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marzo 24th, 1995:

Chorros de agua corren hacia el Tajuña

Iglesia parroquial de Romancos

 Una excursión que hemos hecho mil veces, y que no por ello nos cansa, es la de subir el Tajuña desde Armuña, pasar bajo la atalaya de Valfermoso y de las Majadillas, el valle ancho y las labiadas en flor, los sauces apuntando su tiriteo en las hojas, y abajo, encajonado siempre, el río que no llega a cortar la tierra, que sólo la acaricia: el Tajuña es por aquí como un Tajo en miniatura, no un aprendiz, sino un buen discípulo de río.

Y en ese paso entre carrascales de ladera, trigos de altura y espartales del vado, vamos viendo paisajes y pueblos. Yo recomiendo sobre todo los paisajes, las vueltas del agua, las alondras y los escaramujos que alegran el azul, los olivares tendidos y tristes. Pero de vez en cuando merece la pena pararse en algún lugar, rememorar su historia, ver sus edificios palpitantes, hablar con alguno de los viejos habitantes que les quedan en la reserva.

Primera parada en Archilla

Ocurre así en Archilla. En la orilla del río Tajuña, aguas abajo de Brihuega, se encuentra este pueblo encantador, rodeado por las altas mesetas de la Alcarria que se ciernen sobre los netos límites de los cuestudos cerros que forman el valle, exuberante de vegetación y arroyos, contrapunto de la seca meseta. Tras la reconquista de esta zona septentrional de la Alcarria, en el siglo XI, el lugar de Archilla quedó incluido en la jurisdicción del alfoz o Común de la Tierra de Guadalajara. En 1184, el Concejo de esta última villa entrega Archilla, como remate de antiguo pleito, a don Gonzalo, médico, que se hizo dueño de gran parte del curso del Tajuña (Archilla, Balconete, Romancos y aun los Yélamos).

Pero en 1186, este magnate lo donó a la Orden de Santiago. A su vez, la orden militar referida, en 1214, entregó el lugar de Archilla al arzobispo de Toledo don Rodrigo Ximénez de Rada, y este junto al Cabildo toledano, lo agregó a su señorío territorial briocense. Por ello en 1233 se le concedió a Archilla la prerrogativa de usar el mismo fuero que usaba Brihuega. En la segunda mitad del siglo XVI, Felipe II obtuvo del Papa el poder suficiente para enajenar bienes pertenecientes a la Iglesia, por lo que a Archilla le dio privilegio de villazgo, y una vez enajenada se la vendió al letrado alcarreño don Juan Hurtado, en 1578. Poco más tarde el señorío de Archilla pasó a la noble familia alcarreña de los Dávalos, siendo su primer poseedor don Hernando, Dávalos. En poder de esta familia se mantuvo el pueblo hasta la abolición de los señoríos en el siglo XIX.

Sobre el simpático caserío es de destacar la iglesia parroquial de la Asunción, que en su origen fue construcción románica, quizás levantada por iniciativa de su señor el arzobispo don Rodrigo. Pero las modificaciones y arreglos posteriores la han bastardeado totalmente, mostrando hoy de interesante solamente su gran espadaña triangular con arcos para las campanas. Además pueden verse en Archilla buenos ejemplos de arquitectura popular dentro de lo que impera en la comarca alcarreña.

En Romancos surge el arte mejor

Seguimos nuestro camino Tajuña arriba. Y merece desviarse un poco a la derecha para alcanzar, en un escondido paraje entre cerros y olivares, a Romancos, cargado también de historia, pero sobre todo de arte interesante. Alzado sobre un irregular oterillo, en la confluencia de dos arroyos que, cada uno por su vallejo, bajan desde la meseta alcarreña, y corren luego unidos hasta el cercano y más ancho valle del Tajuña, Romancos perteneció al Común de Villa y Tierra de Guadalajara, y en 1184, junto con otros lugares, lo entregó el Rey al médico don Gonzalo, a quien hemos visto también señor de Archilla. Vino luego a parar este pueblo en el señorío que, en tomo a Brihuega, habían formado los arzobispos de Toledo. Y en este entorno eclesiástico y feudal permaneció el pueblo hasta el siglo XVI. En 1564 se hizo villa por sí, pagando al Rey ocho mil ducados.

Después, Felipe II vendió el señorío del pueblo al secretario real don Juan Fernández de Herrera, pero éste en 1580 se lo traspasó a don Diego de Ansúrez, vecino de Brihuega, en cuyo poder estuvo hasta 1586, pues en dicho año la villa ejerció el derecho de tanteo, rescatándose y haciéndose señora de sí misma, pagando por ello nuevamente la fuerte suma de doce mil ducados. Quizás porque no fueron capaces de reunir dicha cantidad, el caso es que el Rey volvió a poner a la venta el pueblo de Romancos, en 1606, adquiriéndolo los Velasco, marqueses de Salinas del Río Pisuerga, quienes lo poseyeron en señorío hasta el siglo XIX.

