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junio 21st, 1996:

Un centenario de campanillas para El Casar

 

Justamente en estos días, El Casar está celebrando uno de sus más emotivos y radicales centenarios: el de su libertad nada menos, el de la fecha en que un Rey de España, Felipe II más en concreto, concedió a la villa toda la capacidad de autogobierno que en aquella época podía tenerse, eximiéndola de cualquier señorío o jurisdicción ajena. Fiestas de todo tipo, desde la sesión académica de aniversario solemne, hasta las representaciones teatrales, bailes y cohetería en general, son las que ha organizado el Ayuntamiento de esta villa campiñera, dando ejemplo de lo que un pueblo que se precie es correcto que haga: rememorar su historia y conocerse mejor a sí mismo.

Pues bien, no es mal lugar este, pienso yo, para decir por qué andan tan contentos y movidos los del Casar. El 19 de junio de 1596, el rey de España don Felipe II concedía a la Villa, estampando su firma al final de un largo y hermosísimo documento de 30 folios de pergamino policromado, la capacidad de usar, en su real nombre, el señorío, el vasallaje, la jurisdicción civil y criminal, el alto, bajo y mero mixto imperio, así como la venta real. Dio pie a que pocos años después, la administración de su hijo Felipe III ampliara la concesión al privilegio de Alcabalas y Venta real, con lo que El Casar usó desde entonces la capacidad de administrar con sus vecinos esa jurisdicción civil y criminal, el cobro de todos los impuestos para su uso por el Ayuntamiento, y por lo tanto una autonomía jurídica y fiscal que la hacía «señora de sí misma» y a los vecinos como superiores a los del contorno. ¿Es para celebrarlo, o no?

Algo de Historia

Para entender por qué se llegó a esta situación, por qué fue importante este hecho, y lo que pasó los siglos anteriores, no hay nada mejor que echar una buceadora mirada en los legajos de la historia. Hace tiempo lo hice, incluso escribiendo sus fastos uno detrás de otro, y sacando a luz un libro que titulé «Historia de El Casar» y que allí, me consta, en la propia Villa, tienen en cierta estima. 

El Casar nace a la historia a finales del siglo XI. La reconquista por parte del rey cristiano Alfonso VI de la ciudad de Toledo, del valle del Tajo y sus afluentes Tajuña, Henares y Jarama, hace que las villas antiguas de esos cursos de agua crezcan y se desarrollen enormemente. El estímulo a la repoblación de esas zonas con gentes venidas del norte (de la Castilla vieja, del País Vasco, de la Montaña santanderina, y aún de las Galias) va cuajando en la creación de Comunes de Villa y Tierra, a modo de pequeñas áreas independientes entre sí y solo reconociendo el poder real. Con fueros propios y costumbres nuevas. Junto al Jarama se creó en esos años, a partir de 1085, el Común de Villa y Tierra de Talamanca. En su contexto nació la villa de El Casar, con su nombre de creación nueva, situado en unos altos a los que llamaban las gentes «los campos de Albentosa». Incluso cerca de la actual villa de El Casar existió hasta el siglo XVI un pueblo que se denominaba Alberruche, en unión de partículas castellanas y vascas que vendría a significar «la casa blanca» o algo por el estilo.

Ese Común de villa y tierra perteneció al Rey hasta 1140, en que fue donado en señorío a doña Urraca Fernández, hija del cortesano Fernando García de Hita. En 1148 retornó a la Corona, y en 1188, el piadoso rey-emperador Alfonso VII se lo donó, junto con muchos otros lugares de la Alcarria y las Campiñas, al Arzobispo de Toledo, que a partir de entonces gozó del pleno señorío jurisdiccional, fiscal y hasta de dominio.

