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Jirueque y vecindades

 

En la próxima semana, concretamente el viernes 30 que será el último día del mes de noviembre, la Casa de Guadalajara en Madrid se abrirá otra vez, una más en su larga vida, como salón de bienvenida a las palabras que dicen Guadalajara y su tierra.

La voz más clara la tendrá el autor de un libro de viajes por nuestra tierra. El profesor de Alcalá, don Pedro Carrero Eras, a quien secundará el prologuista del libro, el también catedrático alcalaíno don Antonio Alvar Ezquerra.

Con ese libro en la mano, uno se hace viajero fácilmente. Te suben de nuevo las ganas de andar, de echarse un viaje que no necesita reservas previas, ni esperas en andenes, ni confirmaciones de etiquetas… se sale de casa con las deportivas puestas, y a subir y bajar cuestas, a mirar horizontes, a perseguir el trámite del sol, con sus colores.

En Jirueque se inicia el viaje

Pedro Carrero Eras es profesor de Literatura Española en la Universidad de Alcalá. Desde que nació va a Jadraque en verano, y a Jirueque en invierno, y a los pueblos de alrededor (“las vecindades”) siempre que puede. Pero donde ha puesto su casa es en Jirueque, ese pueblo recio y altivo que mira con ufana suficiencia a quien pasa junto a él, por la carretera, y que sabe mostrarse tierno y sabio cuando uno se cuela en su visceramen de callejas, y hasta charla con los vecinos, o se suma a sus fiestas.

Jirueque es lugar antiguo, poblado desde muy remotas épocas, pues se ha encontrado un castro celtibérico de la Edad del Hierro en el lugar del Llano Castellano. Como se formó al socaire de la reconquista de los castellanos tras pasar la sierra, perteneció jurídicamente a la tierra de Atienza, pasando después al Común de Villa y Tierra de Jadraque, cuando esta población y su inmediata comarca decidió separarse de la anterior fuerte villa. Quedó Jirueque en el sesmo de Henares del alfoz o tie­rra jadraqueña, perteneciendo en el siglo XIV a don Iñigo López de Orozco, de quien lo heredó en 1375 su hija Mencía López, junto con Miralrío y Cutamilla, y desde el siglo XV al XIX estuvo en el señorío de los Mendoza alcarreños, dueños de este “condado del Cid” que fundara el cardenal don Pedro González y que fue pasando posteriormente a los marqueses de Cenete y duques del Infantado.

No nos habla Pedro Carrero en su libro de viajes de esta historia, que es mínima, casi telegráfica, ni describe los edificios con que se encuentra cada vez que llega a la villa y trepa por sus calles. No dice nada de ese elemento que es consustancial al ser de Jirueque: el Dorado, el enterramiento alabastrino, medieval, de un cura que lo fue del pueblo. Su nombre era el de don Alonso Fernández, y pasó su vida por estas tierras, con efluvios arciprestales y trovadorescos, en la segunda mitad del siglo XV, tiempo de aliento creativo, de reinado sonoro entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, y de aparición de novedades en el arte y en la rima.

Es porque Carrero Eras se mueve por los campos, sube rampas secas y baja barrancos húmedos, por lo que nada dice de este dorado jiruequeño. Valgan dos palabras en su recuerdo, obligado: a pesar de los destrozos sufridos en 1936, es obra escultórica muy interesante y bastante bien conservada, realizada en alabastro de Cogolludo finamente trabajado. El sepulcro está exento y situado en el centro de una capilla. Aparece yacente la figura de un hombre, revestido de ropajes litúrgi­cos, con sotana y amplia casulla de bordes muy decorados. Cubre su cabeza con su simple bonete, y la apoya sobre dos almohadones; entre sus manos sujeta un misal. La cama sepulcral presenta decoración esculpida en sus cuatro caras; a los pies aparece la figura de un sacerdote arrodillado sobre un cojín con las manos juntas orando, un bonete delante y la cabeza descu­bierta mostrando amplia tonsura. A la cabecera aparecen dos angelillos desnudos sosteniendo un escudo en el que se ven dos llaves cruzadas, símbolo del sacerdocio. El costado derecho presenta la escena de la Anunciación, con buenas tallas de la Virgen y el Arcángel, separadas por un jarrón de azucenas. En el costado izquierdo aparecen los relieves de Santa Lucía, arrodillada, y Santa Catalina de Alejandría, más dos escudos similares al de la cabecera, rodeados de corona de laurel. El conjunto se apoya sobre seis leones, atados sus cuellos por cadenas. Y en la pestaña del sepulcro se lee esta inscripción en letra gótica: “Aquí está sepultado el honrado alonso fernandes, cura que fue desta yglesia y las cendejas el qual falesció a quinse dias del mes de octubre, año de mil y quinientos y dies años”, con lo que queda identificado el personaje, sus cargos, y el año de construcción de este monumento. El apelativo de *Dorado+ que le dan en el pueblo, dice la tradición que le viene del mucho dinero que tenía, pero en realidad se refiere, no sólo al color del sepulcro, sino al hecho de que puesta una vela encendida en su vacío interior, el sepulcro se torna, pues es de alabastro, de un pálido tono amarillento.

