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abril 5th, 1996:

Andando por las sierras de Guadalajara

 

Acaba de llegar la primavera, y aunque este año están los cerros, las montañas y los más agudos picachos de nuestras sierras completamente cubiertos de nieve, la posibilidad de subir hasta ellos cuando llegue el deshielo se hace más esperanzada. Seguro reír para las hierbas en sus costados, segura provisión de luz para los cielos que las harán más altas.

Como ayuda a esas escaladas, como buen amigo que sabe de trochas, vericuetos y rectas acometidas, nos llega un libro que considero como algo mío por varias razones. La primera, porque sus autores son buenos amigos: José Luís Cepillo, Juan Madrid y Paco Ruiz (el dueño de «La Tienda Verde» de Madrid, la meca de los planos, las guías y los saberes localistas). La segunda, porque yo le pongo el Prólogo, y en él me explayo sobre mis querencias montañeras y aprovecho a hacer, ante los miles de lectores que de seguro tendrá el libro, propaganda una vez más de la tierra de Guadalajara. Finalmente, lo considero cosa propia porque trata de tierras que anduve, de sierras que pisé, de picos que escalé en mis buenos tiempos. Y aunque la esperanza es lo último que se pierde, no puedo por menos de ponerme algo melancólico y entrar por la vereda de la duda en cuanto a las posibilidades de volver a ellos. Digo más: de subir a los que me faltan.

El librejo, consistente, bien documentado, con fotos, mapas y todo lo que tiene que tener un libro que trata de sierras, ha sido editado por Penthalón en su Colección «El búho viajero». En la portada, la iglesia de Matallana sobre la verde enjundia de los prados, y al fondo, bajo el cielo azul con celajes, el Ocejón emblemático. Es continuación esta obra de otra que sacaron el pasado año los mismos autores y editores, y que se titulaba «Andar por cañones y barrancos de Guadalajara». Bien pensada está la simbiosis: porque si en el primero todo era bajar junto a los riachuelos, meterse entre altas paredes, oír los ecos del graznar de los cuervos en la altura, aquí es todo lo contrario: todo se va en subir hacia limpias metas, escalar o simplemente caminar dando vueltas para no tener nunca que echar las manos al suelo. Porque este es un libro que (como los de la cocina del donostiarra barbudo, apta para todas las manos) sirve para cualquier pie, para cualquier corazón que marque mínimamente el compás. Subirá al Ocejón, al Cervunal o a las Tetas de Viana cualquiera que se lo proponga (y que ese día madrugue, claro, porque si sale de casa una hora antes de la de comer, seguro que no le va a dar tiempo). Y mirará desde su altura los horizontes anchos, brillantes, que a lo lejos marcan el mundo donde hemos nacido. Desde las estribaciones del Alto Rey (no digo ya desde su altura…) se ven las Tetas de Viana. Y desde la loma de estas, se ven nítidas las piedras que ruedan cuesta abajo de la Peña Centenera. No sé por donde empezar a ponderar todo esto: si por decir que el libro es maravilloso, o que lo son las cosas que narra. El caso es decir algo, contagiar a los demás el propio entusiasmo. En un mitin cordial donde animo a todos a que salgan de casa, se lleguen a la sierra del Ocejón y por allí pateen veredas, rodales de roble, y alfombras de olorosa estepa, de húmeda gayuba y crujientes colchones de secas hojas de rebollo.

El cordel de la sierra de Ayllón

Las sierras más altas de Guadalajara están al norte de su geografía. Forman una especie de cordel que prolonga los espinazos de Guadarrama y Somosierra. En sus alturas lucen los picos del Tres Provincias, del Lobo, de la Peña Centenera, del Cervunal y la Buitrera, del Campachuelo y la Sierra Gorda, del Santotis y el Santo Alto Rey. Y, sobre todos ellos, si no el más alto sí el más bello, el Ocejón, como un mito en el que se tejen leyendas, recuerdos ciertos, melancolías de unos y otros, aventuras en la niebla, y el Belén perenne que el Club Alcarreño de Montaña (por cierto, a quien este libro va dedicado por sus autores) pone cada invierno en su altura. Cómo subir a estos lugares, es lo que Cepillo, Madrid y Ruiz nos cuentan con sencillez y sentido de lo práctico en las páginas de este libro. Cómo llegar a la base, cuanto se tarda, cómo ir pertrechados, qué se ve desde arriba, y mil datos más sobre la comarca (vienen referencias, aunque breves, como es lógico, a Guadalajara, Cogolludo, Sigüenza y Atienza, en sus aspectos monumentales e históricos): pero sobre todo, y sin literatura barata ni rollos trascendentes, los autores nos dicen como hicieron ellos para llegar a estos picos. Fíjate, amigo lector, que no titulan su obra con nada que haga referencia a la escalada, a la alta montaña o al peligro. Lo titulan «Andar por las Sierras de Guadalajara» con lo que ya están diciendo que a cualquiera de estos picos se llega con relativa facilidad, sin piolet ni rappel, a golpe de calcetín y comiendo almendras, bebiendo agua con azúcar y hasta cantando «Margarita se llama mi amor» o lo que ahora canten los chicos y chicas, que suele ser de escaso contenido sentimental y algo más marchoso.

Las Tetas de Viana

El emblema montañero de la Alcarria son las Tetas de Viana, en combate eterno con el serrano Ocejón. Ambos se ven, y probablemente se admiran. Incluso algún psiquiatra de esos retorcidos, que los hay, diría que la presencia fálica del Ocejón y la femenina presencia de las Peñas Alcalatenas, siempre a la vista uno de otras y siempre incapaces de encontrarse, dan una perenne carga de ansiedad a esta tierra nuestra que no acarrea sino desgracias e insatisfacciones. Váyase la ciencia donde quepa. Aquí estamos para hablar de paisajes, para animar a hacer excursiones. Y una de ellas puede ser la de las referidas Tetas de Viana. Los autores del libro sugieren hacer la subida desde Trillo, bajando luego hasta Viana de Mondéjar, que es el pueblo que se apiña a sus faldas. Nunca subí a ellas, y no quiero dejar esta vida sin alzar mi esqueleto hasta su escueta meseta. La posibilidad, con plano indicativo y consejos (como el de la escalera metálica que ayuda a subir a una de ellas), de hacerlo está cada vez más cerca. ¿Quien dijo miedo? Acaba la obra con una referencia a las lejanas sierras de Zafra y Menera, en el límite de Guadalajara con Teruel. Sierras también hermosas, atractivas, pero como menos nuestras. Desde allí se ve el polvoriento Aragón, no la bulla verdeante de nuestros valles. Ah: y una final reconvención. No han puesto al menos una orientación para que, quien quiera aventuras, ande sierras y llegue al Desierto de Bolarque. Porque esa es, sin duda, una de las más singulares y complicadas marchas que pueden emprenderse. Imagino que Cepillo, Madrid y Ruiz habránla hecho. Sé que la han hecho. ¿Por qué no la han contado?