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enero 9th, 2003:

La ruta de El Empecinado por Guadalajara

 

Leido en el Congreso organizado en Valladolid, en enero de 2003, para establecer la “Ruta de el Empecinado”

 En este ciclo de conferencias y comunicaciones que tratan de ver a Juan Martín, el Empecinado, desde una perspectiva de actuación nacional, y de volver a concederle el título, muchas veces regateado, de héroe español en toda su grandeza, voy a tratar de aportar la visión que de Juan Martín tenemos en Guadalajara.

Porque aunque héroe castellano por su nacimiento en Castrillo y su muerte en Roa, toda la Península supo de sus correrías y sus hazañas. Y en la tierra de en torno al Tajo fue tan densa e importante su actividad, que aquí quedan todavía hoy leyendas y dichos, placas y retratos, que nos le inmortalizan. Por muchas razones, y a continuación veremos algunas de ellas, el Empecinado forma parte de la historia de Guadalajara; y de sus hazañas, de sus aliados, de sus batallas y derrotas, de sus enfermedades y sorpresas, están llenas las páginas de los libros que tratan sobre esta tierra que está regada por el Tajo y sus afluentes.

Todo ello es lógico sabiendo que Guadalajara ha sido (y aún hoy es) eje vital de la Península Ibérica. Por su valle del Henares, que pone en comunicación la cuenca ancha del Tajo con los muros serranos de Sierra Ministra, divisores de aguas con el Aragón del Jalón y luego del Ebro, han pasado la legiones romanas, los ejércitos musulmanes, y las reconquistas castellanas. Ese ser tierra de entronque entre las dos mesetas, entre Aragón y Castilla, entre el Levante y las sierras ibéricas, entre las cuencas paralelas y antagónicas del Tajo y del Ebro, ha supuesto la dádiva de un historia densa para Guadalajara. Todo lo que ha sucedido en la Península Ibérica, ha tenido un gozne que abría una puerta en esta tierra. Así ocurrió desde la resistencia celtíbera a la invasión romana, y así ocurrió en la última Guerra Civil con la batalla que enfrentó a italianos y republicanos en los llanos de Trijueque, cerca de Brihuega. Henares y Camino Real, ejes del paso de civilizaciones y ejércitos, haciendo y deshaciendo España.

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No está de más empezar este recuerdo con el de las palabras que eligió don Benito Pérez Galdós para describir al Empecinado. Lo hace en una de sus novelas de los “Episodios Nacionales” y dice así: “ Era don Juan Martín un Hércules de estatura poco más que mediana, moreno y con el pelo aplastado sobre la frente que se le juntaba con las cejas”. Los bigotes densos se le juntaban con las patillas, y parece que vestía con desaliño, siendo tardo y torpe al hablar. No sufría las formas cultas de comportarse, con lo cual daba el tipo perfecto (imperfecto, dirán algunos) del aldeano brutote con ribetes de ruralía celtibérica.

Su mote de Empecinado se lo pusieron por ser este común a los naturales de Castrillo de Duero, ya que en este lugar y por aquellos tiempos, corría un arroyo de aguas negruzcas, a las que llamaban “pecina”. Tanto Pérez Galdós, como otros muchos escritores hasta nuestros días, como Hernández Girbal, han escrito y descrito la vida y hazañas de este castellano tan singular. No es este lugar de detallarlas.

Y aunque seguramente se ha dicho ya en este ciclo, no me queda más remedio que recordar cómo Juan Martín nació en 1775 en Castrillo de Duero (Valladolid) y que tras demostrar desde la adolescencia su pasión por el ejercicio militar, en 1808, a 20 de abril, formó con otros dos amigos su primera partida. Era el momento de alzarse, (o de “echarse” como ellos decían) como fuera y donde fuera, contra el invasor francés. Se ha dicho, en recuerdo a ese día, que el Empecinado salió de Aranda con un ejército de tres hombres, y mandaba ya, en septiembre de 1811, tres mil. Por eso, y por otras cosas (entre ellas la continuada defensa de la Constitución) llegaría a ser nombrado en 1823 por el Gobierno del Trienio Liberal, además de Mariscal de Campo, Comandante General de todo el ejército constitucionalista en las dos Castillas.

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La peripecia del Empecinado por tierras de Guadalajara se extiende desde septiembre de 1809 al otoño de 1812. Los tres años centrales de la Guerra de la Independencia contra Napoleón, los más densos y cruciales. Aquellos en los que todo fue verdad, sin dobleces ni interpretaciones.

En septiembre de 1809, la partida de El Empecinado pasa a depender, por superior decisión, de la Junta de Guadalajara. El ejército español, al frente del cual llegó a estar como ministro de la Guerra el Duque del Infantado, tenía su organización jerárquica, pero contaba con la colaboración de las “partidas” y los “guerrilleros” que hacía su papel heterodoxo, pero muy eficaz.

La primera actuación victoriosa del Empecinado y sus hombres fue en las cuestas de Mirabueno, el 14 de marzo de 1810. Desbarataron con contundencia un gran contingente francés, matando a muchos. El 13 de mayo de ese año consiguió también un gran éxito en Solanillos.

