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noviembre 21st, 2008:

Viaje al románico de Morillejo

En estos días se vuelve a hablar del románico, y para bien. Realmente, uno de los recursos patrimoniales y turísticos más importantes de la provincia de Guadalajara es la arquitectura románica, el hálito de vida medieval que aún le quedan a muchas viejas piedras de nuestra tierra.

La restauración, el pasado año, de una ermita románica, aislada y mágica en medio de un paisaje agreste y rocoso, como es la de Morillejo, ha supuesto que este viajero se haya echado al camino y una vez más se haya dado cuenta de la riqueza casi inacabable de este tema, el del arte románico que llena siempre los días y colma los objetivos.

Primero en Trillo

El viajero ha llegado hasta Trillo, donde se encuentra con un mundo de agua. Viene de arriba, [desde Teruel] el Tajo que aquí deja de ser alto para transformarse en medio. Por su derecha le llega el Cifuentes, que es corto río que viene de dos pueblos más arriba, pero siempre con fuerza y agua, dejando una espectacular cascada bajo los muros de la iglesia. El espacio, ahora remozado y limpio, donde las aguas del Cifuentes se encuentran con las del Tajo, es espectacular, y merece llegarse  a Trillo para verlo, y ya aprovechar para quedarse en la orilla y comer buenas carnes en el restaurante que han puesto bajo el denso ramaje de los plátanos.

Siguiendo el Trillo hacia arriba, puede verse la novedad del Balneario de Carlos III por fin refundado y utilizado al cien por cien. Se dejaron las huellas visibles de los arqueológicos memoriales, y se ha levantado un edificio con aires de vetustez, aunque moderno, y con todas las comodidades: un nuevo modo de lanzarse al futuro con las imágenes del pasado, bien utilizado. Lo han hecho bien, muy bien, en Trillo.

Luego Azañón

Para muchos Azañón es el pueblo de la curiela, de la mujer sanadora que con cordones de zapato y leche agria, con oraciones a santos milagreros y hierbas fascinantes, curaba de todo: los males de garganta, de corazón y de asma, tumores y ronchas: todo.

Hoy apenas quedan vecinos en Azañón. En la mañana de otoño luce espléndido el paisaje que le rodea, cuajado de arboledas doradas, de distancias azules. El viajero trepa una cuesta y llega a la plaza, que a pesar de las reformas conserva el viejo aire de pueblo con enjundia. Hay un palacio de soñolienta piedra, con un escudo de la Inquisición encima de la puerta. Y una casa de vieja estampa alcarreña con galería corrida y muros blancos. La otra costalada de la plaza la han hecho moderna, pero a pesar de todo sigue gustando.

Una paseo breve por sus cuestudas calles, y nos asomamos al hondo foso del Tajo, donde estuvo el monasterio de Ovila, (término de Azañón) al que desde aquí se llegaba en media hora de paso rápido, Total, media legua de camino abajo. La iglesia de esta villa es enorme, con una torre gigantesca, tal que hubiera tenido una enfermedad de las junturas y hubiera crecido, sin que nadie se diera cuenta, por las noches. La puerta es sencilla, bajo el atrio, y tiene la semicircularidad del Renacimiento de pueblo. Alguna ermita en los alrededores y poco más. Pero a Azañón se vuelve, siempre, porque tiene gancho.

Morillejo allende

La llegada a Morillejo se alarga. Aquí la fama la tiene el orujo. De sus paisajes, que son ya Alto Tajo hermoso y verdeante, casi nadie ha dicho nada. Pero el viajero, en la carretera de 8 kilómetros que media entre Azañón y Morillejo, no deja de dar curvas, y de asombrarse por tanta roca que le sale al paso, tanto subir y bajar, tanto nogal perdido, zarzales y olivos, algún rincón donde la viña se extendió, y ya rojiza dice que sus uvas salieron a la pisada.

