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Un viaje por el río Salado

He querido pasar la tarde usando el coche para ir de un lado a otro por el valle del río Salado. No desde su nacimiento, pues este está en la parte más septentrional de la provincia, y la variedad de paisajes y pueblos que cruza es enorme. Lo he empezado a recorrer desde Santiuste, un pueblo mínimo que se esconde entre lomas y colinas que bajan de las sierras atencinas. Y entre ellas nace un regato, que ahora en primavera es abundoso de aguas y algas, el regato de Santiuste. Desde él, seguiré bajando hasta que las aguas del Salado den en el Henares.  

El río Salado, desde el puente de Viana de Jadraque

 

 Santiuste   

 Es este un pequeño lugar, oculto en breve y encantador vallejo, ocupado por un reducidísimo número de personas, en su mayoría ancianas, que se han ocupado de laborar el terreno en muy escuálidos trechos, en trabajar el monte y en cuidar algo la ganadería. Unas pocas casas, de buena conservación en todos sus caracteres de arquitectura popular rural, dan escolta a la iglesia parroquial, dedi­cada al Salvador, obra de no subido interés, que muestra al exterior una torre bien armada, de sillería en las esquinas, huecos para las campanas y unos pinachos en sus esquinas que la hacen parecer anuncio de bolera. La puerta de ingreso está al sur, y es de dovelaje monumental, semicircular, huérfana de adornos. Lo más singular del templo es el ábside, recientemente restaurado: de planta semicircular, con modillones bajo el alero, es obra muy primitiva del estilo románico rural. El interior es de una sola nave, sin nada artístico que reseñar.   

Miré algún viejo libro, de anónimo autor, sobre su historia, y leí lo que dice: aneja en todo a la Tierra de Atienza, formó en su común y se rigió por su fuero. En el siglo XV pasó a pertenecer al Común de Jadraque, englobado dentro de su sesmo de Henares. Con este territorio fue pertenencia de los Carrillo, en el siglo XV, y luego de los Mendoza, desde finales de dicho siglo al comienzo del XIX. Nada más ocurrió en este lugar, si no fueron los años pasando en silencio y paz. De antes de la historia es un castro, de la Edad de Hierro, que estuvo ocu­pado por los celtíberos, en el lugar denominado «el Casti­llejo».   

Pasado el pueblo de Santiuste, la carretera estrecha pero bien asfaltada baja entre árboles hasta llegar a unas pronunciadas cuestas, entrando como entre una hoz pendenciera y rugiente en el valle, todavía estrecho, bravío, umbrío y gris del río Salado. A esta zona la llaman el Estre­cho, porque en ella las rocas se arraciman y se crea un ámbito irreal y digno de admirarse.   

Acaba de pasar el río por la angostura del embalse de El Atance, y a nuestra izquierda sale una carretera que dice “a la presa”. La ignoramos, y seguimos avanzando hacia el sur, junto a las aguas saltarinas del Salado.   

 Huérmeces del Cerro    

 Se sitúa este pueblecito en un encantador paraje donde los roquedales y las arboledas se conjugan a la perfección, estando ocupado el valle del río Salado a ambos lados por su caserío. La carretera atraviesa también entre las casas, y a la izquierda vemos que medio centenar de personas han montado el taco, el tradicional ágape en que suelen terminar, de pie, con tasajos y vinos en vasos de plástico, las cacerías.   

Saliendo ya, a un extremo del pueblo, y en un altillo, nos saluda la iglesia parroquial, dedi­cada a Santa María Magdalena; muestra una espadaña de tipo barroco popular, y una puerta de entrada al mediodía, sin más detalles artísticos que reseñar, si no es que a sus pies se extiende, primero el camposanto, y segundo un parque de repoblación de pinos y arboledas diversas, en medio del cual se ha plantado un Monumento a la veteranía agrícola y constructora de las gentes del pueblo. Es un autohalago que aplaudo, aunque el parque que le rodea dejó de cuidarse hace años, posiblemente el día después de la inauguración del monumento.   

