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septiembre 10th, 1993:

Peñahora y Humanes

 

Mañana sábado será el día grande de Humanes, de Peñahora, de la Vega del Henares. Porque mañana, al atardecer, se encenderán brillantes y altas las hogueras, los rastrojos y las antorchas que acompañarán en todo su recorrido (desde la ermita de Peñahora, hasta la parroquia de Humanes) a la procesión que llevará en su centro, y rodeada de miles de personas, a la Virgen que hace de patrona de ríos y de valles, de gentes y de cosechas, en un rito secular que asombra y emociona.

Como un homenaje a esa Virgen de Peñahora, y a ese pueblo amante de sus tradiciones que es Humanes, dedico hoy esta entrega evocadora y traigo para sabiduría y recordación de mis lectores la memoria de aquella vieja ciudad, antigua como la historia del Henares misma, que fue Peñahora.

La historia del lugar

Fundada por los árabes, utilizada como puesto militar primero y luego espacio de habitación, se sabe de su existencia al menos en el siglo X.

El lugar de Peñahora se encuentra situado en un cerro a unos tres kilómetros al norte de Humanes, justo en el espacio donde el río Sorbe desemboca en el Henares, y forma un escarpado montículo rocoso de fuerte aspecto, con paredes cortadas a pico. Este cerro está cortado hoy en día por la carretera comarcal Guadalajara‑Cogolludo, en la cota más alta y por la vía del ferrocarril Marid‑Zaragoza en sus kilómetros 81 y 82.

El nombre de Peñahora (Pennafora en castellano antiguo, tal y como aparece en documentos de siglos pasados, o Peña Foradada u Horadada) es debido a una gran oquedad que se abría en la roca en el lado Sur del cerro, formando un pequeño túnel dentro del espacio fortificado, y por el que pasaba el camino de Guadalajara hacia Sigüenza. Dicho túnel fue cortado cuando se tendió la línea de ferrocarril en el siglo pasado, habiendo quedado muy reducido en su longitud, solo unos 15 metros, terminando en un balconcillo natural sobre el río Sorbe.

Su importancia estratégica estribaba en ser una fortaleza situada en los límites de las dos marcas árabes: la superior con centro en Medinaceli (Soria) y la central, con cabeza en Toledo. Además tenía un papel importante en el des­canso y avituallamiento de tropas al ser un eslabón en la ca­dena de castillos y fortalezas que jalonaban el valle del Henares.

Sabemos que durante la épo­ca taifa del reino toledano, Peñahora fue una buena fortaleza en la que se detenían con facilidad los avances de las tropas caste­llanas que pretendían alcanzar el Tajo y, por supuesto, la gran ciudad de Toledo.

Ya en 1127 es citada Peñahora en documentos cristianos. No figura esta fortaleza, como tampoco Uceda, en la relación de lugares conquistados por Alfonso VI en 1085 al tiempo de la toma de Toledo. Quizás por ser escaso de población, pero no porque no existiera. Su aspecto estratégico era fundamental, y conocido de todos. La alusión de ese año se refiere al establecimiento de los límites norteños de la diócesis toledana, en un escrito dirigido al Papa Honorio. Este Pontífice concede a los canónigos de Toledo la tercera parte de un tributo o alcabala sobre los pueblos de Hi­ta, Guadalajara, Beleña del Sorbe y Peñahora.

Unos decenios después, concretamente en 1188, Peñahora pasó a pertenecer a la Orden Militar de Santiago, formando una encomienda con cabeza en Mohernando. Se cita nuevamente al donar Pedro Fernández de Hita sus rentas a la Enfermería del monasterio de Uclés (Cuenca), ca­beza de la Orden, según consta en el Tumbo Menor de Castilla.

De ser un lugar estratégico en el valle del Henares, pasó Peñahora a ser punto de portazgo, paso de ganado y pago de impuestos camineros con especial incidencia en la trashumancia castellana.

En 1328 se pide autorización para trasladar el portazgo a Mont Ferrando (Mohernando), empezando en ese momento su irrecuperable abandono y despoblación. La escasa población que lo habitaba, bajó a residir al llano, a Humanes concretamente. Pero en recuerdo de aquel burgo, quedó la ermita junto al río, y en ella el culto secular a la Virgen, a Nuestra Señora de Peñahora, que dice la tradición se veneraba ya en la vieja ciudad de origen musulmán, en una tabla pintada.

Siglos después, en 1564, Peñahora se disgregó de la Orden de Santiago, pasando a ser propiedad real. A partir de este momento desaparecen todos los datos re­feridos a esta fortaleza, e incluso no se citan sus ruinas en las relaciones de pueblos de España de Felipe II, lo que es señal de que ya llevaría varios siglos despoblado.

El lugar de Peñahora

Los restos que hoy se conservan de este antiguo poblado se re­ducen a unos muros situados en la parte más baja del cerro y separados del resto por la vía del tren y la carretera, que pue­den corresponder al arrabal, más las bases de dos torreones situados hacia al Este que debieron formar una puerta al cerro superior donde estuvo el castillo, así como de numerosos fragmentos de muralla esparci­dos por las laderas, pudiéndose seguir en buena parte todo el trazado de esta antigua muralla medieval. Aunque pequeño, Peñahora tuvo un castillo.

Los restos que pueden todavía contemplarse, ha permitido a los expertos fechar su construcción hacia el siglo IX. En las laderas del cerro es fácil encontrar cerámica árabe, mientras que apenas aparecen restos arqueológicos de época cristiana. Señal evidente de que fue más importante en la primera que en la segunda de estas épocas históricas. En lo alto del cerro de Peñahora, se aprecian los restos de una puerta, en la vertiente Este, puerta que estaría formada por dos cubos macizos de 4,75 metros de lado, separados entre sí 3 metros, lo cual era propio de las grandes puertas de alcazabas árabes de importancia.

También en la vertiente Oeste y a lo largo de más de cincuenta metros, se aprecia la dirección de la muralla que seguía bastante fielmente la topografía del terreno.

Por el lado Norte del cerro aparecen otros restos, así co­mo unos cimientos circulares, testigos de posibles silos y almacenes. Todo el terreno del cerro está hoy sometido a cultivo de cereales y oli­vos. Por el suelo aparecen abundantes las tejas curvas, las piedras de río y una cerámica medieval tosca, de origen árabe como he dicho, sobre todo por el lado Sur‑Oeste.

De cualquier forma, es muy interesante poder recorrer, bajo la atenta mirada del alto cerro de la Muela, al otro lado del río, este solitario espacio que nos habla con su silencio de siglos pasados, de añejas grandezas, de tantas y tantas emociones como entre sus muros se levantaron. La huella del hombre, reducida a fragmentos polvorientos, está precisamente en la certeza de sus sentimientos vivos, aunque perdidos ya para siempre. Cno esa seguridad, y siguiendo por el suelo y en el horizonte los esquemas de tan antigua población, mañana al mediodía, antes de que explote la alegría y la devoción de la «procesión del fuego» de Humanes, será un buen momento para llegarse a Peñahora y revivir antiguos fastos.