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Patrimonio Monumental de Azuqueca

En el Bulevar de las Acacias, eje de la parte antigua y baja de Azuqueca, se está celebrando estos días la primera Feria del Libro de Azuqueca de Henares. Un momento, y un lugar, para descubrir esta población de la vega del Henares, la segunda en número de habitantes de toda la provincia, y tenida ahora, y desde hace bastante tiempo, como lugar exclusivamente dedicado a la industria y a lo residencial.

Sin embargo, Azuqueca tiene su propia historia, de poblachón agrícola durante siglos, de lugar asentamiento de culturas prehistóricas en la vega y en las orillas del río, y espacio caminero en el paso secular del camino eje de la Península, entre una Hispania y otra, entre los valles grandes y queridos del Guadalquivir y el Ebro.

Esta puede ser buena ocasión, al tiempo que visitar esa Feria, que tiene en su pequeñez el encanto de lo doméstico y entusiasta, para conocer mejor Azuqueca.

Azuqueca monumental

La villa es toda ella un conjunto moderno y de bien ordenado urbanismo. Lo que podríamos denominar “conjunto monumental” se reduce a unos cuantos edificios religiosos de respetable antigüedad, de varios siglos. De ellos destaca la iglesia parro­quial, dedicada a San Miguel, que es obra del siglo XVI, mostrando una fábrica de ladrillo y sillarejo con sillares esquineros de agradable aspecto y típica combinación en esta comarca de la Campiña del Henares. Una torre airosa toda de ladrillo, y un atrio porticado a mediodía, con cinco arcos, de buen arte renacentista, y capiteles jónicos en el remate de sus columnas, es todo lo que puede desta­carse en este edificio. En su interior, restaurado, aparece al fondo un moderno retablo, con el Arcángel en el centro, y a sus lados unas pinturas de Carmen Vives Camino.

En una imagen que acompaña a estas líneas, vemos la iglesia de San Miguel de Azuqueca, con la perspectiva y el ojo artístico de César Gil Senovilla, siempre atento en la búsqueda de las esencias provinciales.

Un elemento artístico ha sido recientemente añadido al conjunto azudense. Se trata de la iglesia parroquial de Santa Teresa de Jesús, instalada a la entrada de la colonia residencial de ASFAIN, en la carretera hacia Meco. Esta edificación religiosa procede del desaparecido pueblo de Alcorlo, sumido bajo las aguas de un pantano, y trasladado el conjunto del templo, que es obra sencilla del siglo XVI con algunos elementos románicos, como su espadaña y la pila bautismal, piedra a piedra hasta Azuqueca. Se hizo este traslado entre 1984 y 1987, en que fue terminada e inaugurada. Aún recordamos la estampa de esta iglesia en su lugar primitivo, rocoso y serrano, en la población oscura y pizarrosa de Alcorlo. Apostada sobre una eminencia rocosa, en lo más alto del caserío, lucía con su piedra de tono gris-rojizo, mostrando al exterior su espadaña triangular de clara reminiscencia románica, y al sur la puerta de acceso, de arco semicircular entre dos contrafuertes. En el interior de una sola nave y de pequeñas dimensiones, hecha para las necesidades de una población reducida, asombraban sus arcos de piedra, majestuosos, y en el fondo del presbiterio un pequeño retablo de tradición renacentista. Sobre el espacio sagrado del altar, la cúpula mostraba un alfarje ochavado de madera con trazas de evocación mudéjar, muy al estilo de lo que se solía hacer en el siglo XVI.

A la salida del pueblo en dirección a Alovera, hoy enmarcada por unos jardines supercuidados, se en­cuentra la ermita de la Soledad, un edificio muy típico del siglo XVIII, con amplio pórtico, nave única, ancho crucero y cúpula con linterna, restaurada con acierto. Su fábrica es de paramento de ladrillo y piedra. El pórtico se construyó hacia 1955. De nave única, tiene un marcado crucero y un alto cuerpo central con bóveda sobre el crucero. En su interior se conserva la imagen de la Virgen de la Soledad, tallada en 1769 por el escul­tor Juan Pascual Medina.

Es interesante la Casa del Cura en la calle Soledad. Una casa sencilla de dos siglos largos de evolución, bien restaurada, en cuya fachada se ha recuperado una antigua losa que dice: “Se hizo año de 1774”. De estas características, quedan algunas, muy pocas, casonas azudenses: paramentos de ladrillo, ventanales casi hasta el suelo, tejados de tejas árabes, aleros pronunciados y grandes patios en la parte trasera. Así son, aunque más modernas, dos grandes edificaciones que aún lucen en la plaza mayor, con cerámicas decorando sus fachadas enladrilladas.

Como un triste recuerdo de lo que conformó hasta hace poco el patrimonio de Azuqueca, conviene recordar que en su término, y a la orilla derecha de la carretera general en dirección a Madrid, existió hasta hace pocos años el interesante edifi­cio del Parador de Cortina. El edificio consistía en un gran caserón del siglo XIX, con distribución típica de venta de camino real, con dos plantas con zócalo de sillería caliza y resto de muros de ladrillo revestido, con una composición de fachada de cinco cuerpos con huecos enrejados en la planta baja y balcones volados y enrasados en la superior. La planta se organizaba alrededor de un patio con fuente y pozo de sillería y un ala de soportales; tenía un magnífico zaguán con estructura de madera, apeando el muro interior y corral posterior con edificios auxi­liares. Hubiera resultado magnífico, y productivo, su adaptación como espacio de acogida, restaurante, museo, etc, pero no se llegó a ver, por parte de los responsables urbanísticos de la villa, esa salida honrosa y provechosa para un elemento de solera.