Tiene de interés su visita por la iglesia parroquial, dedicada a Nuestra Señora de la Concepción, consistente en un interesante ejemplar de arquitectura religiosa, construido hacia finales del siglo XV o principios del XVI. Su fuerte fábrica de sillar y sillarejo muestra sendas puertas orientadas a norte y a poniente. Esta última se compone de un sencillo arco de tres lóbulos, redondeados, sostenidos por jambas de junquillos de pequeños capiteles de decoración vegetal. La principal, orientada al norte, se compone de gran arco conopial ornado con cardinas, florones, etc., muy en la tradición del gótico final o isabelino. Su interior es de tres naves, de grandes proporciones. Presenta capiteles y conjuntos ornamentales en los collarines de los pilares que separan las naves, mostrando carátulas y elementos simbólicos. A los pies del templo, un coro alto con balaustrada decorada con elementos platerescos, pero de tono muy popular, lo mismo que el friso en madera que corre bajo dicho coro. También es muy interesante la puerta de subida al coro desde la nave. Esta decoración de tipo plateresco popular es muy propia de este templo que, por ello, merece ser visitado. Bajo el presbiterio existe una cripta. Nada queda del gran retablo que poseía.

En la altura, agua e historia por Villaviciosa Pasados por Brihuega sin a pe­nas detenemos, pues es este lugar que da para propia y de­tenida excursión, arribamos en la altura de la orilla derecha del Tajuña a Villaviciosa, un espacio de silencio y gozo, un pueblecillo en el que sonríe, ahora ya, la primavera que se inicia, y nos da su historia y leyenda conjuntas.

Cuando Alfonso VI bajó a residir en tierra de moros, en la segunda mitad del siglo XI, quedó señor de Brihuega donde se instaló con sus criados y monteros. Parece ser que por entonces ya conoció el lugar que hoy ocupa Villaviciosa, y por entonces, en 1072, fundó en él un caserío que le sirviera de descanso en sus cacerías por la Alcarria. Una vez reconquistada a los árabes esta comarca, comenzó el lugar a engrandecerse, quedando, como Brihuega, y por merced real, en el señorío feudal de los arzobispos de Toledo. En antiguos documentos se la nombra Villa deleitosa por lo encantador de sus panoramas, alrededores boscosos y huertecillos. El nombre de Villaviciosa, de aquel derivado, nos habla hoy de lo magnífico de sus paisajes. Siguió en el señorío de los arzobispos hasta la segunda mitad del siglo XVI, en que por el rey Felipe II fue hecha Villa por sí, y desde entonces no reconoció otro señorío que el de los monarcas españoles.

Ya en su altura debemos admirar la iglesia parroquial, dedicada a la Santa Cruz, sencillo ejemplo de arquitectura románica rural de la Alcarria. Sobre el muro de poniente se alza la triangular espadaña con un par de vanos para las campanas, adornadas de sencillas molduras. A levante surge el ábside semicircular con ventanilla aspillerada cubierta por reja, y modillones sosteniendo el alero. El interior, de una sola nave, muestra su antigua disposición románica con nave única, gran arco triunfal y presbiterio de planta semicircular, todo ello muy bastardeado. Es interesante el rollo o picota que aparece a la entrada del pueblo, y que demuestra el título de Villa que posee desde el siglo XVI. Se compone de ancha basa y columna cilíndrica de fuste liso, rematada en capitel de variada molduración. También quedan en Villaviciosa los escasos restos ruinosos del que fue rico monasterio jerónimo de San Blas. Hoy se ve el solar que ocupó, utilizado en forma de corrales, huertecillos o yermos vertederos. También se conserva gran parte de la cerca que rodeaba al cenobio. Junto al pueblo se ve una torre de medieval traza con aparejo de sillar y sillarejo y algunos vanos medio caídos. Lo mejor conservado del conjunto es la puerta de ingreso al patio de entrada, obra del siglo XVII, consistente en arco semicircular adovelado, escoltado de dos pilastras semicirculares y rematado todo en una serie de molduras y friso que se corona por roto tímpano en cuyo centro luce sencilla hornacina. Este monasterio se fundó en 1347 por el arzobispo de Toledo don Gil de Albornoz, quien primeramente aquí se construyó una casa de reposo y capilla aneja, y luego hizo fundación del convento, que inicialmente fue ocupado por canónigos regulares de San Agustín. El mal comportamiento e irregular vida de éstos, hizo que el arzobispo don Pedro Tenorio los expulsara, y colocara en su lugar una comunidad de monjes jerónimos, traídos de Lupiana, que se ocuparon de engrandecer y dar buen nombre a este monasterio de San Blas.

Y basta por hoy de subir cuestas y hurgar plazuelas. No cansa este bullir de paisajes, pero requiere tomar fuerzas para, al menos, intentarlo la semana próxima.