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La voz de Archilla

El próximo domingo 7 de agosto, Archilla vivirá una jornada emotiva por cuanto va a tener lugar, en la sede de la “Asociación de Amigos” del lugar, y que recluta de forma voluntaria a todos sus vecinos, la presentación de un libro que condensa la historia de este enclave alcarreño.

Desde hace muchos siglos existiendo, como todos los pueblos de la Alcarria tiene Archilla su historia íntima, de pestes y batallas, de señores y cofradías. Desfilan por sus páginas las ermitas, los retablos, las fuentes y las fiestas que constituyen su esencia, y servirá para cohesionar más, y enraizar de veras, a sus gentes.

 

En medio del Tajuña

 Rodeado de frondosas arboledas, húmedas praderillas, huertos y fuertes cuestarrones cubiertos de tomillar y olivares, asienta el case­río de Archilla, en la orilla derecha del río Tajuña, y en la parte más baja de su valle medio. Las altas mesetas de la Alcarria se cier­nen sobre los netos límites de los cuestudos cerros que forman el valle, exuberante de vege­tación y arroyos, contrapunto de la seca meseta, melodía fiel de lo que la comarca alca­rreña es en toda su dimensión y policromía.

Tras la reconquista de esta zona septentrio­nal de la Alcarria, en el siglo XI, el lugar de Archilla quedó incluido en la jurisdicción del alfoz o Común de la Tierra de Guadalajara. En 1184, el Concejo de esta última villa entrega Archilla, como remate de antiguo pleito, a don Gonzalo, médico, que se hizo dueño de gran parte del curso del Tajuña (Archilla, Balconete, Romancos y aun los Yélamos). Pero en 1186, este magnate lo donó a la Orden de Santiago. A su vez, la orden militar referida, en 1214, entregó el lugar de Archilla al arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada, quien poco después se lo entregó al Cabildo tole­dano, aun quedando él con ciertas preeminen­cias y derechos. En 1233 se le concedió a Archi­lla la prerrogativa de usar el Fuero de Brihuega. Durante los siglos de la Baja Edad Media siguió estando incluida esta aldea en el señorío alca­rreño de los arzobispos toledanos. En la segunda mitad del siglo XVI, Felipe II obtuvo del Papa el poder suficiente para enajenar bie­nes pertenecientes a la Iglesia, órdenes milita­res o religiosas, y así hizo con Archilla, a la que dio privilegio de villazgo, y vendió a don Juan Hurtado en 1578. De este caballero y sus sucesores nos habla Aurelio García López con abundosa locuacidad y detalles sustanciosos.

 Nuevos datos y nuevas imágenes

 En Archilla ha habido, como en botica, de todo un poco. Ya se sabe: restos arqueológicos de los que todos hablan pero nada en concreto se ha estudiado. Edad Media remota y problemática en la que apenas si se sabe que hubo epidemias y de vez en cuando la población se diezmaba. Y época renacentista en la que todo pareció resurgir.

La obra de Aurelio García López ofrece nuevos y curiosos datos sobre Archilla, que fue lugar en sus tiempos, del alfoz de Guadalajara primero, del arzobispado de Toledo después, y del señorío familiar de los Dávalos durante los siglos medios.

De estos señores, el autor proporciona abundantes y curiosos datos.

Hacia 1578, el rey Felipe II fue autorizado por la Santa Sede para segregar de la mitra toledana varias villas y lugares: Archilla pasó a la corona, y ésta la enajenó, con título de señorío, a don Juan Hurtado, vecino de Guadalajara.

A finales del siglo XVI, en 1595, pasó el señorío a manos de don Francisco Dávalos y Sotomayor, propietario del palacio de su nombre que hoy en Guadalajara sirve de sede a la Biblioteca Pública Provincial. En ese familia permaneció la villa durante muchos años, hasta que a mediados del siglo XVIII, por casamientos de sus herederas cayó en las manos de los Velandía, marqueses de Tejada, y luego en los de Torrejón, hasta que llegó a comienzos del siglo XIX el tiempo nuevo de la desaparición de los señoríos, y Archilla cobró vida como municipio constitucional.

García López, en su búsqueda permanente de datos, ha navegado por los archivos de la parroquia, de la Diputación, de las diversas bibliotecas especializadas, y ha llegado a la raiz de las noticias, que es la propia gente. Al menos, en lo que se refiere a las tradiciones y las fiestas populares. Y así encuentra muchas letras de canciones, de rondas sobre todo, y de jotas también, que se han cantado en Archilla con motivo de sus celebraciones.