Entre junio y julio de 1810 fue muy intensa la actividad de la partida del Empecinado por toda la tierra de Guadalajara que media entre el Henares y el Tajo: la Alcarria propiamente dicha, tierra de hondos valles abrigados, de bosquecillos en las laderas, de llanadas cerealistas en las alturas. Espacio que, para ser bien conocido, era el ideal en la guerra de guerrillas, de ataques por sorpresa, de apariciones y desapariciones como el relámpago.

El 14 de septiembre de 1810, era precisamente la fiesta del lugar, hubo una gran acción de Juan Martín contra el general Hugo, en Cifuentes. Y dos semanas después, el 29 de septiembre que era San Miguel y por tanto un 1º de año de tratos, contratos y trabajos, ocupó el Empecinado la altiva ciudad de Sigüenza, el emblema del Medievo en Castilla.

Siguió 1811 con duras batallas. Un invierno complicado, con victoria en Prados Redondos (Señorío de Molina) el 30 de enero, acciones en Sacedón el 6 de febrero, y conquista y afianzamiento del puente de Auñón, clave en la defensa del río Tajo a su paso por la estrechura de las Entrepeñas.

El verano de 1811 fue un mal tiempo para Juan Martín. Empezó con sus enfermedades y decaimientos. Era mucho esfuerzo seguido, y en agosto fue llamado por la Junta de Guadalajara para que se reorganizara su tropa. Así lo hizo, pero siguió enfermo, debiendo refugiarse, muy tocado, en Sigüenza durante el invierno del 11 al 12. En la ciudad episcopal El Empecinado recuperó su salud, cuidado por los médicos del cabildo seguntino.

Y en 24 de marzo de 1812, ya totalmente restablecido, se pone en marcha nuevamente para acosar al enemigo en el corazón de la Alcarria: ejecuta acciones guerrilleras en Cogolludo y Budia. En mayo de ese año, tiene una importante acción victoriosa en Las Inviernas, cerca del Camino Real de Aragón, y en junio se prodiga en actuaciones y correrías por la llanada del Henares entre Guadalajara y Alcalá. Será la del 16 de agosto de 1812 una de sus más importantes y señaladas victorias: la toma de la ciudad de Guadalajara.

Posteriormente, en el invierno de 1812-13, El Empecinado y su ejército numeroso ataca Madrid, se mantiene en la zona, y el 22 de mayo de 1813 ejecuta la importante acción de liberar Alcalá de Henares. Poco más, hasta el fin de la guerra.

En 1814, el mes de mayo, se produce la disolución de la división “empecinada”. En junio es recibido por el Rey Fernando, ya vuelto a la Corte, y en enero de 1815 es nombrado Mariscal de Campo…. para ser desterrado a Valladolid al mes siguiente.

La actuación de Juan Martín por tierras de Guadalajara volvió a repetirse durante las acciones militares del Trienio Liberal, entre absolutistas y constitucionalistas. Juan Martín, ya plenamente integrado en la idea del liberalismo, actuó en enero de 1823 en batallas desarrolladas entre Caspueñas y Brihuega, y el 26 de enero tomó Guadalajara. De ahí a la muerte, todo fueron desgracias. Apresado, juzgado, condenado, arrastrado y mostrado como una fiera metido en una jaula por las plazas castellanas, finalmente fue ahorcado en Roa el 19 de agosto de 1825.

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Para concluir, y como aportación práctica y concreta a este Ciclo de Conferencias que han servido para arropar la creación y presentación de la Ruta del Empecinado por toda España, valgan estos apuntes y nombres de lugares, que puestos en orden y mención lógica de caminantes y visitantes, pueden ser útiles para concretar cual sea el trayecto de esa “Ruta del Empecinado” por la provincia de Guadalajara.

La acción/acciones de El Empecinado y su tropa, en la que siempre figuraron importantes y valerosos guerrilleros alcarreños, se desarrolló en un espacio comprendido entre la sierra atencina y el foso del Tajo. Así vemos una línea que primera asienta en la sierra que media entre ambas castillas, con Atienza en su centro. Y que abarca también a Cogolludo, donde escribió su famosa carta al General Hugo.

Luego lugares de en torno al río Henares, estratégicamente clave: desde Sigüenza, pasando por Mirabueno, hasta Guadalajara.

En tercer lugar, la Alcarria pura y dura: hay batallas en Las Inviernas, en Cifuentes, en Solanillos. Pero también en Budia, en Brihuega y Torija, en las alcantarillas de Fuentes, como allí se le recuerda a la acción.

Y al fin en el foso del río Tajo, el valle que parte a España en dos como un corte limpio de gran sable: Sacedón y Auñón, y su puente en las Entrepeñas son el eje de su batalla.

Queda una acción aislada, en el Señorío de Molina, concretamente en Prados Redondos y en Cubillejo del Sitio, dentro de una expedición que castigó luego a Calatayud, Ateca y llegó a Daroca.

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Para terminar estas líneas, no nos queda sino aplaudir la iniciativa de la Asociación Cultural “El Empecinado” de Valladolid, y de su presidenta doña María Concepción Díaz Valcabado, por haber dedicado tanto tiempo y tanto entusiasmo a esta tarea, la de conseguir fraguar y corporeizar una auténtica “Ruta del Empecinado” por toda España. Como representante de la ciudad y de la provincia de Guadalajara, no me queda más que adherirme a ella, y esperar que esta humilde contribución escrita haya podido servir para añadir una pequeña piedra en la construcción de este edificio colosal y necesario.