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El río de la Lamia

 

Pocas veces ha alcanzado la tierra de Guadalajara una imagen y un latido de magia y belleza legendaria como en las páginas de «El río de la lamia». Andamos todos, más o menos, buscando por sotos y alturas el instante fugaz de la belleza. Y lo buscamos, además de en el paisaje, en el recuerdo de los personajes que lo habitaron, en la lectura de las páginas que lo describieron, en el arcano de los documentos que dieron fe de su existencia. Pues muy pocas veces, y nunca tan unitariamente, se había conseguido acertar en la esencia (lo soñado, lo inventado, lo leído y lo elaborado) de la tierra que es corazón y pálpito de Guadalajara: en esos valles, y esas oscuras sierras, que bajan al Henares por un costado derecho desde las alturas del Ocejón y Tejera Negra, como en avenida de sangre reluciente por el Bornoba, el Sorbe y el Cañamares, desde el cordial santuario de los neveros de Campisábalos y el Cervunal, desde la Laguna de Somolinos y las chorreras de Despeñalagua.

El río de la lamia

Entre todos ellos, entre las referencias múltiples de una geografía que tiene más de humana por lo que se cuenta de ella, se destaca un río, el Bornoba; un paisaje, los cañones de Gascueña, de Hiendelaencina, la laguna de Somolinos; y unos seres, primitivos, árabes, Mendozas y curanderas, que dan vida a una leyenda ahora unificada y rehecha, la leyenda de la lamia del Bornoba, algo que puede ser verdad y no haber nunca sucedido.

Porque de Guadalajara tenemos, quizás ya en exceso, decenas y decenas de libros y relatos sobre lo que aquí, entre nosotros, ocurrió y se recuerda. Pero ese campo de la leyenda pura y luminosa, ese abierto pradal en el que se alza la ensoñación, se desata y lo invade todo como un viento sin fronteras, no había sido nunca tocado.

La lamia del Bornoba, o el río de la lamia, o la fuerza imparable del soñar sobre el saber, del contar sobre el referir. ¡Ya era hora! Esto es lo que nos ha traído la pluma de Antonio Pérez Henares, y nos lo ha puesto en las manos con la apariencia de un libro, de una novela que acaba de editar Algaida, y que bajo su título (repito, «El río de la lamia») solo hay una frase que quiere dar paso a la sugerencia vital: «Conocía todas las pieles que rozaron la superficie de su agua».

Una historia que engancha

Antonio Pérez Henares, a quien todos conocemos por el apelativo cordial de «Chani», es alguien que se ha ido labrando, paso a paso, un edificio existencial que pudiera calificarse de complejo y claro. Desde su puesto actual de director de «Tribuna», y a través de mil caminos de luchas, de protestas y de trabajo serio, ha conseguido ser tenido en cuenta, y su palabra escuchada, su opinión atendida y su crítica asimilada. Batallador en el periodismo, ha protagonizado en nuestra provincia una ejemplar dialéctica entre el poder de la opinión y el poder de la política, con resultado de momento incierto, a la espera de finales decisiones judiciales.

La incursión de Pérez Henares en el campo de la literatura pura no es nueva. No hace mucho leí una serie de cuentos suyos sobre Bujalaro, publicados en los «Cuadernos de Etnología de Guadalajara». Allí estaba viva su garra narradora. Y en otras novelas, como «Las bestias», y «La piel de la tierra», esta última aparecida bajo el sello, ya antañón, del Grupo Enjambre. Chani ofrecía su dominio del idioma, sus recursos constructivos y su clarísimo, su diáfano amor hacia el territorio que le vio nacer. Ese amor a la tierra es lo que ha hecho de fuerza primigenia para que el volcán de la lamia reviente en su actual novela. Esa fundamental y apasionada atracción que la Sierra, la Alcarria, la Campiña de Guadalajara ejercen sobre Pérez Henares, es el elemento crucial, el «sine qua non» de este libro. Están vividos los paisajes, deglutidos los altos montes t bebidas las fuentes sonoras. Están recreados, soplados de amor, los personajes. Y de todo ese ejercicio de primigenia pasión en bruto, el trabajo y la inteligencia (y el oficio, no lo olvidemos) ha conseguido tallar esta joya de libro «El río de la lamia».

No es este el lugar de contar esta historia, ni de desvelar transcursos o acatamientos. Solo decir que, por una parte, la forma compositiva está perfectamente diseñada, y la resolución de cada capítulo, bien hecha. Todo ello, finalmente, consigue que lo que parecían capítulos desligados tengan una conjunción íntima, y todas las figuras del paisaje, todos los latidos y todos los ladridos confluyan hacia el mismo sitio. Incluso yo quiero ver una voz simbológica al final. La voz del agua vivificadora en una tierra de sequía.

Pero no nos vayamos tan lejos. Yo invito a que los lectores futuros de este libro de Pérez Henares, que van a ser muchos, y muy variados (lo van a leer, estoy seguro, tirios y troyanos) gocen intensamente en la recreación de sus capítulos, de los momentos históricos, o soñados, en que se basan sus diversas partes. Que están protagonizados por individuos quiméricos (un agricultor del neolítico, un almorávide de las sierra, el cuarto duque del Infantado, la curiela de Gascueña, un maestro de izquierdas, los cabreros de la sierra, los mineros de Hiendelaencina… un bloque vivo y certero de personajes a los que se da vida en estas páginas hermosas, y repetibles, por este libro se lee y se relee, este libro tendrá muchas invocaciones en el futuro.

Ah! se me olvidaba. Por lo menos dar una pista. Decir que es eso de la lamia, porqué un río (que es el Bornoba, discurriendo en exclusiva por Guadalajara) tiene la propiedad de esa cosa: «La mitología griega afirma que las lamias -son palabras de su autor, en el proemio- son peligrosos seres que odian a los niños y acaban con la energía, la virilidad y la vida de los jóvenes. Otras tradiciones hablan, con más verdad,  de un ser que no es necesariamente malvado, pero sí de singular hermosura y larga cabellera, y que gusta de aparecerse cerca de las aguas…» A Pérez Henares le pareció verosímil que el Bornoba tuviera su lamia propia, y que en torno a ella se tejiesen historias y leyendas que él, con su sabio mirar y su extraordinario dominio del idioma, ha puesto en forma de libro pata que nosotros las sepamos. No he querido, con estas líneas, otras cosa que decirlo aquí, en Guadalajara, en este territorio mínimo del mundo donde ha tenido la paciencia, y el gusto, de pararse a escribirlas para contarlas a todos.

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