Antes de subir la fuerte cuesta que nos llevará a Morillejo, los viajeros se asombran de los roquedales en forma de barcos varados que dejan a la derecha. Como una hoz corta pero exuberante. Y más allá, también a la derecha y en alto, la ermita de Nuestra Señora de Jerusalem, que verán luego.

En el pueblo, lo que llama la atención es la reforma que están haciendo. No una calle, o una plaza, o un edificio, no. El pueblo entero está en obras, las calles levantadas, los cables apartados, casas nuevas, coches extranjeros, radios a tope. Este pasado verano montaron un concierto de alto copete (y mucho ruido). En fin, que aunque apartado, y una piensa que en el remoto olvido del mundo, Morillejo está vivo y latiente.

En la calle principa, que empieza junto a la iglesia, todavía sobresale la casona que tiene escudo y antes balcón cuajado de flores. La iglesia es sencilla y más bien moderna (todo lo moderno que puede ser el siglo XVII, el de los felipes borbones sin guerras y sin ideas) pero por el pueblo sobresalen algunas casas flamantes, modernas, que poco tienen que ver con la tradicional arquitectura de la Alcarria.

Al otro lado del barranco, en un paisaje de verdes rabiosos, se alza el cementerio moderno y junto a él la ermita de Nuestra Señora de Jerusalem. Es este un edificio de tradición románica que ha sido recientemente restaurado y ha quedado muy bien, muy solemne y bello.
Su interés radica en que representa una síntesis de las construcciones románicas más clásicas y las características netas del estilo cisterciense. Aunque un tanto exagerado, podría decirse que esta ermita minúscula tiene el aire neto del estilo cisterciense que heredaría de Ovila, tan cercano, como este lo heredó de los monasterios de la Dordoña francesa de donde vino a la Alcarria. ¿Serían los mismos canteros de Ovila quienes tallaran muros, puertas y canecillos de esta ermita de Morillejo? Al menos las marcas de cantería que aparecen en sus muros son las mismas que las del gran monasterio bernardo de junto al Tajo.
Tiene la ermita románica de Morillejo, tal como cumple a un edificio del estilo, planta rectangular y nave única. El presbiterio es recto y el ábside perfectamente semicircular. La puerta principal, de origen moderno, a pelo y sin atrio, es fruto de la restauración. Pero en el muro norte, el de la umbría, se abría (hoy no, que está tapiada) una puerta solemne de arco apuntado, con molduras sencillas, pero en un estilo netamente cisterciense. No es de extrañar este influjo europeo y monacal en la ermita de Jerusalem de Morillejo. Porque en su término, y junto al río Tajo, estuvo en la Edad Media la aldea de Murel (Morillejo es palabro diminituvo de ese antiguo nombre, que a su vez deriva o recuerda algún “muro” o elemento constructivo venerable) y por allí anduvo puesto, y enhiesto a principios de nuestra Era, un puente romano de rasante recta y gran envergadura, del que aún quedan hoy importantes restos. Esa aldea fue dada en propiedad, por el rey Alfonso VIII de Castilla, a la Orden del Cister, que puso en este término su primitivo monasterio, trasladado pronto a la llanura amable y más productiva, mejor comunicada, del llano de Ovila (término, como antes hemos visto, de Azañón, y hoy accesible desde Trillo).
Aquí termina el viaje, que al ser en coche obligadamente debe volver a Azañón, porque de Morillejo no hay salida, si no es andando, hacia el Tajo. Desde el cruce, puede optarse por volverse a Trillo, donde hay buena opción gastronómica en “El Pozo” junto a la cascada del Cifuentes, o seguir adelante, y a poco de pasar “La Solana” en un alto dominando el arroyo de La Puerta, baja sobrepasando Viana de Mondéjar y llegarse a la calle mayor de La Puerta, donde tiene abierto fogón la señora Pilar, que da de comer (sin carta, lo que ella quiere) pero en plan Pantagruel y compañía. Una excursión, por estas alcarrias de Trillo, que no tiene desperdicio.