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Viaje a la Sierra de Caldereros

En el corazón del Señorío de Molina, se alza un espacio que hoy cuenta ya con la declaración de “Monumento Natural”, desde el año 2005. Se trata de la “Sierra de Caldereros” una superficie de 2.368 hectáreas comprendida entre los términos de Molina de Aragón, Castellar de la Muela, Hombrados y Campillo de Dueñas, en el extremo nororiental de la provincia de Guadalajara, limitando prácticamente con Teruel.

Ofrece un relieve accidentado y con roquedales ingentes con aspecto de viejas ruinas ciclópeas, formadas por cúmulos de areniscas y conglomerados, sobresaliendo en forma de tremendos castillos sobre la suavidad de unas praderas perennemente verdes. Se cubre a cortos trechos de pino resinero muy aislado, salteando el paisaje un sotobosque donde aparecen jarales densos y muy espaciados rebollaras y encinares.

La más solemne especie de su fauna es, en superficie, el jabalí, viéndose muy de tarde en tarde algunos corzos. Y en el aire, el águila real, el alimoche, y el alcón peregrino, como mancha móvil que pone siempre el contrapunto aéreo de cualquier vista de la sierra.

Las mejores imágenes las dejó grabadas con su cámara Jesús de los Reyes Martínez Herranz, sobre un libro que publicó la Diputación Provincial hace tres años, con este motivo de la declaración del espacio serrano como “Monumento Natural”.

El viaje a la Sierra de Caldereros podemos hacerlo, partiendo siempre de Molina de Aragón, por la carretera provincial que va hasta Daroca atravesando los Cubillejos (del Sitio, y de la Sierra), o bien por la carretera nacional N-211 que sigue hacia Levante desde Molina, llegando a Castellar de la Muela y a Hombrados, para pasar luego a Campillo de Dueñas desde la villa de El Pobo. En este viaje nos encontramos cuatro pueblos de los que quiero dar alguna seña, para que el viajero que se dirija a la Sierra, a admirar sus espléndidos panoramas de fuerza pétrea, pueda detenerse y contemplar otros elementos patrimoniales.

Castellar de la Muela

Enhiesta sobre una emergencia rocosa, esta población ofrece de curioso la iglesia parroquial en lo alto del pueblo, obra muy sencilla del siglo XVI, sin caracteres artísticos al exterior. Una vez dentro, el viajero queda sorprendido del barroquismo popular que encierra, pues no queda un solo espacio, por mínimo que sea, sin decorar de colores fuertes y enrevesadas formas. Así, la techumbre toda aparece cubierta de pinturas que representan escenas de la vida de la Virgen, de santos diversos (San Pascual Bailón, San Isidro, Santo Domingo de Guzmán, San Francisco) de evangelistas, etc. El templo es de una sola nave, con poco acentuado crucero. El presbiterio se  cubre de altar mayor barroco, en el que destaca una talla de la Virgen y otras dos de San Sebastián y San Gregorio (que allí llaman “los mártires”). En el crucero se añaden otros dos retablillos, también barrocos populares, uno de ellos con buena talla de San Isidro, patrón del pueblo. Además puede reseñarse una serie de edificios populares, (muy bien estudiados en el extraordinario libro de Teodoro Alonso y Diego Sanz sobre la arquitectura popular en Tierra Molina), como son la casa curato y otras casas con grandes dinteles tallados en piedra, luciendo cruces antiguas, así como la Casa Lugar, ya muy remodelada, y la Fragua comunal.

Para los que gustan de encontrar ruinas remotas, el término de Castellar de la Muela es pródigo en despoblados, antiguos castros, ruinas de pueblos abandonados. Hay que buscar por los campos las ruinas y torreón de Alcalá, el despoblado de los Villares, los asentamientos de la Muela y Castilmayor. Y no olvidar la interesante y cercana ermita de Nuestra Señora de la Carrasca, a la que se llega en coche por buen camino rural. Esta es una construcción de estilo románico, del siglo XII, iglesia parroquial que fue de algún poblado surgido en su torno y ya desaparecido. El templo es interesantísimo y se encuentra bien conservado. Orientado correctamente, muestra a levante su ábside semicircular, con línea de modillones y canecillos bajo el alero, y ventanas aspilleradas en el centro. Al sur aparece un pequeño atrio tabicado, y en su interior está la gran portada de ingreso, de arco semicircular abocinado, con arquivoltas lisas, y capiteles de decoración vegetal. El interior muestra un buen artesonado, de la época medieval, y una gran pila bautismal románica de sencilla decoración geométrica. A los pies del templo, una sencilla espadaña‑campanario. En esta ermita se celebran romerías de todos los pueblos de los contornos.

Cubillejo de la Sierra

Las leyendas más imaginativas dicen que este lugar fue posesión de los Templarios, como lo sería también el castillo de Zafra., embutido en plena sierra, y alzado como una roca más sobre los promontorios de arenisca. El término es también abundoso de torres y restos mínimos de despoblados.

En el propio enclave de Cubillejo se alza, hoy muy bien restaurado, el Torreón de los Ponces de León o “Casa de los Leones”, que es una edificación medieval, de fuerte sillarejo en abultados muros, con entrada defendida y remate en terraza almenada. Sobre la entrada, figura un gran escudo nobiliario y una lápida en la que, con dificultad, se leen estos versos: “Salen a Leon los Ponces / sucessores de Roldan / la hermana del Rei le dan / por venir de emperadores / llamados de aquí Leones / en Sevilla asentaron / I dellos aquí pasaron / por bandos i disensiones”, que viene a explicar la llegada a Cubillejo de la Sierra de alguna rama de la familia extremeña y andaluza de los Ponces de León, habitadores de este Torreón o Casafuerte. Hay en el pueblo otra casona molinesa, más moderna, pues sobre el dintel de su portada toda labrada en pulcro sillar, aparece la Cruz de Calatrava y la fecha de 1654. La iglesia parroquial es sencilla y pequeña. Tiene una espadaña sobre el muro de poniente, y una puerta sencillísima bajo atrio, semicircular, con adornos elementales e hierros populares, obra del siglo XVI, como todo el templo, que es de planta cruciforme y una sola nave, con varios retablos barrocos en su interior.

