna Serrano, quien además de su tarea como historiador y defensor del patrimonio cultural alcarreño, formó en la avanzadilla de los estudios sobre las enfermedades de garganta, nariz y oídos; más los médicos Alonso-Muñoyerro, pediatra, Vicente Borobia, urólogo, Luis Pescador, cardiólogo, y Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo, puericultor.
Inútil considero sacar aquí el listado de tanto sabio. Lo importante es que su labor está recogida, analizada y expuesta para general admiración. Ya tienen los pueblos de nuestra provincia motivos suficientes para dar nombres a sus calles o levantar estatuas a personajes que laboraron por la construcción del camino que realmente salvará a la Humanidad del desastre: la ciencia. En esta obra, que ha patrocinado editorialmente la Excmª Diputación Provincial de Guadalajara, y que servirá de reclamo hacia una consideración más seria y trascendente de nuestra tierra, se suman profesiones, entusiasmos, y experimentos. Los cien científicos que en ella aparecen (con sus correspondientes índices por nombres, y por materias tratadas) muestran sus retratos también, sus firmas, las portadas de sus obras más representativas, la bibliografía de sus tareas y la basamenta crítica de sus consecuciones. Solamente aparecen personajes ya fallecidos (porque si hubiera que añadir los que aún permanecen vivos, y en activo, el libro se hubiera ampliado considerablemente) y en todo caso la obra se ofrece como un homenaje a cuantos han dedicado su vida a la ciencia. Desde esta pequeña parcela del mundo que es Guadalajara.

El diccionario de autoridades científicas