Aunque no pueden ser visitados, ni conviene, porque se podría alterar el entorno sin posibilidad de retorno, hay en Azuqueca algunos restos arqueológicos: en el lugar de La Acequilla, junto al Camino de la Barca, y a raiz de una riada ocurrida en el otoño de 1961, se pusieron al descubierto unos espacios que tras su estudio fueron calificados de “villa romana” del siglo II d. de C., que fue utilizada como necrópolis en los siglos V y VI d. de C., y que estaría relacionada con otra necrópolis hallada en término de Alovera, con importantes hallazgos de piezas visigodas, todas ellas recogidas en el Museo Arqueológico Nacional. Todo ello está en consonancia con el hecho de que por este valle pasó la calzada romana que iba de Mérida a Zaragoza. Y con toda seguridad que, cuando se planteen de forma científica, aparecerán más restos arqueológicos, porque la orilla derecha del Henares fue siempre, desde remotos siglos, lugar preferido por los humanos para asentar y vivir.

Como nota curiosa para quien quiera saber más de Azuqueca, de su patrimonio monumental un tanto oculto y por desvelar, debo recordar la existencia de La Acequilla, lugar estratégico junto al río desde, al menos, el siglo XV. Allí hubo una venta, propiedad de la Orden de Calatrava, incluida como bien de la encomienda de Auñón. Esa finca amplia, de riego, en el siglo XVI era del marqués de Auñón, don Melchor de Herrera, quien también adquirió la dehesa de Casasola, al otro lado del río Henares. La historia de La Acequilla se extiende también por numerosos y sucesivos señoríos: a inicios del siglo XVII pasa a manos de Pedro Franqueza, secretario de Estado, y en 1614 pasó a don Luis de Velasco, primer marqués de Salinas del Río Pisuerga (virrey que fuera de Nueva España y de Perú). Entonces adquirió el rango de villa (antes que Azuqueca). Hasta 1869 permaneció en poder de este linaje, procediéndose entonces a la venta de sus bienes: el titular del marquesado era en ese momento José María Cervantes Ozta, y residía en México. La compró la familia Madrazo, que ya entonces tenían el título de marqueses del Valle de la Colina. El comprador entonces fue don Valeriano Madrazo-Escalera. Además de los edificios centrales, que siempre tuvieron el aire de un pequeño castillete o palacio rural, es destacable en La Acequilla el puente colgante sobre el río Henares, decorado en estilo “art nouveau”, de uso particular y a pie. Hoy está muy remodelada, porque durante la Guerra Civil, en la que sirvió de albergue a los oficiales y aviadores de la URSS que en los llanos de junto al Henares tuvieron un pequeño aeródromo, quedó hecha un pura ruina.

Y ya un poco por no dejar nada en el tintero, quiero memorar en estas líneas algún otro lugar que se integra en el término, y que muy remotamente respira historia y hechos interesantes devenidos de siglos. En las cercanías de Azuqueca, yendo hacia el oeste, está el lugar despoblado (hoy Polígono Industrial) de Miralcampo. En 1430 aparece como señorío de Íñigo López de Mendoza, primer marqués de Santillana. En 1580 tenía 37 vecinos, y era villa del marqués de Mondéjar. Tuvo por patrón a San Gregorio, que les salvó “del escarabajuelo que anda en las viñas”. Desapareció como población a principios del siglo XVIII, tras los desastres de la Guerra de Sucesión. En ese lugar, que perteneció al Conde de Romanones y sus descendientes, se levantó casa de labor, con capilla y elementos de culto que a finales del siglo XX pasaron a la parroquia de Azuqueca.

Libros sobre Azuqueca

El más importante elemento bibliográfico sobre Azuqueca es el que escribió, hace ahora diez años, el señor Valdivieso García, bajo el título de “Azuqueca de Henares. Ayer y hoy en su historia”. Difícil ahora de encontrar, porque se editó por el Ayuntamiento y sirvió como elemento de regalo hasta que se agotó por completo, ofrecía interesantes noticias de la villa, especialmente de sus señoríos de modernos siglos, con las evoluciones personales y familiares de los marqueses de Salinas del Río Pisuerga, que fueron los dueños desde que lo recibió del rey doña Mariana de Ibarra y Velasco, y en cuya descendencia prosiguió hasta la abolición de los señoríos en el siglo XIX. La primera iniciativa de venta del señorío se hizo a favor del potentado arriacense Pedro Suárez de Alarcón, caballero de Calatrava, alférez mayor y procurador en Cortes, aunque finalmente este prócer se quedó solamente con las tercias reales y las alcabalas. Los marqueses de Salinas vivieron, siendo señores de Azuqueca y su territorio, en la Acequilla.

Hoy otro libro, quizás más humilde, pero con el objetivo de actualizar el conocimiento sobre la historia y el patrimonio de Azuqueca, está en candelero, y puede verse en esta Feria del Libro que estos días llena las sombras del Bulevar de las Acacias. Es el titulado La Campiña del Henares y que escribí personalmente hace unos cuantos meses, con noticias e imágenes de todos los pueblos de la Campiña, desde Humanes a Azuqueca, pero poniendo especial énfasis en este último.

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