Esta situación duró toda la Edad Media, y aún se extendió por la Moderna, hasta que llegó la época de la llamada «Desamortización del siglo XVI», cuando el emperador Carlos y su hijo Felipe II después, acuciados por los inmensos gastos que les generaban sus guerras y epopeyas por Europa y el orbe todo, necesitaron sacar dinero de donde fuera. Y así Felipe II, acogiéndose una vez más a la famosa Bula extendida en 1529 por el Pontífice Clemente VII, enajenó muchas propiedades de la mitra toledana y las puso en venta. Época de «pelotazos» auténticos fue aquella. Solo hay que fijarse en que la Hacienda Real de Felipe II valoró la villa de El Casar [de Talamanca] en 4.282 maravedises, que es lo que pagó a los obispos por ella, y la puso en venta inmediatamente en 2.630.000 maravedises. El propio pueblo intentó su compra, reunieron dinero como pudieron y trataron de adquirir, a costa de altos sacrificios, su libertad jurídica y fiscal. Todo esto ocurría en 1564 exactamente. El pueblo, tras solemne acto, adoptó el nombre de El Casar de Monte Albir, y todos se las prometieron muy felices, hasta que llegaron los problemas: sequías, malas cosechas, hambres, y no poder pagar lo que se debe.

La Hacienda Real, al no recibir lo estipulado, puso de nuevo en venta el pueblo. Se lo cedió, en 1580, al duque de Salerno, uno de los banqueros que más apretaban al Rey Felipe. Este, en una operación financiera de dureza rayana en la actualidad, sacó a la venta El Casar en 18.500 ducados de plata, o sea, en 6.900.000 maravedises. Enseguida encontró comprador: don Carlos Negrón, a la sazón señor de Torres y de Daganzo de Abajo, fiscal del Real Consejo de Indias, se hizo con él. Fundó mayorazgo a favor de su hijo Julio Negrón en 1582 y se murió a continuación, con lo que su viuda, Ana de la Cueva, y su hijo el heredero del mayorazgo, quisieron recaudar numerario de forma rápida y volvieron a ponerlo a la venta.

El pueblo volvió a pensar en adquirir su libertad. Y esta vez lo consiguieron. En 1591 empezaron a reunir los 12.000 ducados en que finalmente dejaron la operación sus dueños, y en dos plazos (el primero de 7.500 ducados en 1593 y el segundo del resto en 1596) los abonaron, recibiendo del Rey Felipe II, el 19 de junio de 1596, ese bello pergamino que antes he comentado, y que es una de las joyas patrimoniales e históricas de esta villa, no sólo por su belleza material, sino por la importancia que tiene: se trata de la auténtica carta de exención y libertad jurisdiccional y fiscal de El Casar. Ello suponía a los habitantes de la villa poder administrarse justicia a sí mismos, contando desde entonces con un Alcalde mayor y dos alcaldes ordinarios que oían en los juicios entre sus gentes y sus problemas. Esta jurisdicción alcanzaba a cuanto ocurriera en media legua a la redonda de la plaza mayor de la villa. Por esta autonomía jurídica y señorial, la entonces denominada villa de El Casar de Monte Albir poseía los siguientes derechos:

– jurisdicción civil y criminal, alta y baja, con mero-mixto imperio; rentas, pechos, derechos, etc., del señorío; elección libre de escribano, alguaciles, y guardas del monte. Y en fin el derecho a cobrar las penas (multas) de cámara, calumnias, mostrencos y la martiniega, impuestos que debían pagar los vecinos, pero que pasaban directamente a las arcas municipales y a ser administrados en las mejoras de la propia villa y su entorno.

Un paseo de hoy sobre el ayer de El Casar

Hace, pues, cuatro siglos exactos que El Casar tomó un nuevo rumbo, que aún hoy mantiene. Esa capacidad de pueblo grande, sereno, sabio y justo, de atenderse a sí mismo, a sus vecinos, y a sus cosas, con la capacidad de la autogestión plena. Siguió esa situación hasta 1812, en que tras las Cortes de Cádiz, su abolición de los señoríos, y su instauración del régimen de Ayuntamientos constitucionales con responsables elegidos por los propios pueblos, se instauraba el sistema que, más o menos, se ha seguido hasta hoy mismo: y eso es lo que conmemoramos, un cuatro veces repetido centenario que puede llenar de satisfacción a todos los que, de una manera u otra, se encuentran ligados con El Casar. Ese lugar tan amable y hermoso de la Campiña, en el que destaca su iglesia parroquial con el renovado retablo polícromo; el descubierto Calvario que es toda una joya arquitectónica por su rareza y belleza; la plaza tan típica y serena en el centro de la villa, mas sus ermitas, sus paseos, su ritmo de vida, entre sosegado y bullanguero, que le hacen paradigma de nuestra tierra. Un lugar interesante al que ir ahora, en plena celebración de su cumplida historia.