Y se llega, por las Cendejas, hasta Bujalaro y luego Jadraque

El autor de esta obra se dedica a caminar, a pensar mientras camina, a hablar en voz alta mientras piensa, a escribir luego. La secuencia de Carrero Eras es sencilla y antigua: mira, encadena lo que ve con lo que sabe, saca conclusiones íntimas, las dice. Recuerda anécdotas rurales según le vienen a la mano (de mayos y de romerías) y las liga con secuencias académicas, como aquella en que don Rafael Lapesa, su viejo profesor, confesaba no saber nada de toponimia… lo que en realidad venía a significar que de toponimia no sabe nadie nada.

El libro de Carrero está escrito en esta época, los finales del otoño, y el pleno invierno. Los días cortos, los amaneceres largos, gélidos, el centro del día reconfortado en las solanas por el sol pírrico de mediodía, y el anochecer abrupto, comiéndoselo todo. Hace referencia, en su caminar, a la eternidad de los tiempos, al seguro fenómeno del “dejá vu” que tienen quienes mucho anduvieron, y a la seguridad del viajero que sabe que alguien, hace mucho tiempo, vivió un instante similar, tomando el sol de febrero en un solana, y escuchando música, y alguien lo vivirá de nuevo, cuando hayan pasado cien años, o mil años. Ese “continuum” de la vida, al que no afecta cambio climático ni letanía de sinsabores aneja, es muy propio de los viajeros.

Se llega a las Cendejas, donde tiene amigos. Baja hasta Jadraque, que está relativamente cerca, pasando por la Cañada primero, por el Rebolloso después, desgranando los sonoros nombres de los espacios que cruza. Recuerda las cosas que estaban vivas en su infancia, y que ahora han enmudecido, han caido por los suelos, han sido olvidadas de casi todos. Así, por ejemplo, el molino que estaba junto al río y la vía férrea. Hasta la arboleda parece que fue abandonada y no suena. Es curioso –el apartado y la disgresión son mías- que precisamente en una provincia donde hace dos días se inauguró un Corte Inglés y un Centro Comercial macrofágico, desde hace años también cada dos días se hunda algo,  se abandone alguna caseta de peones camineros, se venza un puente, se olvide una fábrica o se seque una fuente. Surgen las luces en hileras (las de los adosados por las alturas de Pioz y Uceda) pero callan las rondas y se olvidan los cantares de amor y gestas. Cada día somos más ricos y felices, según dicen, y cada día pertenecemos más a otro mundo, que no hemos elegido, sino que nos han “regalado”. El mundo de las perfumerías italianas, de los teatros alternativos, y del rock importado.

En este caminar por Bujalaro, donde admira Carrero la maravilla plateresca de su templo parroquial, o por Torremocha de Jadraque, donde solo puede hablar con cazadores que andan a la busca, o por Castilblanco donde su corazón se queda en el punto exacto donde se unen el Cañamares y el Henares, como en una cópula acuática que hace cantar y reir a los árboles que cada día la contemplan, el autor de este “Jirueque y vecindades” realiza un catártico ejercicio de evocación.

Se acuerda de los olores y sabores de su infancia, parece estar viendo las escenas de segadores en los julios de cuando era pequeño, evoca a su amigo José Luis (el de los Arenas, en Jadraque, con quien cambiaba tebeos del Capitán Trueno, y admiraba su entusiasmo vital con aquellos “y yo más” que soltaba siempre a la puerta de su comercio de sogas y bacalaos), y nos entrega su visión cosmológica y panteista de la naturaleza (muy ecológica, por supuesto, porque todo viajero de campos es ecologista a ultranza) y trata con ello de regresar a su patria, que como en Baudelaire, y en Rilke, y en Delibes, es simplemente la infancia, a la que todos queremos volver cuando se ponen las cosas mal en nuestro torno.

Apunte

Un libro de viajes por la sierra

El autor de este libro es Pedro Carrero Eras, muy conocido entre nosotros por haber sido profesor de literatura en la Escuela Normal, y haber dirigido multitud de cursos de verano en la Universidad de Alcalá. Su título es “Jirueque y vecindades. Viaje Interior”, y tiene 104 páginas, estando ilustrado con planos y multitud de fotografías en color. Lo ha editado AACHE de Guadalajara, haciendo el nº 9 de su colección “Viajero a pie” que para este libro le viene que ni pintado el título. Y será presentado el viernes próximo, 30 de noviembre, a las 7 de la tarde, en el Salón “Cardenal Mendoza” de la Casa de Guadalajara en la plaza de Santa Ana de Madrid, así como días después, el sábado 8 de diciembre, en el propio Jirueque. La obra ha sido patrocinada, en parte, por el Patronato Municipal de Cultura de Guadalajara.

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