Hombrados

A los pies de la sierra, surge este pueblo, en un hondón (de ahí su nombre) y a medias alzado sobre una lastra rojiza en cuya parte más alta se levanta la iglesia. Un línea homogénea de rojos tejados y pardas construcciones, rematadas por la torre maternal del templo, cuajan en la primera vista que el viajero tiene de este pueblo, siempre amable y acogedor porque así son sus gentes.

Muy de ver, y a ella se llega siempre, es la plaza mayor, bien estructurada, con un frontón, varias casas populares, y una casa‑palacio de los Chantos Ollauri, de aspecto típicamente molinés, con un escudo de armas de dicha familia sobre el portón de entrada. Distribuidas por el pueblo se ven otras varias casas (“del curato”, de la Inquisición, etc.) con arquitectura rural pero muy característica del territorio, así como escudos y dinteles tallados. La iglesia parroquial es elemento muy sencillo, sin detalles artísticos de relieve; en su interior se muestran algunos retablos barrocos. A la salida del pueblo aparece la ermita de la Soledad, una obra muy bella del último barroco, que muestra en su portada un escudo con una cruz y a los lados las siglas IHS‑MAR, señalando la fecha de 1698. Su planta es cruciforme, y en lo alto de los muros, al exterior, se ven cuatro carátulas de guerreros, quizás indios, y señalada otra fecha, la de 1790, indudablemente la de su terminación.

Campillo de Dueñas

Este pueblo, al que se llega mejor desde El Pobo, o desde La Yunta y Embid viniendo del norte, asienta en la ladera norte de la sierra de Caldereros, entre jarales y encinares de gran extensión.

Como edificio interesante hay que destacar la iglesia parroquial que es de enormes dimensiones. Puesta en alto, aislada del pueblo, a saliente, es obra hecha de una vez en el siglo XVII, en la segunda y definitiva repoblación. Muestra la portada, en alto, sobre el muro oeste, y se escolta de una bella torre de ornamentación barroca. El interior es de una sola nave y gran cantidad de altares barrocos, con profusión decorativa del mismo estilo por bóvedas, pilastras y frisos. Es un templo que impresiona de riqueza y grandiosidad. Entre las tallas barrocas a señalar, destacan las de San Pascual Bailón, San Roque y San Antón Abad. En el crucero, dos buenos altares con pinturas sobre tabla representando santos dominicos en el uno, y un Calvario en el otro. El altar mayor es de proporciones gigantescas, de un pesado barroquismo. Por los muros se reparten algunos cuadros oscuros, de la misma época todo. A la salida del pueblo aparece la ermita de Nuestra Señora de la Antigua, patrona de Campillo.

Y es en el término de Campillo, y en el corazón mismo de la sierra de Caldereros, donde aparece el elemento más extraordinario y sugerente de esta excursión: el antiquísimo castillo de Zafra, uno de los más representativos del Señorío molinés, y que bien merece un paseo hasta sus ruinas cargadas de belleza y melancolía. La mejor forma de llegar a él es desde Hombrados, por caminos que atraviesan siempre verdeantes praderas; pero también desde Campillo puede arribarse a la fortaleza, preguntando en el pueblo.

En una sinclinal de roja peña tobiza, emergiendo como agudo navío sobre una larga y suave serie de praderas, se levanta el castillo, con sus muros completamente a pico elevados y cortados sobre los bordes de la gran roca. Un amplio recinto interno, con aljibe y dos patios, se circuía de alta muralla almenada, reforzada en sus esquinas y comedio de muros por torres fuertes. En su extremo nordeste se yergue la torre del homenaje, de dos plantas y curiosos detalles, como puerta gótica de arco apuntado, escalera de caracol, terraza almenada, etc.

El castillo de Zafra tiene, seguro, más de nueve siglos de historia. Es muy posible que estuviera levantado cuando el dominio árabe de la zona. Figuró en los términos (como límite más meridional) que dio Alfonso I de Aragón al Común de Daroca. Pero desde la creación del Señorío y Comunidad de Molina, perteneció a este territorio, siendo considerado, hasta el siglo XIII, el lugar más fuerte y seguro del mismo. Ello lo confirma el hecho de que cuando en 1222 el rey de León‑Castilla Fernando III atacó Molina y amenazó a su tercer conde don Gonzalo Pérez de Lara, este se refugió con su corte en el castillo de Zafra, a la sazón inexpugnable, aguantando allí el asedio del godo. El conflicto terminó unos meses después cuando, con intercesión de doña Berenguela, madre del rey, se firmó el convenio, pacto o *concordia de Zafra+ por la que forzaba al conde molinés a que nombrara heredera a su hija doña Mafalda, a la que no correspondía el derecho, y a que ésta se casara con el infante don Alfonso, hermano del monarca. De este modo, León-Castilla se inmiscuía ya muy señaladamente en la dirección del territorio molinés.

En todo caso, un viaje que merece la pena hacerse, porque desde cada uno de los cuatro pueblos señalados y visitados, se puede hacer un corto paseo por el corazón mismo de la sierra de Caldereros, desde hace 3 años protegida, como “Monumento Natural” del acoso de los molinos de viento que están invadiendo, en aras de un desarrollo muy poco sostenible, el Señorío de Molina entero.

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