En un momento me paro a mirar las casas, que hace años eran de arquitectura popular rural correspondiente a la comarca de la serranía de Atienza. Muchas se han caído, o las han tirado, y ahora surgen chalecitos y casas de mayor confort, aunque sin carácter autóctono. Es este un problema común a toda la provincia.   

No encontré el antiguo molino sobre el Salado, que dicen las crónicas y que ya en el siglo XVI estaba en funcionamiento y pertenecía al Cabildo de la Catedral de Sigüenza. Pero lo que sí pude admirar, y a mis lectores animo a que ellos lo hagan, fue el conjunto de hermosos paisajes y lugares amenos para el descanso y las excursiones a pie que tiene el término. Sobre el mismo pueblo se alzan varios cerros: el Picarón, el Picazo, Peñalta y el cerro de El Letuero. En Peñalta existen unas oquedades curiosas en la roca en las que se han cons­truido sendas taínas para el ganado. Desde la cima del Lutuero, se divisa perfectamente el castillo de Atienza. En su vertiente está el Henares, en la junta de los dos ríos que con­fluyen en Huérmeces: el Salado y el Riato que baja desde Santiuste. Pueden planificarse algunas excursiones, siempre a pie, hacia la fuente del Guarradal, y hacia la presa de El Atance, Salado arriba.   

Por decir algo de su historia, se pueden repetir las palabras dedicadas a Santiuste: es pueblo de muy antiguo origen, pues ya en la primera mitad del siglo XI figura en la breve relación de lugares conquistados por Fernando I a los moros (Santamera, Riba de Santiuste, etc.) en los alrededores del fortísimo castillo y población de Atienza. Tras su reconquista definitiva por Alfonso VI, fue más tarde, en 1140, donado por el rey de Castilla, a instancias del conde don Rodrigo de Lara, al monasterio de San Pedro de Arlanza y a su abad don Lope, quedando en su señorío durante algún tiempo, aunque luego volvió a formar parte, en calidad de aldea, de la Comunidad de Villa y Tierra de Atienza, pasando luego a la de Jadraque, en su sesmo del Henares, y con ella a los señoríos directos de los Carrillos (siglo XV) y de los Mendozas (siglos XVI al XIX) figurando entre los extensísimos estados del duque del Infantado du­rante estos últimos siglos.   

Viana de Jadraque    

 Por aquí discurre el río Salado amable y entre arboledas, con la silueta de los calizos cerros de crestas puntiagudas de Huérmeces al fondo. Poco antes de llegar al pueblo, hay un puente largo, de pilotes, bajo el que susurra el río. Me paro a mirar las aguas, que repiten su acerada oscuridad reflejando el cielo sombrío. Y enseguida llego a Viana, subiendo leve cuesta desde el valle.   

Por aquí el paisaje es ancho, amable, bien cuidado. Los montes que los circundan, algo apartados, son de perfiles suaves, ocupados de encinares. Por un camino que sale de la fuente, yendo hacie el norte siempre, se llega al llamado barranco de la Hoz, her­mosísimo paraje en el que se acumulan, a ambos lados de un estrecho pasadizo, dos series de altísimas y sorprendentes rocas, de tipo arenisco, que merecen ser objeto de una dete­nida excursión. Al final de dicho barranco, en la parte más alta del mismo, se ven los vaciados en las rocas de grandes piedras paralepipédicas, que dicen en el lugar sirvieron de materia prima, transportadas con bueyes, para la construc­ción de los edificios del Banco de España y el Palacio de Comunicaciones, en Madrid. Lo que sí que ví, en el suelo, fueron piedras enhiestas que señalaban enterramientos. Y en las caídas del cerro, hay talladas sepulturas antropomorfas. Es un dato para los arqueólogos.   