En el libro, que se ameniza además con muchas fotografías antiguas, surge con fuerza la memoria de la Ronda, un elemento consustancial al pueblo, cuerpo de muchos cuerpos, que han ido formándola a lo largo de decenios. De tal manera, que ha quedado una placa en su memoria, puesta también por la Asociación de Amigos, y desde luego la vitalidad propia de seguir sonando cada año en sus momentos claves. Son letras divertidas, y auténticamente populares. A todo ello se añaden los versos de Francisco Castillo Gálvez y de José Cascajero, dedicados a esta villa en diversos momentos.

Pero en esta obra aparecen también, por primera vez reproducidos, elementos en imágenes del patrimonio de Archilla. De una parte, edificios que hubieran pasado desapercibidos si no se hace este estudio. De otra, piezas de la orfebrería, los retablos y el arte sacro que forma en el arqueo minucioso de la provincia.

Así descubrimos algunas de las casas que, aunque hoy muy transformadas, fueron sede de las familias de cierto postín o poderío en esta tierra de general humilde. La casa de los Pérez, la de los Medrano, y la de los Bedoya relucen ahora con el mérito de los años, con sus piedras bien labradas, sus arcos solemnes de adoveladas sillerías, y hasta con algún que otro escudo que reverdece blasones antiguos. La gran casa señorial de los marqueses de Torrejón fue derribada hacia 1930, cuando se levantaron frente a ella las nuevas escuelas.

La iglesia no puede ofrecer ni arte ni veteranía, porque en la Guerra Civil quedó hecha polvo, y aunque se muestran imágenes de cómo era su espadaña, claramente de raíz románica, a principios del siglo XX, y los añadidos que la aumentaron de volumen, sin embargo fue reedificada en la Paz y ahora es noble edificio de cultos con sus imágenes nuevas y sus lucidísimas pinturas de los Cuatro Evangelistas en las enjutas de la bóveda central, regalo que hizo hace tres años el gran pintor afincado entre nosotros, don Ricardo Sánchez-Pardo y Roldán, quien en Archilla dejó mostrado su exquisito arte compositivo.

Vemos la cruz antigua, y vemos los retablos que fueron, y las imágenes que los han sustituido: San Román y San Roque por todas partes, como patronos de sus fiestas y de sus gentes, como referentes celestes de tantas celebraciones y alegrías.

También a los personajes ilustres de Archilla dedica el autor de este libro algunas páginas. Muy en especial a don Pedro Castillo Gálvez, del que personalmente guardo un excelente recuerdo, porque fue maestro tan de verdad y en profundo, que consagró a niveles de ancestralismo esa profesión de maestro que, junto a las de cura y médico, son las esenciales de los seres humanos.

Este es un libro que no tiene miedo a enfrentarse con el pasado: lo explica y lo realza. Vivimos ya en un mundo –España en estos momentos está en una fase de extraña paranoia en la que se esparce su pensamiento entre el momento presente y el ayer más inmediato- en que lo antiguo parece no tener ningún valor, o al menos ninguno positivo. Parece como si España nunca hubiera sido católica, o imperial, o el lugar donde vivieron genios de las letras, las artes y la oratoria. Se reniega de ellos, de lo que hicieron, solo por quedar bien con quienes mandan. Y no es así: el pasado de nuestro país es algo que debe llenarnos de orgullo, o, al menos, de satisfacción y tranquilidad porque la mayoría de las cosas que se hicieron estuvieron bien hechas, y son o deberían ser nuestros referentes. Aquí, en esta “Historia de Archilla” que es mínima imagen de otra Guadalajara más ancha, de otra España más grande, están las memorias de sus gentes agrícolas, de sus señores y sus reyes, de sus fiestas sacras y profanas, de sus corridas de toros, sus rondas alegres, sus procesiones entre los campos. Está la memoria de un tiempo en el que podemos mirarnos con tranquilidad, sin complejos, porque la inmensa mayoría de la gente que lo protagonizó era buena, y honrada, y trabajó y vivió para que sus hijos fueran mejores aún que ellos.

 Un libro de verdad

 La presentación, que correrá a cargo del propio autor del libro, Aurelio García López, con asistencia de la presidenta de la Asociación de Amigos, Raquel Castillo, y la de quien fuera presidente durante más de 25 años, Pedro de Lucas, verá surgir una obra de casi 300 páginas, muy ilustrada, con información referente a la historia, el patrimonio, el costumbrismo, los personajes y muchos otros detalles de la localidad. Es el número 78 de la colección de libros “Tierra de Guadalajara” que la editorial AACHE lleva lanzando desde hace años. En los próximos días estará al alcance de todos los lectores en librerías e Internet.

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One Comment

  1. Manrique de Lara dice:

    Un sencillo y a la vez revelador libro sobre la esencia de un minúsculo lugar del valle del Tajuña. Para mí, que es un ejemplo rotundo de lo que debe ser un libro completo, ameno, bien presentado, que llegue a todos, sobre un pueblo.

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