Junto a la parada del autobús dejo el coche, y me dedico a patear el pueblo. Lo primero que me encuentro, -y después de la vuelta entera al caserío, creo que es lo mejor de todo- una estupenda fuente pública, de bonita talla en piedra, que tiene por caños unos plateados cangrejos, de esos de río que forman ya parte de la “fauna desaparecida y arrasada” de nuestra provincia. Pocas casas quedan ya de ley antigua, todas han ido siendo reformadas, o levantadas de nuevo. La iglesia, en lo alto, muestra orgullosa su perfil barroco, en la espadaña, mientras que el resto del edificio es de lisas paredes, con la puerta abierta al norte, y una canasta de baloncesto colgando del muro mayor campanero, todo muy ibérico.   

De historia, lo mismo que los anteriores: formó en siglos medios en la Comunidad de Villa y Tierra de Atienza, tras su reconquista en 1085 por Alfonso VI. En el siglo XV pasó a depender de la villa de Jadraque, incluyéndose en su sesmo del Henares. Luego pasó al señorío de Gómez Carrillo, quien lo dio a su hijo Alfonso Carrillo de Acuña, y éste lo traspasó y cam­bió por otros lugares y títulos con el Gran Cardenal de España don Pedro González de Mendoza, de quien quedó definitivamente en las casas que sucesivamente fueron armando los Mendoza.   

Baides   

 Ya en plano todo el valle, ancho, luminoso, el río se pierde entre juncales, zarzas y algunas arboledas. Para dar finalmente en el padre  Henares, que desde Sigüenza baja sonando oscuro. Baides asienta en un montículo sobre la junta de estos ríos, Henares y Salado. El lugar fue importante porque tuvo privilegio de ser paso de caminos, y tener puentes. En un par de ellos, además, los merinos del rey cobraban impuestos a los que pasaban: el pontazgo de los fueros viejos.   

Lo primero que ve el viajero al llegar es el puente viejo sobre el Henares, al que se llega pasando bajo otro puente por el que en ese momento cruza a toda velocidad un tren. El río en Baides está bien encauzado, herboso en sus orillas, limpias las calles, con un largo paseo escoltado de olmos dedicado a Angel María de Lera, el escritor que nació en el lugar. Algunos puentes de madera cruzan el Henares, coquetos.   

La espadaña de la iglesia de Baides, arriba de la escalinata de piedra y musgos.

 

 Algunas cosas que destacan en Baides: la iglesia primero. Está en lo alto, y se sube a ella por una escalera ancha y fácil, de piedra rodada, antigua. El viajero ve con sorpresa que la escalera está exactamente igual que hace 23 años en que la subió acompañado. Esto le tranquiliza porque demuestra que las cosas, todas las cosas, siguen en su sitio.   

Arriba de la escalera surge valiente la espadaña de la iglesia, que es románica. Se ve el ábside a oriente, cuadrado, y en el muro del norte se adivinan los arcos de una primitiva galería porticada, hoy tapiada, pero que en el interior es muy visible, con capiteles y todo.   

Para acabar el paseo, y la memoria de lo visto, decir que la historia de Baides es antigua, pues muy posiblemente fue habitáculo de los antiguos celtíberos, y es casi seguro, por los estudios hechos por arqueólogos profesores, que por aquí pasaba la calzada romana desde Mérida a Zaragoza, pues algunos hallazgos esporádicos así lo atestiguan.   

Tras la reconquista de la zona a fines del siglo XI, quedó incluida dentro del amplio territorio comunal de la villa de Atienza, quedando luego incluida en su segregado ámbito de Jadraque. Se sabe que en el siglo XV ostentaban el señorío de Baides los poderosos caballeros López de Estúñiga: en la primera mitad de dicha centuria era su poseedor don Diego López de Estúñiga, y en la segunda su hijo y nieto don Pedro y don Francisco, respectivamente. De esta familia, que poseía señoríos, comarcas y pueblos en el actual territorio de Guadalajara, pasó Baides, junto con el estado de Galve, a los condes de Monterrey, y de éstos, tras varias transmisiones, vino a los condes de Salvatierra. El palacio de estos señores aún se conserva, aunque remodelado y modernizado, dentro del pueblo, rodeado de alta valla y magnífico jardín.   

La tarde acaba viendo desde el alto que me lleva hacia Sigüenza, cómo corre el Henares, cargado de aguas primaverales, oscuras y antiguas.   

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